Klaus, el peor embajador de la República Checa

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Se veía venir. Desde hace semanas periodistas y eurodiputados esperaban con expectación y recelo el discurso que el euroescéptico presidente checo, Vaclav Klaus, iba a pronunciar en el Parlamento Europeo. Y el dirigente conservador, que ya se había negado en enero a izar la bandera europea en su residencia, no defraudó este jueves. Sus opiniones contra el proceso de construcción europea, al que equiparó con los antiguos regímenes comunistas, ofendió hasta tal punto a su señorías que se vivió una sesión más parecida a la Asamblea de Madrid que a la Eurocámara.

Entre abucheos y abandonos del Hemiciclo, el jefe de Estado checo desdeñó con arrogancia los beneficios del euro para combatir la crisis económica internacional. Húngaros, islandeses o daneses no parecen opinar lo mismo. Y olvidando cualquier deferencia hacia su anfitrión, el provocador dirigente rechazó categóricamente otorgar al Parlamento mayor poder de decisión. Precisamente, el Tratado de Lisboa (bestia negra de Klaus) refuerza el poder legislativo de la Eurocámara.

Cincuenta y un días después de que República Checa se estrenara al frente de la Presidencia de la UE, no han cesado las provocaciones, como aquella falsa exposición de artistas europeos que ridiculizaba los tópicos de los veintisiete Estados miembros, o las meteduras de pata diplomáticas, como aquella declaración que apoyaba de manera inequívoca a Israel en la crisis de Gaza.

Sin embargo, bajo esta espuma que tantos titulares de prensa ha cosechado, se esconde el trabajo diario del Gobierno checo. Muy lejos de los excesos del presidente Klaus. El primer ministro, Mirek Topolanek, mucho más pragmático que el inquilino del Palacio de Praga, ha mostrado la cara más amable del euroescéptico país centroeuropeo. El Gobierno minoritario de centro derecha se ha comprometido a explicar en noviembre su posición sobre la integración en la moneda única y, por fin, ha llevado al Parlamento el Tratado de Lisboa.

La Cámara Baja dio el visto bueno al texto comunitario el pasado miércoles, pero aún no se puede cantar victoria. Es preciso esperar a que el Senado se pronuncie en abril, cuando no es descartable que senadores del Partido Cívico Democrático (ODS) de Topolanek (y hasta hace poco de Klaus) no ponga más piedras en el camino.

Y entonces... el jefe de Estado checo tendrá la última palabra. Klaus, que dio por muerto y enterrado el Tratado de Lisboa después de que Irlanda lo rechazara en referéndum el pasado junio, juega al despiste sobre si firmará el texto ratificado por el Poder Legislativo: "No voy a responder a la pregunta porque un jugador de ajedrez nunca anuncia cuál será su próximo movimiento".

La opinión pública parece ir en contra de esta actitud desdeñosa hacia Europa. Los últimos sondeos muestran que un 60% de los checos considera positiva la ratificación del tratado. Tal vez Havel no quiere darse cuenta de que, como le recordó el presidente de la Eurocámara, Hans Gort Pöttering, "en un Parlamento del pasado, probablemente usted no habría podido pronunciar este discurso"antieuropeo. Ésa es la gran virtud de la UE. Incluso los que son contrarios a ella disfrutan de sus beneficios. Y estoy pensando en los fondos estructurales y de cohesión.