Santiago Abascal: El líder del descontento

Santiago Abascal/ Efe

Hace algunos meses, por avatares del destino, pude ver a Santiago Abascal Conde en su salsa. A medio camino entre Castilla-León y el País Vasco, en un local emblemático ubicado en esas tierras de Burgos dónde el histórico líder del PNV, Xavier Arazallus, solía reunirse con dirigentes abertzales, el joven Santi, como siempre le llamaban, preparaba el embrión de su futuro partido, Vox. “Me gusta lo que dices, pero seguiré votando al PP”, le dijo un militante castellano popular. Tiempo después, una persona muy cercana a Abascal me confesó que en el mismo lugar, varios militantes populares, de Ciudadanos, e incluso del PSOE, le habían expresado otra opinión: “Ahora sí te voto, porque no me gusta lo que dicen los otros”. Atinada y contundente reflexión que tal vez revela el ascenso, el fenómeno de un partido hasta ayer prácticamente inexistente, con enorme apoyo mediático en las redes sociales y, sobre todo, vehículo de un descontento como pocos en la sociedad española. Para los gurús demoscópicos, ni siquiera similar a Podemos, porque recoge el descontento no solo de la derecha, sino del centro y hasta de una izquierda trasnochada.

La historia de Santiago Abascal Conde no puede escribirse sin su vinculación a Euskadi y a una familia fuertemente amenazada por ETA. Su padre, Santiago Abascal Escuza, fue un histórico miembro de Alianza Popular en Álava durante más de treinta años, concejal de Amurio dónde su abuelo, don Santi, cómo los vecinos le llamaban y a quienes recibía todas las tardes, incluso a horas intempestivas, desplegó una enorme agenda política frente al nacionalismo. Las amenazas de ETA eran constantes, pero Santi quiso hace carrera política y se afilió también al PP, con tan solo sólo dieciocho años. Después trabajó de la mano de Jaime Mayor Oreja y, sobre todo, de sus dos grandes amigos personales, María San Gil y Carlos Iturgaiz. Tras el Congreso del PP en Valencia, y muy discrepante con la línea oficial de Mariano Rajoy, abandonó el partido y creó Denaes, la Fundación para la Defensa de la Nación Española, junto a otras víctimas de ETA como José Antonio Ortega Lara, y antiguo dirigentes del PP en el País Vasco.

Como persona, Abascal es un líder transgresor. A quienes le acusan de ser un radical de extrema derecha, les lanza una biografía liberal. Casado en primeras nupcias con Mirentxu, una bilbaína amiga de la infancia, madre de sus dos hijos mayores, no tuvo reparos en tener un divorcio complicado en el año 2010 y casarse en segundas nupcias con Lidia Bedman, una alicantina bloguera muy activa en las redes sociales con quien ha tenido otros dos retoños, Santi y Juan. “Cuatro hijos a cada cual más maravilloso”, dice el líder de Vox de su familia. Se define como un “cristiano hasta las cachas”, a pesar de su divorcio y frente a quienes le tildan de fascista y derechoso les espeta una frase: “Me importa un bledo, mi conducta de avala”. Nadie, hace unos meses, hubiera dado un duro por él, y mucho menos, en Andalucía. “Frente al cortijo, libertad”, era su lema en esta campaña que diseñó con unos pocos colaboradores en un hotel de Cádiz.

Es un apasionado de su tierra, dónde practica el senderismo y procura bañarse en verano en las frías aguas de Las Arenas, cerca de Palencia, en ese barrio y esas playas vizcaínas dónde mantiene muchos amigos, Santiago Abascal ha sido la gran sorpresa.”Pero tú, ¿dónde vas en Andalucía?”, le espetó un empresario andaluz atónito ante la nueva aventura. “A una tierra harta de lo mismo”, le respondió durante un almuerzo en un hotel de la costa gaditana. Fue entonces cuando se le acercó un camarero y le dijo, “Mire, yo soy de izquierdas, pero estoy harto de lo de siempre”. Dice Santi que fue esa confesión lo que le animó a plantar cara en la batalla andaluza, en el Sur frente al Norte de su vida. “Ahora iremos a por todas en toda España, pase lo que pase”, asegura sin reparos. Frente a las acusaciones lo tiene claro: “No somos un partido de extrema derecha, sino un partido de extrema necesidad”.

Sigue leyendo a Pío Baroja y Miguel de Unámuno, añora la montaña como pocos, “Nunca te traiciona y te da paz”, visita con asiduidad el santuario de Loyola dónde su padre le llevaba de niño, y no se esconde ante los ataques. “Si los extremos se tocan, el nuestro es la defensa de España”. Cree que el éxito de Vox es el voto del descontento, pero sobre todo el que reniega de la cobardía frente al separatismo y la extrema izquierda. Mantiene una gran amistad personal con antiguos líderes del PP como Alejo Vidal-Quadras, María San Gil, Jaime Mayor Oreja o Carlos Iturgaiz, y ha hecho de José Antonio Ortega Lara uno de sus estandartes. Añora una buena lubina en un restaurante donostiarra y cree que España, con Andalucía de fondo, entra en un nuevo ciclo. Como él insiste, de “Gallardía nacional y extrema necesidad”. Se mire por donde se mire, es el líder de una esperanza, hasta ahora, inesperada.