Unas proclamaciones sin necesidad de protocolo

Ni durante la dinastía de los Austrias ni en el reinado de los Borbones existió una fórmula específica para la proclamación del nuevo rey. Cada una de las ceremonias se articuló en virtud de las circunstancias del momento

El retrato de Carlos V a caballo en la batalla de Mülhberg convive en el Museo del Prado junto al de su hijo, Felipe II, realizado cuando todavía era príncipe, como si de una línea sucesoria se tratase. Ambos retratos corresponden a Tiziano.

Cuentan las crónicas que a finales de octubre de 1555 Bruselas estaba en ebullición. El emperador Carlos V había llamado a su hijo Felipe, rey de Nápoles y consorte de Inglaterra, así como Príncipe de Asturias (entre otros títulos propios de un heredero) porque iba a abdicar.

No era la primera abdicación que hacía el emperador en su hijo. De hecho, poco antes, un año antes, le había cedido el trono del reino de Nápoles para que en Westminster se casasen la reina de Inglaterra y el rey de Nápoles y no la reina con sólo un heredero de Castilla y Aragón.

Sin embargo, ahora todo era diferente. Superaba la mera fórmula protocolaria. Ahora iba todo en serio.

El despliegue simbólico se estudió a la perfección. Llegó al Palacio Real montando una mula ricamente vestida. Era más prudente que el viejo emperador montara una hacanea vieja que un brioso corcel, como antaño. Ya no estaban las piernas para esos trotes. De entre los muchos y ricos ropajes que podría llevar, el emperador iba riquísimamente vestido sólo de negro. Al pecho un refulgente collar de oro, con sus eslabones heráldicos y pendiendo un Toisón de Oro. Era la única insignia que, sin duda, a todos maravillaba: señor de entre la aristocracia de los señores de la cristiandad condecorados por él.

Entró apoyándose en Guillermo de Orange. Sí, en él. Porque la vida está llena de sinsabores y de traidores.

A ambos lados del trono, una silla más alta que las que la flanqueaban, estaban esperándole su hijo Felipe y su hermana María, reina viuda de Hungría.

Filiberto de Bruselas se dirige a los presentes. Él es el presidente del Consejo de Flandes. Explica las razones de la abdicación y pondera las virtudes del heredero de ese territorio, Felipe. Hace alusión a la debilitada salud del emperador, que, aquejado por la gota desde la juventud, está ya que «no es señor de sí, como lo veis, tan inútil e impedido, para poder bien gobernar. Es un mal terrible e inhumano el que se ha apoderado de su Majestad». Y publica otro secreto guardado a voces: «El temple de España le es más apacible que saludable [el de Flandes], su Majestad se ha determinado, con el favor divino, de pasar allá...»

Y «allá» se vino, que es para verlo. Todo parece que es la representación de una obra de teatro. Desde la muerte de su esposa, Isabel, de cuyo cadáver hubieron de separarle pues se abrazaba con fuerzas gimiendo («¡He perdido todo mi bien!»), da la impresión de que no tenía ganas de gobernar. Asumía con increíble responsabilidad las tareas del poder que le habían encomendado los cielos, pero lo mismo que realizaba gestas increíbles por media Europa y África (fiasco de Argel, 1541), la secesión luterana, la ingratitud de sus vasallos, de nuevo las traiciones (¡que es para verlo por dónde huyó de Innsbruck camino de Carintia e imaginarlo, sin autopistas alpinas!) y la salud le fueron mellando. Pero no podía abdicar porque si lo hiciere antes de la muerte de su madre Juana –la que sí que padecía disfunciones mentales–, le dejaría a su hijo Felipe un problema serio y habría que dar marcha atrás al reloj de la historia. Y a Carlos V, que le fascinaban los relojes, no parece que le interesara echar hacia atrás el tiempo. No era tan iletrado como para no saber que «tempus fugit», o que, incluso, «panta re». Así que hubo de esperar a la muerte de Juana, la Reina propietaria de Castilla, para ser él sólo Rey de Castilla y poder hacer con la corona lo que le pidiera el cuerpo. ¡Menuda lección de responsabilidad, de «amor» por sus vasallos (a los que evitó una confrontación aunque solo fuera dialéctica), y soportó estoicamente el ver cómo se desmoronaba su mundo, el que Dios le había dado para gobernar y los hombres se empeñaban en destruir.

