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Llarena, tres años pegado a los escoltas por el «procés»

A la espera de la sentencia, todo ha cambiado para el instructor del 1-O.

  • El año pasado grupos radicales quemaron fotografías del juez Llarena
    El año pasado grupos radicales quemaron fotografías del juez Llarena

Tiempo de lectura 4 min.

14 de agosto de 2019. 11:57h

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Francisco Velasco 14/8/2019

En octubre de 2017 asumió la instrucción del «procés» por turno de reparto. Era la primera causa de la que se hacía cargo tras su llegada al Tribunal Supremo. No podía imaginar entonces el magistrado Pablo Llarena que su vida iba a experimentar un giro de 180 grados, sobre todo en lo que se refiere a su vida personal. Pasó en ese momento a adquirir una «dimensión pública» que ni él mismo podía imaginar.

A medida que avanzaba en la instrucción del procedimiento, que terminó con un ex vicepresidente de la Generalitat –Oriol Junqueras– y otros ex altos cargos del Gobierno catalán que presidía el prófugo Puigdemont, Llarena recibía no pocos elogios por su forma de llevar la instrucción, pero, a la vez, iba en paralelo el aumento también de la presión por parte de los radicales independentistas, con continuas amenazas y situándole como uno de sus «objetivos». Su vida ya no iba a ser igual.

Hasta entonces, era un «magistrado más», con un muy buen prestigio profesional ganado en sus anteriores destinos y con buenas relaciones con los distintos sectores jurídicos, sociales y también político; pero desde que comenzó con el «procés», sin temblarle el pulso lo más mínimo, y empezó a ver cómo los radicales colocaban su nombre en medio de una diana o su casa de Barcelona aparecía con pintura amarilla, no le quedó más remedio que aceptar llevar una vida más «complicada».

De esa forma, en su día a día ya no puede ir solo a ningún lado, ni con sus familiares o amigos Siempre tiene la «compañía» de cuatro escoltas cuando se encuentra fuera de Madrid y en esta ciudad también se ve obligado a mantener ese servicio de seguridad. Pese a ello, siempre ha intentado mantener sus costumbres, aunque haya tenido que «adaptar» las mismas a las medidas que garanticen que no sufrirá ningún tipo de «perturbación». Así, por ejemplo, en un paseo por Barcelona el pasado verano con un amigo suyo les «acompañaban» hasta seis escoltas: dos delante, dos detrás y otros dos en un coche policial camuflado. Todo para garantizar su seguridad. Fue un paseo «donde se mezclaban las malas caras de muchos con los gestos de aliento las sonrisas de otros muchísimos». «Por increíble que parezca, se ha convertido en algo habitual tener que proteger a un juez de ciudadanos que se dicen y consideran demócratas, igual que antes se les protegía de los asesinos terroristas», afirma un jurista que bien le conoce y que, por razones obvias, desea mantener el anonimato.

Pero ni antes ni ahora Llarena ha renunciado a pasar unos días de vacaciones en su Cataluña, y, como todos los años, ha pasado unos días de retiro en la playa con su familia, aunque siempre y en todo momento acompañado de los escoltas, y reduciendo las cenas que habitualmente comparte con amigos de toda la vida.

Cinismo nacionalista

Los independentistas no han logrado que cambie su vida, pero sí la han hecho más «incómoda» en algunos aspectos. Muy a su pesar, no ha tenido más remedio que aceptar las medidas de protección que acordaron cuando ya era un palmario «enemigo» del radicalismo catalán, por el mero hecho de ejercer su trabajo con plena independencia. Por eso, como sostiene un jurista con el que mantiene una muy buena relación, «mientras situaciones como esta no se remedien, la democracia real en Cataluña sigue bajo mínimos y ahogada por el manto del cinismo del mundo nacionalista».

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