Nuevo Gobierno, viejas caras en Berlín

Tras casi tres meses de discusiones entre los partidos políticos, Angela Merkel fue investida el martes por tercera vez canciller de Alemania. Esta vez al frente de una Gran Coalición con los socialdemócratas del SPD. El nuevo Gobierno, sin embargo, no supone ninguna novedad ni en nombres ni en políticas. Cinco de los seis ministros cristianodemócratas (CDU) ya habían tenido experiencia ministerial. Incluso uno de ellos, el todopoderoso responsable de Finanzas, Wolfgang Schäuble, era un estrecho colaborador del padrino político de Merkel, el ex canciller Helmut Kohl (1982-1998). Lo mismo ocurre entre los seis ministros del SPD. Tanto Sigmar Gabriel (Economía) como Frank-Walter Steinmeir (Asuntos Exteriores) ya gobernaron como Merkel durante la anterior Gran Coalición (2005-2009).

En cuanto al discurso de Merkel III tampoco se advierten grandes novedades. El primer discurso de la canciller tras ser reelegida, dedicado a la política europea, podría haber sido pronunciado igualmente hace seis meses. La presencia de los socialdemócratas en el Ejecutivo no ha modulado la estrategia de Merkel frente a la crisis del euro: ayuda a cambio de reformas y ni hablar de eurobonos. De hecho, la jefa de Gobierno germana no evitó arremeter contra la Comisión Europa por criticar las ayudas públicas a las empresas energéticas.

Por otro lado, la sesión de investidura mostró un Legislativo más propio de la Asamblea Nacional venezolana que de un Parlamento democrático. Las mayoría oficial (CDU, CSU y SPD) suma un total de 504 de los 631 escaños del Bundestag. La oposición, compuesta por La Izquierda y Los Verdes, no representan votos suficientes par, por ejemplo, abrir una comisión de investigación. A menos que se flexibilice el reglamento de la Cámara Baja, Alemania corre el peligro de carecer de debate político durante los próximos cuatro años y, lo que es más peligroso, de un verdadero control del Ejecutivo. Situación que podría contribuir a la desafección del electorado y a un posible aumento de la abstención en las próximas elecciones.

Por su parte tiene por delante cuatro años para jugar de contrapeso a Merkel. Es decir, de oposición interna dentro del Gobierno. De lo contrario, se cumplirá la profecía que temían muchos de sus militantes: perder la identidad como partido frente al pensamiento único y la uniformidad que tan bien practica la presidenta de la CDU. Una canciller que se hizo ecologista tras el accidente de Fukushima en 2011 o que se atribuyó como propias las reformas del Estado del Bienestar que puso en marcha el socialdemócrata Gerhard Schröder en 2003. Ya ha empezado la cuenta atrás para las elecciones de 2017...