Pocos, muy pocos, habían visto la escena del óbito de Isabel en el Alcázar de Toledo. Ahora, en Bruselas, son muchos y de lo más granado de Europa, los que asisten a su emotiva despedida. Mientras la hace, emocionado, llora. Suplica a Felipe que gobierne rectamente. A fin de cuentas, desde 1543 en que le había dado por escrito unas primeras instrucciones, las Instrucciones de Palamós, desde que Felipe era un adolescente, había ido recibiendo formación en materia de estados y monarquías, por parte del padre, de sus ayos, de las gentes de su alrededor y con los dos viajes que el Príncipe había realizado por centroeuropa.

Así que «con esto acabó su plática, porque ya no podía tenerse en los pies, que como estaba tan flaco faltábale el aliento para pronunciar las palabras, el color del rostro con el cansancio de estar en pie y hablar tanto, se le había puesto mortal y quedó grandemente descaído».

Carlos V no era hombre de espectáculos vacíos, sino de actos sinceros. Los señores allí congregados también se emocionaron. A unos, les movía el aturdimiento por todo lo que veían y vivían; a otros, la personal impresión; a todos, sin duda, la incertidumbre de lo por venir: herejía en casa, turcos en las fronteras y mil menudencias más.

Los más recordarían las últimas palabras en público como emperador: «Quedaos a Dios hijos; quedaos a Dios, que en el alma os llevo atravesados».

Hubo más discursos. Incluso del nuevo señor de Flandes. Pero no tienen el mismo interés. Felipe es incapaz de hablarles en francés y mucho menos en flamenco.

Tres meses después tienen lugar las otras dos grandes cesiones: la de todos sus estados y señoríos en su hijo (10 de enero de 1566) y los derechos sobre el Sacro Imperio en su hermano Fernando, a favor de cuya elección escribe también a primeros de 1556 a todos los electores para que le favorezcan.

Lo demás, es de saberse: en agosto embarcó camino de Laredo. Iba a atravesar la Península buscando el recogimiento de un monasterio jerónimo, en un recóndito paraje rodeado de castañares. Hay que verlo. Y vivirlo todo lo que hay allí. Desde el pueblecito de Cuacos, de aquellas gentes que asaltaron Yuste para robar a los cortesanos imperiales («rompieron en Yuste las cerraduras de la cámara y un cofre del guardarropa de Su Majestad y hurtaron ochocientos ducados»), al cementerio militar alemán plagado de críos y muchachos que se dejaron la vida a saber por quién.

El día a día de todo aquello, de la que llamo la «Corte de la agonía», lo conocemos bien gracias a la espectacular correspondencia de don Luis Quijada, su mayordomo.

El relato es impresionante. Memorable. Como era todo lo que sucedió alrededor de aquel momento histórico. Ahora destaco una frase de don Luis: «Espántase de ver la poca gente que trae [...] Mira la gente y lo murmuran». Entonces, «murmuraban» la falta de séquito, la conventual austeridad. Tanto que los flamencos esperaban que a mitad de camino Carlos V se echara atrás y decidiera retirarse a alguna ciudad... ¡y eso antes de haber llegado a Yuste!

Escribe don Luis que «llevo la mayor vergüenza del mundo de ver los pocos que somos..., va muy solo..., [nos vamos alojando] en las más sucias casas que yo he visto en mi vida... Esta vida [en Yuste] no la puede sufrir nadie, sino los que dejan su hacienda y el mundo: yo no quiero dejar la mía, ni el mundo». ¡Un emperador y rey no se merece eso!

