Editorial

Populismo «verde» a costa del agricultor

Los tractores en las carreteras y calles de las principales ciudades de Europa, como antes el movimiento galo de los chalecos y, en cierto modo, el Brexit nos recuerdan que no se puede legislar desde las torres de marfil de la burocracia europea y a espaldas de los ciudadanos.

VITORIA, 19/03/2024.- Vista de una movilización unitaria con tractores convocada por los sindicatos agrarios UAGA (Álava), EHNE Gipuzkoa y EHNE Nafarroa y ENBA este martes en Vitoria. EFE/L. Rico
Los sindicatos agrarios UAGA (Álava), EHNE Gipuzkoa y EHNE Nafarroa y ENBA convocan una movilización unitaria en Vitoria con tractoresL. RicoAgencia EFE

Los gobiernos de los países que integran la Unión Europea han acordado «suavizar» las exigencias medioambientales a la agricultura, reducir la presión burocrática sobre las pequeñas explotaciones y conceder mayor autonomía a los ejecutivos nacionales a la hora de regular la rotación de cultivos.

Nos hallamos ante un cambio importante en las políticas «verdes» de Bruselas –que tendrá que ser respaldado por la Eurocámara–, forzado, sin duda, por la resistencia general del campo europeo, asfixiado por las consecuencias de la agenda 2030, pero, también, ante una de esas muestras de incoherencia tan frecuentes en la política comunitaria, que legisla sobre «grandes principios generales» sin atender a sus efectos en el universo de los ciudadanos afectados.

Es cierto, que estos cambios de criterio, muy notablemente en el sector de las energías, vienen obligados por el choque con la realidad de un «ideario progresista» que, hasta ahora, operaba fundamentalmente sobre cuestiones de carácter social y cultural, incluso, moral, difusas y de compleja traslación a las costumbres nacionales de los distintos socios, pero, en cualquier caso, demuestran que la servidumbre del populismo y la anteposición de los intereses propios de los gobiernos de la UE son inherentes a la política comunitaria.

De ahí que sea lógico preguntarse por la pertinencia de una estrategia medio ambiental y energética orientada, teóricamente, al menos, a la perentoria necesidad de conseguir la descarbonización para hacer frente al cambio climático, reputado como inminente, si nuestros gobernantes no son capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias las medidas que se consideraban absolutamente necesarias para defender la supervivencia del planeta Tierra. Nada más sorprendente, por ejemplo, que un gobierno como el de Pedro Sánchez, que decretó oficialmente a España «en situación de emergencia climática» y que a la primera de cambio se dedicó a subvencionar los combustibles fósiles de automoción.

Lo mismo podemos señalar de Francia, Italia o Alemania, cuyas estrategias frente a las energías renovables van a remolque de los acontecimientos. Con esta reflexión no pretendemos rechazar ni mucho menos la marcha atrás de Bruselas en la imposición de un nuevo paquete restrictivo de la PAC, sino poner de manifiesto la incoherencia palmaria de los impulsores de la agenda 2030. Entre otras cuestiones, porque los tractores en las carreteras y calles de las principales ciudades de Europa, como antes el movimiento galo de los chalecos y, en cierto modo, el Brexit nos recuerdan que no se puede legislar desde las torres de marfil de la burocracia europea y a espaldas de los ciudadanos. Que el populismo «verde» no puede hacerse a costa de unos agricultores ya muy castigados por la necesidad de abrir nuevos mercados a las exportaciones industriales comunitarias.