Opinión

La vieja política de Unidas Podemos

El liderazgo de Belarra ha agravado los síntomas decadentes del proyecto

Eduardo Parra Europa Press

Cualquier aproximación a un estudio demoscópico es para Unidas Podemos causa de alarma. La catarsis que supuso la espantada de la política de Pablo Iglesias invitaba a pensar desde la órbita de la izquierda, de sus votantes potenciales, en que el partido morado, la gran esperanza de renovación de la esfera pública, quería al fin aprender de sus errores y escuchar las demandas de la gente, de esos millones que un día confiaron en que sus mensajes de renovación y ejemplaridad podían mejorar la democracia, que no acabar con ella. No ha sido el camino elegido por el nuevo equipo, entre otras cosas porque el nuevo es el viejo, o sea que ni siquiera aquello de los mismos perros con distintos collares, porque están todos los que son. La refundación del grupo de los círculos no ha alcanzado ni un mero lavado de cara, apenas una pincelada cosmética que ha consistido fundamentalmente en colmar la dirección de mujeres para ofrecer a la opinión pública una imagen de coherencia con el discurso. La mercadotecnia funciona si hay pericia y sobre todo rigor. Derrapa si resulta, como ha publicado LA RAZÓN, que el partido de las Belarra, Montero, Serra y compañía ejerce un feminismo de autor y luego contrata más hombres que mujeres, como ha hecho desde su nacimiento, lo que no está ni bien ni mal. Sí que evidencia otro punto más de esa impostura e hipocresía que ha manifestado en tantas actuaciones, especialmente desde su llegada al Gobierno, y que está en el origen de la desafección rampante con el votante y de su consiguiente decadencia. Porque no se puede criminalizar a los jueces, los bancos, las instituciones, los salarios públicos de otros, las grandes mansiones, los políticos investigados o no, la precariedad laboral y luego querer derruir los tribunales para colocar a los afines, disponer de múltiples depósitos bancarios, acomodarse en los coches oficiales, festejar los notables emolumentos públicos y sus beneficios para disfrutar de una existencia ostentosa, ser investigado en varios juzgados por manejos supuestamente irregulares cuando no directamente delictivos o que buena parte de los empleados del partido sufra carencias en el puesto de trabajo. Es peliagudo ser creíble y generar confianza cuando se presume de anticapitalista con doce millones de euros en decenas de cuentas en entidades financieras. Ni siquiera la fabulosa plataforma del Gobierno parece haber limitado el declive. Es una buena noticia y un síntoma de madurez democrática que una sociedad se desmarque de aquellos que amenazan su libertad y su prosperidad.