Y allá se fue el Emperador, Carolus Invictissimus, en nombre del cual habían sido presos Moctezuma, al otro lado del Atlántico; Francisco I de Francia en la memorable batalla de Pavía; Clemente VII, el Papa resbaladizo. A Yuste, ¡qué hartazgo de este mundo!, jugando con su ingeniero Juanello Turriano a ver cómo funcionaban los automatismos de los relojes, o viendo embelesado aún los fabulosos retratos de su esposa y de él por Tiziano, o adorando sobrecogido la magnanimidad de la Resurrección, en el otro óleo (también de Tiziano), o alucinado por los planetas con la edición del Pedro Apiano que tenía en su estudiolo, o rememorando sus grandezas, en el de las guerras de Alemania de Ávila y Zúñiga (en la descripción de Ávila y Zúñiga de cómo iba aquel día de la batalla de Mühlberg, se inspiró Tiziano para hacer el gran cuadro). Allí había decidido retirarse (con sólo setenta servidores entre secretarios, soldados y demás criados) que más parecía aquello «casa de un honesto hidalgo, en comparación de aquella majestad primera».

Y allí murió (el día de San Mateo de 1558), dicen que asiendo aún con fuerzas el crucifijo que Isabel apretaba mientras exhalaba su ultimísimo aliento. Siempre se le siguió llamando «Su Majestad», pues era su condición humana, la de ser «majestad». Y además, todos –menos las gentecillas de Cuacos– le tenían el respeto ganado.

Aunque no haya sido la única, ésta ha sido la más sonada abdicación de la historia de España. Felipe V abdicó en Luis I (1724), aunque la pronta muerte del hijo le hizo regresar al trono melancólicamente. Y en 1808 tuvieron lugar unos desconcertantes sucesos.

El 19 de marzo, ha escrito Feliciano Barrios, «la agónica luz de ese día [sería] la que contemplara la última jornada de normalidad institucional de la Monarquía española de su tiempo». En efecto, aquella tarde, al anochecer, Carlos IV abdicó en Fernando VII. Con ese suceso, con esa «revolución de marzo» –el Motín de Aranjuez– se alteró radicalmente un «sistema político fundamentado en la estabilidad del trono». Carlos IV, como otrora lo explicó Carlos V, renunciaba por «los achaques de que adolezco» que «no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos». Pero la situación de Carlos IV en nada se parecía a la de Carlos V. El decreto de abdicación –de 19 de marzo de 1808– se pudo leer con estupor o perplejidad por quienes accedieran a la «Gaceta de Madrid» del 25 de marzo. Pero con más perplejidad aún leerían la «Gaceta» del 13 de mayo: «Protesto y declaro que todo lo que manifiesto en mi decreto del 19 de marzo [...] fue forzado por precaver males mayores y la efusión de sangre de mis queridos vasallos»...

Malos tiempos les tocó vivir: la familia, por un lado; Napoleón, por el otro. En menos de dos semanas, demasiadas cortedades de miras, demasiadas ambiciones personales, ¡excesivos narcisismos!, iban a facilitar los terribles acontecimientos del 2 de mayo, cuando se abrió la mayor crisis de la Historia de España, cuyas consecuencias aún se discuten.

Hechas las salvedades oportunas, puede decirse que las transiciones de un reinado a otro se hacían con normal naturalidad. En cierto modo, el proceso había empezado tiempo atrás. En primer lugar, si el recién nacido era un primogénito, su bautizo –si es que llegaba hasta ese día- era un acontecimiento porque la sucesión dinástica estaba asegurada. Pasado un tiempo, llegaba el momento (en Castilla) de ser proclamado Príncipe de Asturias y jurado como tal por las Cortes. Cuando el rey había muerto, se alzaban pendones por el nuevo rey. Podía darse el caso de que en la ciudad en que residiera la Corte fuera el Consejo Real de Castilla el que cursara las órdenes de qué hacer; o sencillamente indicaba la conveniencia de que se hiciera algo, que lo dejaba a elección de los regidores de la ciudad en sesión municipal presidida por el Corregidor, que era el rector del Ayuntamiento, aunque eso sí, nombrado por el rey.

Por ejemplo, muerto el rey Felipe II en El Escorial, Felipe III se acercó a Madrid. En los Jerónimos asistió a las exequias por su padre, pero al mismo tiempo, se alzaron pendones por él. Hubo misa de difuntos correspondiente con el sermón del padre Torrones que fue mal visto porque no exaltó suficientemente al rey muerto (acaso un recurso retórico para no poner en entredicho la capacidad de hacer del nuevo rey), hubo de seguido un Te Deum y Felipe III se fue a Aranjuez. Luego, volvería a El Escorial, Madrid, Valencia... Allí contrajo matrimonio con Margarita de Austria y volvió hacia Madrid, pero ya casado y con reina.

