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Rajoy consolida su Gobierno y alienta la confianza en la victoria electoral

Ánimos renovados: «Hoy hay menos dudas sobre que llegaremos a tiempo de recoger la cosecha»

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha conseguido apaciguar las dudas y los miedos de su partido a las consecuencias electorales de la gestión de los dos primeros años de Legislatura. El Debate del Estado de la Nación tenía un doble objetivo, dirigirse a los españoles, a sus posibles votantes de europeas y de generales, y también a los suyos, a su bancada y a sus cargos territoriales. La coyuntura y los fallos en la estructura de dirección de Génova han ayudado a alimentar un clima de desánimo sobre las perspectivas electorales y el coste de la crisis. Una sensación que engorda por las críticas, por algunas encuestas... Pero un Rajoy crecido sobrevoló todas estas dificultades y con su intervención consiguió lo que pretendía, levantar los ánimos de los suyos, consolidar su Gobierno y alentar la confianza en que el PP tiene al alcance ganar las europeas y mantener esa tendencia más allá de 2015.

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La sensación mayoritaria en las filas del PP es que Rajoy «comienza con buen pie la segunda etapa de la Legislatura». Es decir, que consolidó la idea de cambio de ciclo y la perspectiva de continuidad en el poder.

A Rajoy se le acaba el tiempo para anunciar su candidato para las próximas elecciones europeas, que se celebran a finales de mayo. El 6 y 7 de marzo tendrá lugar el Congreso del Partido Popular Europeo (PPE), y para esa fecha, o inmediatamente después, deberá por fin dejar resuelta esta cuestión. El PP sale del Debate del Estado de la Nación más convencido de que Rajoy no hará una crisis de Gobierno con motivo de la designación del «cabeza de cartel» para estos comicios. Al contrario, en el ambiente se respira la sensación de que Rajoy se ha reforzado como líder y que ha reforzado, asimismo, a su Gabinete.

Los ministros más «quemados» siguen estando ahí, pero en el partido no ven una remodelación que trascienda la salida puntual de un ministro en el caso de que Rajoy decida resolver por esta vía la elección del candidato europeo que sustituirá a Jaime Mayor Oreja.

El más señalado sigue siendo el ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, aunque ante la prolongación de la espera en el PP han empezado a meter en el juego a otros nombres. Desde el de Íñigo de Vigo, el secretario de Estado para la UE, hasta el de Javier Arenas, vicesecretario de Política Autonómica del PP. Especulaciones diversas mientras el presidente se limitó a indicar ayer que él «aún no lo ha pensado».

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Los más curtidos en debates del estado de la nación, incluso algunos de los que tienen experiencia en prepararlos, advertían de que los efectos de estas citas parlamentarias son efímeros, más internos que externos, y que en la práctica no modifican en nada sustancial los problemas a los que se enfrentan los líderes de los partidos. Por tanto, que la prueba de fuego de Rajoy es demostrar que los beneficios de la recuperación llegan en primer lugar a los colectivos más asfixiados por la crisis y que llegan pronto. Y en el caso de Rubalcaba, su carga es la maleta que le dejó en herencia Rodríguez Zapatero.

Resulta curioso hasta qué punto Rubalcaba es incapaz de despegarse de Zapatero, y sigue estando ligado al pasado e identificado con lo viejo, mientras que Rajoy sí se ha desenganchado de lo que representa el Gobierno de Aznar, casi hasta el punto de dar la sensación de que lo que hay es una ruptura. Una vez más, Rajoy ha conseguido que los suyos concluyan que se ha impuesto sobre Rubalcaba en un momento que continúa siendo especialmente difícil y con muchas piedras en el camino. Y esto le refuerza para enfrentarse a algunos de los que dentro del PP han empezado a moverse para imponer su supervivencia. «Otra cosa es que él quiera hacerlo o entienda que es mejor seguir esperando», sostienen en su entorno. Dicen sus colaboradores que Rajoy está muy tranquilo con respecto al futuro. Que está convencido de que la situación económica le favorecerá en las urnas. Y que, incluso, confía en que el problema catalán acabe siendo desinflado por los mismos que lo han hinchado. «No porque recuperen cierto sentido de Estado, sino por no tener otra salida», sentencian. El presidente cree que el tiempo ha empezado a jugar a su favor.

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