Se han pasado tres montañas

Disculparán los pacientes lectores de estas líneas, a cuya piedad y misericordia me acojo, la torpeza de quien por primera vez escribe allende las fronteras de un pleito. Excúsenme, por qué no, también por mi imprudencia, siquiera sea, y más allá del resultado concreto de estas líneas, por el hecho de adentrarme en un terreno inhóspito para mí. Tampoco tengo clara la conveniencia de la exposición de un juez a tareas literarias ajenas a las suya propia –en la que, dicho sea de paso, tampoco estamos acostumbrados a alcanzar altas cotas de consenso, cosa que tampoco me obsesiona–. No creo que sea bueno, ni conveniente, y cuando uno a quien no le gusta prodigarse en estos ambientes, como es mi caso, se ve compelido a hacerlo, es porque, tiene la sensación, consciente aunque tal vez equivocada –permítaseme ejercer mi derecho a equivocarme-, de que algo no va como debería.

Hace unos días finalizó el acto de bienvenida a la Carrera Judicial de los integrantes de la LXIX Promoción de jueces, ceremonia que ha tenido lugar en la Escuela Judicial. Como dijo el presidente Lesmes, la Escuela Judicial es órgano técnico principal encargado de la formación de los jueces españoles, y, desde 1997, está en Barcelona. Cabe decir que, para todos los que hemos pasado por allí, es un poco nuestra casa. Al menos yo por tal la tengo. Es un poco mía, como la ciudad en la que se encuentra.

No puedo resistirme, es imposible, a expresar la íntima satisfacción que supone para quien modestamente cree haber aportado un pequeño grano de arena en la exigente tarea de formar a un juez, contemplar en quienes ya son nuevos compañeros de vocación y Carrera, la culminación de un exigente proyecto formativo, modelo y reflejo de otros en nuestro entorno internacional. Un proyecto que es fruto de la benéfica idea y voluntad del Estado, sostenida y perfeccionada en el tiempo por el concurso de muchos, de dotarnos de un Poder Judicial conformado por jueces independientes y sometidos únicamente al imperio de la ley, por jueces con un profundo conocimiento de los fundamentos jurídicos de nuestro Estado, al cual el pueblo español, en ejercicio de su soberanía nacional, definió como social y democrático de derecho, otorgándose como forma política la Monarquía parlamentaria.

Para quien, hace ya unos cuantos años, tal vez más de los que uno empieza a querer recordar, tuvo la fortuna, el honor y orgullo de verse en la misma situación en la que han estado los integrantes de la nueva promoción, ha supuesto cierta impresión contemplar algunas diferencias y también, particularmente, ciertas ausencias, respecto de lo vivido en mi día, en aquel día. Más bien cuatro. No se trata sólo de diferencias motivadas por el paso del tiempo, sino específicas y propias de un muy concreto contexto socio-político. Una diferencia, física, que es el lugar de celebración, pues entonces no se celebraba en la Escuela Judicial, motivadas a medias por el hecho del menor número de integrantes de la promoción y por los condicionantes y exigencias de la situación política del momento y del lugar.

Y junto a esa diferencia, tres significativas ausencias. Simbólicas, pero de no menor importancia. La de unos que, pese a ostentar la representación del Estado en una parte del territorio español, han optado unilateralmente y sin explicación por sustraerse al cumplimiento de la alta función a la que deben servir, evidenciando lo que debería ser normal ejercicio de la función propia de una institución, la autonómica, que es también del Estado. Nos tienen acostumbrados.

La de Otro, a quien por lo que se ha oído y leído estos días, han apartado de la trascendental función que como Jefe del Estado le corresponde, «por quien corresponde» y conforme a una decisión «muy bien tomada», el apartamiento, se entiende. No sabemos más. Una tercera ausencia se ha echado inevitablemente en falta y no es otra que la de parte de la promoción, casi la mitad, siendo igualmente dolorosa por lo que significa. Será para siempre la promoción en la que unos asistieron y otros no a un acto tan importante para el nuevo juez como éste. Será para siempre la promoción a la que obligaron a posicionarse sin necesidad, a salir de la discreción propia que caracteriza la labor de un juez.

Debo confesar que, ante la ausencia del Rey, uno no terminaba de ver clara la conveniencia y oportunidad de celebrar el acto en la Escuela Judicial, en Barcelona, pues tal hecho podía ser percibido como una cesión intolerable, y así lo he dicho a quien ha querido oírme. Ahora no tengo tan claro que haya sido inconveniente, y ello siquiera sea por el efecto pedagógico que puede tener –debería tener– haber podido contemplar, ante las cámaras, el momento en el que se encuentran las instituciones. La salud del sistema, que se manifiesta en el funcionamiento de sus instituciones y, sobre todo, en el funcionamiento coordinado de las mismas, conforme al fundamento que las legitima en su existencia. Lectores, juzguen ustedes mismos.

En fin, uno mira atrás, compara lo que vivió un día y mira al presente, y, como ciudadano, tiene la sensación, tal vez equivocada, de que algo no va como debería. No desde luego como iba no hace tantos años ¿Quién se ha pasado tres montañas?