La ciudad estaba plagada de arquitecturas efímeras, de arcos "con muy grandes pensamientos de pinturas"y otras "declaraciones", con figuras famosas, con lienzos de fábulas, con todo un programa iconográfico que a día de hoy necesitaríamos intérpretes de la mitología clásica para entenderlos, y que ellos... también, excepto los más cultivados. Pero el pueblo llano, la gente menuda, debía contemplar tanta máquina e invención obnubiladamente. La lectura de los textos de Juan López de Hoyos referidos a la entrada de Ana de Austria en el reinado anterior son apabullantes. En cualquier caso, admira sobre todo, la celeridad de la ejecución de tanta decoración de quita y pon (más de una vez se hundió un arco, se vino abajo un pasadizo, hubo calamidades, en fin).

De regreso de la boda de Valencia, Felipe III quiso vivir todo aquel despliegue y engalanamiento. La víspera de entrar en Madrid, se quedó a dormir en el "Cuarto del rey"de los Jerónimos, esto es, extramuros. Desde las nueve de la mañana de aquel domingo 27 de octubre de 1599, fueron a hacerle un besamanos la Corte entera, esto es, la aristocracia, las casas del rey y de la reina, los Consejos. Fueron sonados los colores de las libreas. Iban todos muy elegantes y con moda nueva, menos seca que la impuesta en tiempos del rey muerto. A eso de las once, salieron de allí, camino del Prado (del Paseo del Prado, del pastizal,... de los Jerónimos) y de sus fuentes, y se fue a almorzar a Palacio. Luego, se retiró a la casa de la marquesa del Valle, desde la que asistió discretamente a contemplar la entrada en Madrid de su esposa, que había esperado en los Jerónimos su turno. Entre desfiles, bailes, danzas, entregas de las llaves de la ciudad, cayó la noche. "Hoy lunes está el lugar alborotado lleno de danzas e invenciones. Al fin de la semana que viene habrá toros y juego de cañas"y se dará por terminado el recibimiento de Madrid, Villa y Corte, a los reyes.

Cuando murió, Felipe IV –su hijo y nuevo rey- se oyó tres misas consecutivas en los Jerónimos.

Por lo demás, cada ciudad, según el sentido común de cada residente del Ayuntamiento, procedía como mejor pudiera. En alguna ocasión, podía el municipio pedir a algún ilustrado vecino, un humanista, un fraile reconocido, o hasta a algún regidor con sensibilidad cultural, que describiera el suntuoso aparato con el que la ciudad daba la bienvenida a los nuevos reyes. O podía ser que algún ocioso escritor dedicara su tiempo y atención a redactar las páginas que esperara que quedaran para información de otros contemporáneos suyos que no hubieran tenido tiempo para llegarse a la Corte, o que lo quisiera dejar por escrito para gloria de la posteridad, o para recibir algún favor o merced.

Pero la Corte era diferente. Las reinas desposadas por poderes en sus lugares de origen con el rey de España, o con el Príncipe de Asturias, no entraban en la Corte si no era como reinas. La Corte de Carlos V era itinerante: se casaron en Sevilla. Felipe II (con quien todo cambió al aposentar la Corte en Madrid en 1561) fue a recibir a Isabel de Valois a Guadalajara (para ir aún a Toledo), a Ana de Austria a los Jerónimos que para eso están fuera de la ciudad; Felipe III a Margarita a Valencia; Felipe IV a Isabel a Navalcarnero, etc.

