La lealtad incondicional de Carmen Polo por Franco

Es difícil encontrar, para cualquiera que se ponga a ello, descripciones de Carmen Polo que hablaran de ella como una mujer cercana, amable, sencilla y capaz de crear un clima de empatía a su alrededor. El imaginario popular conserva en el fondo de su memoria la imagen de una persona distante, poco simpática, fría y exigente, que trató con altivez y desapego a los que vivieron cerca de ella, con la única excepción de su familia, a la que trató de encumbrar como si fueran miembros de la realeza. Se ha hablado mucho del gran poder de la mujer de Franco dentro del régimen pero es más apropiado decir que más que poder y capacidad de decisión, cosa que su marido no hubiera permitido jamás, la llamada Señora del Pardo ejerció una gran influencia desde la pequeña corte que creó y la rodeó en el Palacio del Pardo.

En aquellos años duros y de gran carestía para una gran parte de la sociedad, después de una guerra arrasadora que dejó a España empobrecida y a la cola de las naciones que la rodeaban, doña Carmen creó su propio mundo, en el que sólo cabía la gente que tuviera acreditada su fidelidad absoluta al régimen franquista y que no se permitiera gesto alguno de liberalidad de costumbres en el terreno moral o religioso. La esposa del General Franco era una persona de misa diaria y una ferviente católica, aunque también muy beata, así como amiga de congregar a amigos y familiares cada tarde para rezar el rosario. Eso era obligatorio para el propio Francisco Franco durante la guerra, cuando vivieron en Salamanca, quien se acercaba a la estancia donde se desgranaban a diario los misterios del Santo Rosario para complacer a su cónyuge. Una devoción que no le impedía seguir firmando penas de muerte para los desafectos a su rebelión por las mañanas, en su despacho. Sin olvidar, por cierto, que doña Carmen apenas aceptara interceder por algunos de los condenados a la pena capital por temor a molestar a su marido.

Carmen Polo era, por otra parte, una mujer de gustos exquisitos, fruto de la educación que recibió de su familia paterna, perteneciente a la alta burguesía asturiana. Le encantaban las joyas y acumuló un gran número de alhajas durante el tiempo que fue la esposa del Jefe del Estado, muchas de ellas de gran valor que exhibieron tanto ella como su hija Carmencita y su nieta Carmen Martínez Bordiu en ocasiones especiales. Rara era la vez que aparecía en público sin dos o tres

vueltas de perlas alrededor de su cuello, lo que hizo que la gente le pusiera el apodo de “la Collares”.

También era muy aficionada doña Carmen a coleccionar antigüedades, a veces adquiridas a bajo precio, dado quien era, o conseguidas al mostrar ella lo mucho que le gustaban determinadas piezas en casas de amigos o simplemente conocidos. En Oviedo, eran varias las casas que escondían la plata cuando ella anunciaba su visita por temor a que se prendara de una de las piezas que estaban expuestas como adorno.

Doña Carmen permaneció bastante al margen de decisiones políticas hasta el momento en que Franco entró en decadencia debido a la enfermedad de Parkinson, que lo fue dejando muy mermado de facultades. En esa época, doña Carmen fue inspiradora del intento de que su marido cambiara su decisión de nombrar al Príncipe Juan Carlos su sucesor y que eligiera a Alfonso de Borbón Dampierre, marido de su nieta María del Carmen, para ser el futuro rey de España. No lo consiguió al final pero sí logró que Franco cambiara su designación como Presidente del Gobierno al almirante Nieto Antúnez, su elegido después del asesinato de Carrero Blanco, por el candidato de doña Carmen, Carlos Arias Navarro.

Fueron los últimos años de gloria de la Señora del Pardo hasta la muerte de su marido, momento en que se retiró de la vida pública hasta el momento de su muerte, el 6 de Febrero de 1988. Desde entonces, sus restos yacen en el cementerio del Pardo, donde por fin, reposarán junto a los de su marido, al que dedicó su vida por entero y con absoluta lealtad.