Nosotros acabaremos aprendiendo de ellos

“Los colegios deberían reflexionar sobre la conveniencia de dedicar nada más iniciar el curso escolar dos días a enseñar y practicar las normas básicas para protegernos del virus”

El colegio Arenales, de Carabanchel (Madrid), se prepara para la vuelta al cole
El colegio Arenales, de Carabanchel (Madrid), se prepara para la vuelta al coleJesus G. FeriaLa Razón

Un maldito virus ha supuesto el fin del mundo tal y como lo conocíamos. Nos robó la primavera y nos enfrió un atípico verano en el que el sol no ha brillado con todo su esplendor. Obligándonos a mantener la distancia de seguridad como medida más eficaz frente al contagio, ha fulminado los besos y los abrazos. También nos ha enmascarado para que, con disimulo, ocultemos nuestra rabia, frustración y pena por los miles de muertos que han quedado reducidos a una imprecisa tabla de Excel.

De cara al otoño vuelven a sonar los tambores de guerra. Caerán las hojas de los árboles y quién sabe si las de un calendario puesto patas arriba hace ya más de medio año. Pasamos del trote al galope hasta que, de repente, nos vimos obligados a frenar en seco, por mucho que los avances tecnológicos se hayan estado sucediendo a una vertiginosa velocidad. Mientras medio mundo se paralizaba, el otro medio agonizaba ante la virulencia de un enemigo invisible y peligrosamente mortal.

Es cierto que hoy en día sabemos mucho más sobre su potencial, los efectos que produce en nuestro organismo y las secuelas que puede dejar. Pero también es verdad que las incógnitas se acumulan en una ecuación de compleja solución que va camino de cobrarse la escalofriante cifra del millón de vidas.

Ante un acontecimiento de tanta magnitud, desde el comienzo de la pandemia llama la atención que a 25 kilómetros de Wuhan se construyera un hospital con mil camas en un tiempo récord de 10 días para atender la demanda de la población afectada. Un hecho que dejaba entrever la peligrosidad patógena del virus y su alta contagiosidad.

Sin embargo, en España lo subestimamos, restándole importancia y comparándolo con una gripe común. Quién nos iba a decir que en la era de los robots y de las máquinas, del Big Data y la inteligencia artificial; un virus iba a encerrarnos en casa, como si de una película protagonizada por cavernícolas ‘todoconectados’ se tratara.

Al meditar sobre todo lo ocurrido, lo visto, leído y escuchado; uno se convence de que esta pandemia representa un desafío para la humanidad de una magnitud increíble.

En mi quehacer diario me encuentro con la realidad de mis pequeños pacientes: ¿cómo han vivido el confinamiento?, ¿cómo les afectará el virus?, ¿cómo se pueden curar?... Y me doy cuenta de que han sido vilipendiados como vehículo de transmisión. “Potenciales bombas virales”, les dicen…

Los estudios hechos por diversos grupos científicos valoran su incidencia entre el 1% al 2% en niños menores de 10 años, aunque se espera que futuros estudios más exhaustivos lo confirmen. Así pues, tal y como se preguntarán miles de padres durante estos días: ¿deben los niños ir al colegio?

La ‘Guía de actuación ante la aparición de casos de COVID-19 en centros educativos’ recoge 29 medidas y cinco recomendaciones, entre las que se encuentra la prioridad de que la educación sea presencial hasta Segundo de la ESO y que a partir de Tercero de Secundaria se establezca un modelo semipresencial. En resumidas cuentas, todos los centros escolares estarán abiertos, y únicamente se cerrarán en caso de transmisión descontrolada.

Los niños, pues, deben ir al colegio. Ellos están deseando ir, volver a ver a sus amigos, estar en su ambiente y, cómo no, aprender. Coincidirán conmigo en que su capacidad de aprendizaje es espectacular. Son verdaderas esponjas para captar todo lo que tienen a su alrededor, y ahí está nuestra gran baza a aprovechar.

Los colegios deberían reflexionar sobre la conveniencia de dedicar nada más iniciar el curso escolar dos días a enseñar y practicar concienzudamente las normas básicas para protegernos del virus. No pasará nada porque en esos días la matemática o la escritura pase a un segundo plano y se instruya en el uso correcto de la mascarilla, la adecuada higiene de las manos, la óptima ventilación de las aulas después de cada clase, el idóneo desplazamiento por los pasillos para evitar aglomeraciones y mantener la distancia de metro y medio...

Porque este virus ha llegado para quedarse y no podemos parar la vida, y menos el aprendizaje de nuestros niños. Debemos aprender a convivir, prudentemente, con él. Y si enseñamos a los pequeños a comportarse, los mayores acabaremos, como tantas otras veces, aprendiendo de ellos. Y disfrutando de todas las primaveras que están por venir.