En la Corona de Aragón la fragmentación y la diversidad era mayor que en Castilla. Cuando Jerónimo de Blancas dedicó a Felipe el Prudente (texto en el que no se llama a Felipe II, ni Felipe II, ni Felipe I, sino "el Prudente") su Coronaciones de los serenísimos reyes de Aragón, le explicó con notoria claridad la carencia de norma protocolaria: "Reyes hubo que no lo hicieron [el coronarse], otros juraron primero [los fueros] que se coronasen, y muchos reyes reinaron sin ser jurados de sus súbditos, a lo menos con la solemnidad que después se ha hecho". Nacía el libro como una suerte de manual de la costumbre del juramento de los fueros, y del juramento al nuevo señor, necesario ante la inminente aceptación del siguiente Felipe, heredero. Nacía también el libro como una reivindicación de que "aunque este reino, tomando el tamaño de él, parezca un rinconcillo [...] tiene cosas particulares muy señaladas, notables y dignas de saberse [como son] la manera de proceder en las Cortes y estas de las coronaciones y juras".

A pesar de la diversidad de actos históricos, parecía ser que siempre habían predominado dos: los reyes prometían ante el Reino en Cortes, que guardarán las leyes y libertades de sus súbditos; luego, las Cortes juraban al nuevo rey. Por ese orden y no el inverso. "Vos, que sois iguales a nos..."se decía. Aunque Blancas lo acalla.

El caso es que Felipe I de Aragón fue proclamado en 1563, "fue servido en su primer ingreso [interprétese como su primer viaje con entrada en Zaragoza] de jurar de rey en la Seo de Zaragoza conforme al Fuero el día que entró en esta ciudad antes de ir a Monzón y después se concluyeron allá las Cortes".

Tal vez merezca la pena prestar atención a un hecho: la feliz entrada de Felipe V en Barcelona en 1701. Era costumbre que Barcelona recibiera por todo lo alto, con un sinfín de rituales simbólicos, a los reyes cuando iban allá. En el caso de Felipe V no iba a haber excepción. Se le recibió a los pies de la muralla y fue, como los otros reyes de la Casa de Austria, recorriendo la ciudad plagada de adornos y también de arquitecturas efímeras. Pérez Samper ha escrito "las fiestas barcelonesas en honor del primer Borbón fueron muy espléndidas". Caben destacarse los premios convocados por el Ayuntamiento a las fachadas mejor adornadas, o los monumentos temporales encargados por los gremios y por otros componentes de la ciudad, la mano diestra de felices decoradores que convertía la madera o la hoja de lata, en lapislázulis, o bronces; las siluetas de leones dominado al mundo, o el Hércules fundador de Barcelona, o el Almílcar que la engrandeció, representaban, como era propio de cualquier ciudad del barroco, un programa iconográfico trufado de alusiones a las virtudes del poder y del buen gobierno... recordando la grandeza de la ciudad que albergaba en ese momento a su rey. Parece ser que como en la plaza de San Francisco Felipe IV de Aragón iba a jurar los fueros de Barcelona, se levantó un gran tablado, con banderolas rojas y amarillas, y un estrado para los consellers, y en el centro un dosel, para el sillón del rey. "A lo largo de todo el recorrido"hacia la catedral, "el mensaje se repetía incesantemente uniendo al rey con la ciudad". El día de la entrada, el rey aunque ya estaba en Barcelona, salió de ella. Recibió las llaves no por el Conseller en cap como era costumbre, sino por el Gobernador de la Plaza. El cambio fue hecho a instancias del monarca. Luego mandó a los consellers que ante él, se cubrieran, lo cual fue respondido con alborozo y vítores, "amb molta alegría de tots, lo que publicaren los victors y viva Felip Rey de España". La procesión fue sonada. Llegaron a San Francisco. Felipe V juró guardar los privilegios de la ciudad. Se repitió el estridente alborozo. El rey, tan pronto como pudo, montó a caballo y siguió su ritual. Lástima que no se había enterado de que los gremios iban a desfilar ante él. Ahí se quedaron plantados. Pasó por la cárcel real, sin enterarse de que el griterío que le molestaba procedía de los presos que clamaban misericordia, aunque reaccionó a tiempo cumpliendo con la tradición y dejando en libertad a veinticuatro; llegó a la catedral, juró defender a la iglesia; hubo Te Deum; bajaron a orar ante las reliquias de santa Eulalia.

