El PP bendice un adelanto electoral en Andalucía pero no en Castilla y León

Andalucía es un punto clave, y Génova mueve los hilos desde su convicción en que el adelanto electoral beneficia a los intereses del partido. Sobre todo a nivel nacional

El líder del PP, Pablo Casado
El líder del PP, Pablo CasadoCristina Bejarano La Razón

El éxito de la Convención Nacional del PP de Valencia se medirá internamente en la capacidad de la dirección nacional de exhibir proyecto y unidad. La cúpula popular todavía tiene que sortear un calendario judicial heredado del pasado. Que al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, le sirve, por cierto, para ir contando por los cenáculos del poder que Casado no llegará, supuestamente, ni a ser candidato a la Presidencia del Gobierno.

Desbancar a Casado de esa candidatura es a día de hoy imposible, por más que Sánchez venda su «cabeza» por adelantado. El PP tendría que darse un batacazo espectacular en las próximas elecciones autonómicas y municipales, lo que no entra en las previsiones políticas ni demoscópicas. Y ni siquiera en ese supuesto el funcionamiento interno del PP facilitaría tumbar al líder nacional antes de presentarse a las próximas elecciones generales. En Génova trabajan con la vista puesta en esos comicios y en cómo ir encajando las piezas para que, cuando llegue el momento, y de confirmarse las previsiones demoscópicas actuales, Casado tenga el camino despejado para llegar al poder.

En esta estrategia Andalucía es un punto clave, y Génova mueve los hilos desde su convicción en que el adelanto electoral beneficia a los intereses del partido. Sobre todo a nivel nacional. El análisis que hacen en Madrid es que esos comicios pueden ser de rebote una plataforma de impulso de Casado, como lo fueron las elecciones autonómicas de mayo de la Comunidad de Madrid. En plazo, las elecciones andaluzas deberían celebrarse a finales del próximo año: las últimas tuvieron lugar el dos de diciembre de 2018.

Si dependiese sólo de Génova, el presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno, encontraría ya un motivo para adelantar las urnas. A su juicio, cuanto antes se pongan, «más fácil será pillar con el pie cambiado al PSOE», que acaba de hacer un relevo en la dirección regional con la sustitución de Susana Díaz por Juan Espadas.

En Andalucía, igual que ocurrió en Madrid, volverán a medirse Sánchez y Casado. Y para Génova, además, esa cita electoral puede ser la oportunidad de «normalizar» un acuerdo de gobierno con Vox, que facilite después el camino de Casado si tiene que pactar con la organización de Abascal para sumar la mayoría necesaria para desbancar al Gobierno de coalición.

El Ejecutivo de Juan Manuel Moreno está en buena forma y el liderazgo del presidente también se ha ido consolidando después de conseguir el hito de haber puesto fin a la hegemonía socialista.

Pero en unas elecciones, en este momento lo más previsible es que el PP ganara, pero necesitase de un aliado para sostenerse en la Junta. Y el único socio viable para cumplir con ese papel es Vox: el mismo escenario que dibujan las encuestas para Casado a nivel nacional.

Ciudadanos es hoy un socio cómodo de Moreno, pero la debacle general en la que se encuentra la formación naranja la dejará fuera de juego en las próximas elecciones, o, al menos, sin la fuerza necesaria como para ser decisiva en el futuro gobierno.

A Casado le viene bien que en Andalucía se abra el camino de una normalización obligada de Vox en las instituciones para lo que pueda tener que hacer él en el futuro. Ciudadanos ha sido fagocitado por el PP, sin marcha atrás, pero todos los estudios demoscópicos apuntan a que Vox aguantará, con poca diferencia, con respecto a las últimas elecciones generales.

En esta Legislatura los populares asumen ya que, tal y como evoluciona la demoscopia, no es verosímil pensar que a Abascal le sucederá lo mismo que a Inés Arrimadas.

Vox se está confirmando como un partido que, de momento, tiene un granero electoral sólido, sin necesidad de un gran despliegue programático alternativo al del PP, salvo en cuatro o cinco grandes temas que son los que le sirven para consolidar su voto y reafirmar sus esencias.

Queda la incógnita de ver cómo se comporta ese electorado en las próximas autonómicas y municipales, pero, en líneas generales, hay coincidencia en plantear que el voto útil puede funcionar lo justo en el ámbito de Vox, al menos en esta Legislatura.

En Andalucía, además, la idea de que la candidata sea Macarena Olona pone en guardia a los populares. A la portavoz de Interior de Vox en el Congreso la reconocen un «perfil difícil» para competir con ella en las urnas.

En Andalucía, el PP regional cree, sin embargo, que ganar tiempo le viene bien para ampliar su mayoría. No ven sentido a un movimiento que les obligue a sustituir a Ciudadanos por Vox, socio mucho más incómodo. Y consideran, asimismo, que la recuperación puede beneficiar a Sánchez, pero también a ellos. Cuanto más alejen las urnas de las restricciones postpandémicas, mejor.

La fecha de las elecciones andaluzas tendrá una repercusión nacional muy importante en el pulso entre Sánchez y Casado. Para el PSOE, una derrota en su feudo sería otro golpe sobre la resistencia del liderazgo del presidente del Gobierno, y cuanto antes le llegue, menos margen habrá tenido para aminorar el desgaste que ahora mismo le imputan todos los sondeos.

Por otra parte, en Castilla y León también hay ruido de sables. Pero con los papeles cambiados. El PP regional, al frente del Gobierno, también en coalición con Ciudadanos, se inclina por un adelanto electoral a principios del año que viene. Para evitar así una nueva moción de censura que pueda presentarles el PSOE, aprovechando el derrumbe naranja.

La razón del choque con sus socios afecta a una cuestión de gestión sanitaria, pero, en realidad, lo que el PP teme es que, ante otra moción del PSOE, esta vez no sean capaces de controlar las fugas naranjas, a cambio de cargos, y que esto les deje fuera del Gobierno.

Génova, sin embargo, frena esta operación. El pretexto de cuidar las relaciones con Ciudadanos no tiene ya mucha solidez porque, en la práctica, es una cohabitación de mutuo interés, en la que los naranjas se han quedado sin margen de maniobra ni de presión por su actual debilidad política.