Las condiciones de VOX, ¿disidencia o propaganda?

¿Disidencia o propaganda? ¿Seguidores de Steve Bannon o herederos de Gustavo Bueno? Qué difícil escribir de Vox sin caer en el sensacionalismo. Quizá un vistazo a su programa... Esos 19 puntos con las condiciones esenciales para darle el «ok» a José Manuel Moreno Bonilla. Por ejemplo. Nadie que no esté contaminado por el discurso nacionalista puede objetar la constitucionalidad de la primera propuesta. A saber, la «devolución al Estado de las competencias de Educación, Sanidad, Justicia y Orden Público». Asunto distinto será hasta qué punto la recentralización del Estado puede desembocar, vía demagogia, en la tala de los consensos constitucionales del 78. Unos acuerdos que, hum, no excluían la existencia de puntos oscuros, enemistados con la razón y la igualdad, comenzando por los siniestros fueros, y que a menudo desembocaron en situaciones tan injustas como las derivadas de las tarjetas sanitarias. Respecto a la «declaración institucional de la presidencia de la Junta de condena al discurso de odio y exclusión que algunos líderes políticos y medios mantienen» contra Vox equivale a puro wishful thinking. A no ser que alguien aspire a que Albert Rivera, un suponer, masacre públicamente a Manuel Valls. Y habría que matizar qué entiende cada cual por insulto y qué entra dentro del ecosistema de la rivalidad política y qué de la pura y sulfurosa llamarada ad hominem. Respecto a la «reducción drástica (75%) de las subvenciones a partidos políticos, sindicatos y patronales» y ese «horizonte final de lograr su completa eliminación», volvemos a la retórica típicamente trumpista. O sea, maniobras orquestales que partiendo de lo evidente, la existencia de chiringuitos, prometen imposibles y hasta amenazna con liquidar puntales del sistema. Que no es, y parece mentira tener que recordarlo, el lodazal oscurantista y corrupto al que suelen aludir los Torra, Iglesias, Puigdemont y Otegi. Por lo demás racionalizar el gasto, evitar en la medida de lo posible una administración paralela, suprimir las duplicidades y eliminar los estipendios superfluos resulta tan inobjetable como vago. ¿Bajar impuestos? Claro. Cómo no. Pero sería bonito y hasta profiláctico que alguien explique cómo hacer compatibles los niveles de gasto en sanidad, educación y etcétera con unos tijeretazos que todos prometen, empezando por Rajoy en 2011, y nadie concreta. Podemos cifra la mítica salvación en la reestructuración de la deuda, la negociación con Bruselas y el maná derivado de destapar chorrocientos millones de fraude fiscal; Vox parece inclinarse con convocar jauja mediante la liquidación de un entramado chupóctero. Bien está. Como bien estaría, y con esto Vox demostraría su novedad, si Canal Sur deja de ser un órgano al servicio del poder. A imagen y semejanza, por cierto, del resto de televisiones y radios públicas de carácter autonómico. Propaganda en vena que, francamente, podría desaparecer y nadie excepto sus beneficiarios directos lloraría en exceso. En cuanto a la Consejería de Familia y Natalidad la formación parece navegar aguas problemáticas. Asegurarse de que las mujeres con embarazos no deseados «no reciba coacciones o presiones de su entorno que la obliguen a abortar» parece tan sensato como exótico. La prometida «asistencia legal y económica para que los andaluces en otras comunidades no se vean obligados a escolarizar a sus hijos en una lengua regional y no sufran discriminaciones laborales ni de ningún tipo por razón de su origen y su lengua» resulta tan decente como, a día de hoy, impracticable: los nacionalistas llevan décadas en el negocio de levantar aduanas culturales para cultivar el voto cautivo y/o favorecer la desigualdad entre españoles. Algún día los escolares del futuro preguntarán dónde estaban el resto de fuerzas políticas mientras esto sucedía. En cuanto a las leyes para proteger la cultura popular, las tradiciones, el flamenco, la rumba, la caza de la liebre, el tiro con arco y la pesca de la trucha, bueno, la lucha contra el identitarismo no debiera de resbalar en un tribalismo de signo contrario. Es aquí, y en el tratamiento de la inmigración, donde Vox más y mejor sintoniza las melodías apocalípticas y antipolíticas de Echenique y cía. Por más que un observador perezoso encuentre distancias. No prestar apoyo «a la implantación, asignación de presupuesto y/o desarrollo de leyes ideológicas» y advertir luego de los bárbaros, que nos invaden, y de la muerte de las tradiciones, ay, resulta pelín funambulista. Finalmente la ley integral contra la violencia de género, y la denuncia de Vox, es la misma que hace apenas tres años enarbolaba Ciudadanos. Entre otras cosas porque España, uno de los países más seguros del mundo, no es ni de lejos el Afganistán o la 2666 vía Roberto Bolaño que dibujan las feministas identitarias. Activistas que serían al feminismo lo que los independentistas a los catalanes. Una facción radical, sentimental, posmoderna

y ruidosa que busca a resultar unánime mientras ahoga cualquier posibilidad de

diálogo y/o disidencia. Luces y sombras, sonrisas y lágrimas de un partido que aspira a desactivar no pocas manoletinas retóricas de la corrección política y corre el riesgo de caer por la pendiente antieuropea y nacionalista de tantos jinetes contemporáneos.