Errejón se esconde: «Nos van a poner a hacer fotocopias»

El ex número 2 adopta un perfil bajo ante la purga de «errejonistas».

El ex número 2 adopta un perfil bajo ante la purga de «errejonistas».

Después del duro golpe que ha supuesto verse apartado de las responsabilidades más importantes de Podemos tras Vistalegre II, Íñigo Errejón ha aprovechado esta última semana sin sesión plenaria en el Congreso para hacer recuento de daños. Por un lado, para reflexionar sobre el giro de los acontecimientos que han acabado con él descabalgado de la condición de primera figura del partido, apartado del cargo de portavoz parlamentario y alejado de los escaños preferenciales de la bancada morada. En el nuevo reparto, Errejón ha pasado a sentarse en la segunda fila; Carolina Bescansa, en la tercera, y su cercana Tania Sánchez, en el gallinero. Y, por otro, para tratar de autoimponerse un descanso que contrasta con la exposición mediática que caracteriza a los «victoriosos» Pablo Iglesias (incluida su visita a la cárcel para exaltar a José Bódalo, que dio una paliza a un edil del PSOE), Irene Montero, Pablo Echenique o Rafael Mayoral.

Algunas escasas pistas de sus pasos ha dejado Errejón en las redes sociales, para difundir sus lecturas –«La Guerra de los Zetas» de Diego Enrique Osorno y «Según venga el juego» de Joan Didion– o para asumir la pauta del partido. Condenas al bus de Hazte Oír o críticas al pacto de Cs con el PP han compuesto sus señales de vida en Twitter. Su nueva actitud contrasta con la actividad frenética en otro tiempo. Así, tras haber expresado en apenas unos segundos la necesidad de «remar todos juntos, nos lo tenemos que tatuar», Errejón ha limitado la presencia en los medios de comunicación a su habitual participación de los lunes en una tertulia de la Cadena SER.

«Lo han arrinconado», se asegura desde líneas intermedias del errejonismo. Esas voces, indignadas, tachan de «cortesanos» a quienes hoy, orbitando alrededor de Iglesias, tienen en sus manos las riendas de la organización. Léase, además de Montero, Echenique o Mayoral, a Pablo Fernández Alarcón y Pedro Antonio Honrubia, además de Juan Manuel del Olmo, aquel «cortafuegos» del líder que en lo más cruento de la guerra interna gustaba practicar la guerra psicológica contra Errejón enviándole mensajes de Telegram del tipo «¡Ríndete ya, te voy a ganar!». Tal cual. El apartamiento del ex portavoz ha resultado además un chasco para sus aliados: los principales, Compromís, En Comú, Ahora Madrid o En Marea. De hecho, todas ellas son fuerzas de gobierno que han asumido el «pragmatismo» para sacar adelante sus políticas, la misma bandera que enarboló Errejón y ahora aplasta Iglesias.

Ni siquiera ha sido consuelo para Íñigo Errejón ocupar el puesto de portavoz en la Comisión Constitucional (la más importante de cuantas hay en la Cámara Baja), pues ha tenido que asistir, impotente, al cese fulminante de sus más estrechos colaboradores. Apenas un puñado de ellos se ha salvado (por ahora) de la quema, eso sí, saliendo del Parlamento con rumbo al cuartel general de la formación, en la calle Princesa. Y claro, poniendo un ojo en cómo se las gasta Iglesias, inician el viaje con conciencia de que van a ser destinados a tareas menores: «Nos van a poner a hacer fotocopias», dicen. Francamente, lo tienen duro. Tanto es así, que la secuencia de defenestraciones ha despertado en el errejonismo dudas de que Iglesias cumpla finalmente con su «premio» de investirle candidato a las primarias del partido para encabezar la lista a la Comunidad de Madrid.

Y ello porque aún quedan dos años para 2019: una eternidad política. Y con la deriva estratégica de Podemos hacia un partido cerrado y radical de izquierda, el escenario electoral sin duda puede cambiar, de manera que el perfil pragmático y dialogante de Errejón resulte entonces poco atractivo. Pero, además, existe el temor a la tensión que supondrá su salto a una organización regional controlada por sus «enemigos»: Ramón Espinar y los anticapitalistas que le sostienen al frente del aparato.