Yo sufrí escraches

Todas estas manifestaciones de intolerancia, de no respetar a las familias de los políticos, de violentar la democracia, no deben tener ni la comprensión ni el apoyo de nadie que sea demócrata

Ahora se llaman escraches, antes no… pero eran lo mismo. Hablo de los tiempos en que muchos compañeros que militábamos en el PP vasco, como concejales o como cargos con cierta relevancia social, finales de los 90 y principios de los años 2000 más concretamente, sufríamos acoso en nuestros domicilios y en nuestra actividad política, con aquellos actos que hoy se conocen como escraches (una denominación que “dulcifica” un hecho deleznable).

Realmente aquello era un señalamiento y un acoso antidemocrático, una parte más del amedrentamiento y extensión del miedo que el mundo batasuno propugnaba desde la adopción de aquella terrible ponencia programática llamada Oldartzen, que no era otra cosa que la socialización del sufrimiento (que los políticos y sus familias sufrieran en sus carnes lo que tantos policías y servidores públicos llevaban años padeciendo).

Durante muchos meses, años, una caterva de energúmenos fascistas intolerantes se reunían de manera puntual todas las semanas, a lo que se añadía también su presencia en “sus fiestas de guardar” (“gudaris egunas”, detenciones de terroristas, extradiciones, etc.), con pancartas y megáfonos bajo la casa de mi familia (un sexto piso) insultándome a mí, a mi familia y hasta a mis vecinos por “cobijar” a alguien de “mi calaña”. Y todo ello, con la permisividad de la patrulla de la Ertzaintza que era enviada con las órdenes de no intervenir (distingamos aquellas órdenes políticas de la profesionalidad de los agentes que hubieran acabado con aquello al instante, como me decían), y solo disolverles cuando llevaban un buen rato molestando a todo el vecindario.

Esto formaba parte de una amplia estrategia político/terrorista, en la que el señalamiento del discrepante, fundamentalmente miembros del PP vasco, pero también del PSOE, era llevado a cabo por los miembros de Jarrai, con el fin de provocar miedo y angustia en nosotros así como en nuestras familias. De paso, además con ello, intentaban poner en marcha campañas de desprestigio personal y social del afectado, y por qué no decirlo, señalaban a sus “mayores”, los terroristas, donde vivían sus potenciales objetivos (recordemos los terribles acosos previos al asesinato a Manolo Zamarreño o Jesús Mari Pedrosa solo por citar algunas personas cercanas). Era la Euskadi de aquellos años.

Y cuando la violencia comienza a desaparecer en la tierra vasca, y ceden el acoso y las amenazas a quienes luchábamos por una opción política que se basaba en dos premisas básicas, como eran la defensa de España y de la Libertad, de repente es Podemos quien decide incorporar esta terrible práctica a la política española, quebrando otra de las barreras democráticas que la tolerancia y la convivencia habían construido desde la aprobación de la Constitución del 78, como es la inviolabilidad de la libertad de las personas, especialmente en su domicilio.

Digo bien, es Podemos quien “batasuniza” la política española, incorporando el acoso al domicilio y al cargo político contrario como ejercicio de protesta política para ellos justificada y legítima. El acoso a políticos en la Universidad, a la vicepresidenta del Gobierno de España en su hogar, o a la ex presidenta de la Comunidad de Madrid por la calle, fueron los primeros actos de una fuerza política que una vez en las instituciones no ha renunciado a dicha práctica, la cual les sigue pareciendo muy bien cuando se lo hacen a políticos de signo contrario. Es más, recientemente ha sido el propio vicepresidente del Gobierno de España, que debería ser del gobierno de todos (¡Qué papelón sigues haciendo Sánchez por seguir en el poder!), quien loaba el insulto al discrepante, además de continuar desde su partido, señalando a los periodistas que les “osan” criticar (qué terrible déficit democrático demuestran con ello), y se vanaglorian de que el pueblo tiene derecho a dar “jarabe democrático” a los políticos del centro derecha y derecha.

Pero si somos consecuentes, y lo somos porque nuestra tolerancia nace de nuestra profunda radicalidad democrática, de la misma manera, debemos estar radicalmente en contra de aquellos, sea reacción o no, que se llevan manifestando semanas ante la casa de Pablo Iglesias y, ojo, de sus hijos, o quienes se manifiestan violentamente contra una ministra de Podemos.

Ese no es el País que queremos quienes militamos en el PP: esa no es la España que nuestros mayores, con su reconciliación, nos marcaron como objetivo.

Todas estas manifestaciones de intolerancia, de no respetar a las familias de los políticos, de violentar la democracia, no deben tener ni la comprensión ni el apoyo de nadie que sea demócrata. No se trata de que ellos lo hacen y los demás les devolvemos lo mismo, no, nunca. Porque realmente, ¿es esta intolerancia uno de los pilares donde hacer descansar un sistema democrático sano y con porvenir? ¿Es el acoso y el ataque al diferente una base para una convivencia en paz y en libertad? ¿Es esta la herencia, la España del mañana, que pretendemos dejar a nuestros hijos?

Que piense en sus hijos Pablo Iglesias, y que lo hagan igualmente todos los que justifican la violencia contra los contrarios, sean quienes sean: la violencia nunca es el camino.