Rajoy le quita la «censura» a Iglesias

Irrumpe por sorpresa en un debate marcado por la corrupción y deja en evidencia la imposibilidad de Podemos para sumar una mayoría alternativa.

Irrumpe por sorpresa en un debate marcado por la corrupción y deja en evidencia la imposibilidad de Podemos para sumar una mayoría alternativa.

Mariano Rajoy jugó ayer a hacer de Mariano Rajoy y volvió a conseguir no perder, y que los demás sí lo hicieran. Le bastó con ser fiel a sí mismo para romper la estrategia y hasta el inagotable discurso, eterno, con el que Pablo Iglesias e Irene Montero desnudaron ante la Cámara su obsesión por remarcar la paternidad de una moción de censura que nunca ha dejado de mirar al PSOE.

El PP esperaba que el presidente del Gobierno se echara encima el incómodo debate y diese la cara en defensa de la dignidad y del orgullo del partido, y que hasta limpiase las siglas de los restos de los escándalos que Podemos les arrojó sin piedad desde la tribuna de oradores para empujar al PSOE contra la pared por su decisión de abstenerse en su moción. Y Rajoy tomó la palabra a su partido y descolocó a Iglesias ya con su primera réplica a Montero. Nadie se esperaba que el jefe del Ejecutivo se fajase incluso con la portavoz de un partido que no es ni siquiera la principal fuerza de la oposición, sino el tercer grupo de la Cámara. Hasta sus socios, los de Ciudadanos (Cs), reconocieron su sorpresa porque el jefe del Ejecutivo estuviera tan presente como lo estuvo en el cuerpo a cuerpo con Podemos. Él solo, sin buscar refugio en la vicepresidenta ni en ningún otro ministro, lo que entusiasmó a los suyos, reforzó si cabe aún más su liderazgo interno, y, a la vez, ayudó a polarizar la escena política, algo que Moncloa cree que les beneficia.

El debate, además, fue duro, pero no un lodazal, a lo que ayudó bastante la determinación de la presidenta del Congreso, Ana Pastor. Y esto elevó el nivel y facilitó la confrontación de dos formas de entender la política, la realidad económica y hasta la idea de España. La «negra» que pintó Podemos, la España plurinacional que defendió Iglesias, frente a la del «crecimiento y el empleo» que reivindicó Rajoy. Para el presidente, su principal adversario era la corrupción, que tanto Montero como Iglesias desmenuzaron ante el Pleno regodeándose bajo la teoría de la trama político-empresarial. Pero sin caer en el espectáculo bochornoso de la Asamblea de Madrid de la semana pasada. Ayer Podemos reivindicó el 15-M y la Puerta del Sol, pero optó por «errejonizarse», aunque cuidándose de disimularlo.

Arrancó Montero enumerando los casos de corrupción del PP de la A a la Z. Pero Rajoy fue capaz de recomponerse de los «golpes» con el mismo discurso que le facilitó por dos veces la victoria en las últimas elecciones generales. La mejor baza que tenía a su alcance eran los números, que el debate, inevitablemente, dejaba hueco para la lectura de que en estos momentos no hay alternativa a su gobierno. Una conclusión que, por cierto, reforzaron además otros grupos tanto en la tribuna como en declaraciones a los medios, y con un mismo eje discursivo, atizar a Podemos por instrumentalizar el Congreso al servicio de sus intereses de partido y para alimentar el «espectáculo». Y con esa ayuda externa Rajoy jugó sus cartas con el perfil de estadista, garante de la estabilidad, de la recuperación económica y de la unidad territorial. Las mismas banderas con las que ha ido sobreviviendo a todos los vendavales que han soplado en su contra en los últimos años.

Ayer Podemos no dejó de arrojarle sumarios, enlazados en el citado argumento de la «trama» sobre el que Iglesias sostiene básicamente su acción de oposición desde la Asamblea de Vistaalegre. Pero Rajoy le devolvió el guante a Iglesias con un corrosivo dibujo de su liderazgo político: el protagonista de una «farsa», sin recorrido como presidente del Gobierno, una salida «letal» para el bienestar, un «populista de izquierdas», un «radical» que «acosa al discrepante», que divide entre buenos y malos y que no gobernaría para «todos los españoles». «Aquí se acaba su recorrido. Usted no puede ser presidente», le echó en cara Rajoy. Con la mayoría de la Cámara en contra del «candidato» Iglesias, el presidente esquivó el relato de la corrupción y se revolvió con un discurso contundente en el fondo y en las formas, pero sin instigar tampoco el barrizal en el que se convirtió la moción de censura que la pasada semana Podemos impulsó contra la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes.

Los argumentos de una y otra parte eran sobradamente conocidos porque están cada semana en los tensos debates parlamentarios que se celebran en la Cámara. Aunque Podemos vistiese su discurso con golpes de efecto más elaborados. «La corrupción tiene sede, y es Génova 13», lanzó Montero antes de dibujar el árbol genealógico del «saqueo público» en el que colgó al PP. Ocho horas de cara a cara de Podemos con el presidente, en los que en la bancada popular eran visibles los gestos de aburrimiento y hasta de hastío ante el machacón discurso de Iglesias y Montero sobre los escándalos de corrupción que han hecho tanto daño en la línea de flotación del barco popular.

Rajoy contraatacó yendo directamente a desacreditar el liderazgo político de Pablo Iglesias. «No es usted de fiar». Y rebajando el valor de la moción de censura, instrumento de una «política espectáculo». «Necesita imprescindiblemente ese estilo desabrochado. Esa palabrería inflamada, esa sobreactuación indignada que gasta habitualmente. Y eso, candidato Iglesias, también le inhabilita a usted como presidente», sentenció Rajoy.

También le acusó de dividir a los españoles, de ser una amenaza para la convivencia, de emplear la «moral como un estropajo» y de tener «una vocación regeneradora abrasiva». «Su experimento de populismo de izquierdas a la española se disuelve a marchas forzadas como el hielo al sol. Sólo son capaces de apuntalarlo con ficciones de miseria», apostilló el presidente para ratificar su acusación de que Podemos tiene prisas en forzar la tensión porque «algunos se están recuperando». Rajoy eludió el cuerpo a cuerpo con la corrupción, pero la buscó con Cataluña, para emplazar a Iglesias a que diga si cree que debe suprimirse la soberanía nacional y si todos los españoles tienen derecho a decidir lo que quieren que sea su país o sólo lo debe decidir una parte. Por tres veces Iglesias se negó a decir si cree en la soberanía nacional.