Política

Podemos

El plan pasa por «refundar» Podemos

El ex número dos busca volver a disputar el liderazgo al tándem Iglesias-Montero si los resultados electorales le acompañan.

Íñigo Errejón anunciaba ayer en el Congreso que renunciaba a su acta de diputado pero que no abandonaba su cargo orgánico en Podemos
Íñigo Errejón anunciaba ayer en el Congreso que renunciaba a su acta de diputado pero que no abandonaba su cargo orgánico en Podemoslarazon

El ex número dos busca volver a disputar el liderazgo al tándem Iglesias-Montero si los resultados electorales le acompañan.

Quien da primero, da dos veces. De creer en el viejo aserto, Iñigo Errejón se apuntó con claridad el primer tanto contra Pablo Iglesias. Lanzada la maniobra de renunciar a las siglas de Podemos para sumarse a la plataforma de Manuela Carmena, el secretario general de los morados –que no soporta a la hoy alcaldesa de Madrid, dicho sea de paso– ha sido incapaz de darle la vuelta a unos acontecimientos que se han desarrollado en los términos que ha marcado quien fuera en su día su número dos y «gran amigo». Ha dolido más la traición que la «marcha» de Errejón, ya sólo militante de base de Podemos: estaba hace tiempo fuera del núcleo duro dirigente del partido y venía retrasando, jugando a su antojo con los tiempos, su renuncia al acta de diputado de Unidos Podemos.

El abandono de la Cámara Baja sólo ha llegado en medio de fuertes presiones, sin duda, pero sobre todo cuando él ha creído oportuno. Esto es, para iniciar, en calidad de activo electoral, negociaciones con Podemos Comunidad de Madrid e integrarlos en Más Madrid. Eso sí, bajo su mando. Por si fuera poco, ante el intento de humillación de sus viejos camaradas de tantas y tantas aventuras, Errejón aún ha sido capaz de arrancar la solidaridad a algunos de los diputados que todavía le son fieles y que mantienen viva la llama del errejonismo. Bastaba leer este lunes los tuits de Carolina Bescansa, Ana Terrón o de la valenciana Ángela Ballester para comprobar el predicamento que entre muchos de los suyos aún conserva el ahora cartel electoral a la Comunidad de Madrid de Más Madrid, de Manuela Carmena.

«Creo y espero que esta decisión contribuya a que el acuerdo sea posible, a que bajemos el ruido, reduzcamos el drama y seamos capaces de entendernos», insistió Iñigo Errejón nada más renunciar a su acta de diputado. Pocas cosas hacen tanto daño en las formaciones como la división interna, y el candidato lo sabe. Sus afines tratan de digerir que los «hooligans» pablistas les ataquen y los tachen de «traidores». Dolió y mucho el golpe bajo de Pablo Echenique dando a entender que la aspiración del ya ex diputado Errejón pasa por vivir de la política. «Lo coherente es dejar el escaño, pero de algo tiene que vivir hasta mayo de este año, y eso supongo que también pesa en su decisión personal», soltó a degüello el secretario de Organización morado, Pablo Echenique. Hubieron de morderse las lenguas los errejonistas. Los maniató su jefe, a todas horas con la mano tendida, estando las urnas apenas a unos meses y después de dejar a Iglesias carente de rumbo, desdibujado, abocado a morder el polvo.

Sumergido en el repentino sobresalto, el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias –ahora de baja por paternidad– únicamente ha conseguido –vía Irene Montero y Echenique– parar cualquier tentativa de barones autonómicos de coger el camino de Iñigo Errejón. Por ahora se ha frenado en seco el efecto contagio. Al menos oficialmente, algunos responsables regionales considerados afines al sector errejonista se han mantenido leales al actual aparato. De momento. Porque nadie sabe lo que va a suceder. Pero todos asumen que la tensión en Podemos, tras cinco años de vida que llegaron a cambiar la izquierda y la política misma del país, está en máximos. Y, probablemente, en puertas de una operación a mayor escala de Errejón para intentar un nuevo asalto nacional. Su entorno da casi por descontado que, en un hipotético Vistalegre 3, debería enfrentarse a Irene Montero y no al macho alfa de Pablo Iglesias. Además, si sale satisfactoriamente del reto electoral del 26 de mayo, podría hacerlo imponiendo sus más moderadas concepciones políticas, con un amplio respaldo interno y no exclusivamente de la larga lista de purgados por Iglesias, de la talla de fundadores del proyecto como Carolina Bescansa o Luis Alegre, entre otros.

El plan está en la mente de muchos. «Estamos tocados, pero en ningún caso hundidos», han ido repitiendo mientras en el cuartel general de Podemos, en la calle Princesa de Madrid, desde que todo saltase por los aires el viernes pasado. Y, sin embargo, pese a numerosos llamamientos internos incluso a pasar página de la actual implosión, el tortuoso camino de las siglas acumula un inequívoco desgaste, una crisis de amplía envergadura, unos niveles inéditos de hostilidad personal, una incesante rodada cuesta abajo, sin capacidad práctica alguna de encabezar la iniciativa, desgajándose de manera implacable por sus costuras. Podemos vive un punto de difícil retorno que todavía deberá tener importantes episodios. Y, qué duda cabe, las consecuencias de todo ello empezarán a decantarse en las municipales, autonómicas y europeas de dentro de tan solo cuatro meses.