Al final de la tarde fue momento de la exhibición del rey durante la cena, porque la hizo en público y enmendó los agravios de los tratados con descortesía. Fue un día de símbolos y fiestas para recordarlo siempre..., pero fue –y nadie lo podía imaginar- la última vez que la ciudad tenía tanto protagonismo. Al parecer, desde entonces sólo habría "máscaras reales", como la que se rindió a Carlos III al desembarcar desde Nápoles entre el 18 y el 19 de octubre de 1759. Protagonizada por los gremios de la ciudad y las instituciones urbanas, se trató de una gran cabalgata, carrozas, músicas, bailes y fuegos de artificio acompañando a Júpier, Saturno y Neptuno.

En conclusión: ni en tiempos de los Austrias, ni de los primeros Borbones existió un protocolo específico de qué hacer para la proclamación de un rey. Cada momento (cinco con los Austrias y seis con los Borbones) se vivió de una manera diferente, por cuanto las circunstancias así lo dictaron.

Era tan natural el paso de un reinado a otro que lo más importante era el juramento de Príncipe de Asturias, o de príncipes herederos. Nada más morir el rey, ya había rey nuevo. No se necesitaban más formalidades porque desde la presentación del príncipe heredero se sabía en qué iba a consistir lo por venir. Si el rey iba a los Jerónimos a honrar la memoria de su padre, entraba como rey y salía como rey. No había oficio de coronación porque la Monarquía de España estaba compuesta por tantos y tan diversos territorios, que, o bien en una misma ceremonia se le imponían los signos de tal variedad de reinos, o si había que ir de uno a otro, nunca se acabaría porque una de las características de aquellas monarquías es la de la ausencia de los reyes, por razones obvias.

Fue haciéndose costumbre que uno de los primeros actos públicos de los nuevos reyes, pero no el primer acto público, fuera ir a los Jerónimos a celebrar unas exequias y oír un Te Deum. Si hubieran de hacer lo mismo en Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Flandes y Aragón, Valencia, Mallorca o Cataluña, ¿quién reinaría?

Parece claro, en fin, que había un lugar en Castilla, los Jerónimos de Madrid, o una simbología en la Corona de Aragón, que tendían a marcar una norma no registrada, no codificada que todos entendían. Pero eso no implica que no hubiera la solemnidad debida. La presencia del mundo de la Corte y de los servidores del rey (en el sentido lato, los que trabajaban para su Monarquía), la presencia de las autoridades urbanas, el mundo diplomático que se rendía y maravillaba ante la Monarquía de España, el pueblo que vitoreaban y disfrutaba ese día de la primera entrada real en el que se le agasajaba con monedas, tantas veces al grito de "¡Largueza, largueza!"(o con medidas excepcionales económicas o sociales; hoy los Reyes Magos echan caramelos desde las carrozas, aunque esto se va prohibiendo para evitar descalabros) y la Iglesia en ese doble juego de delicadísimos equilibrios que es el señuelo de las relaciones entre la Iglesia y la Monarquía; todo ello daba una solemnidad que no era "versallesca"ni nada semejante, sencillamente porque no se necesitaba.

De lo que nadie tenía dudas era de que con la misma rapidez con que se vestían los lutos por el rey muerto, se alzaban pendones por el nuevo rey puesto, y cuanto antes mejor, porque tan gran Monarquía no podía estar descabezada y que a Carlos V le sucedería Felipe y así sucesivamente, mientras no hubiera algún cataclismo.

Predominaba el sentido común.

Y en estas estamos, que no deja de tener su gracia que durante el bautismo del hijo de Carlos V e Isabel en Valladolid, cuando se anunció que la criatura llevaría en honor de su abuelo un nombre extrañísimo en Castilla, el de Felipe, en medio de la ceremonia saltó el Duque de Alba al grito de "¡Fernando, Fernando, ha de llamarse Fernando!", pues ese era el nombre español. Y quiere el destino que a gobernar el Sacro Imperio fuera un Fernando nacido en Alcalá de Henares, y que los territorios de la Monarquía de España los heredara un Felipe.

Y quieren las paradojas de la vida, que el Felipe V de Aragón, si es que lo hubiera (porque es rey de España), será proclamado rey... en 2014.

Malos tiempos les tocó vivir: la familia, por un lado; Napoleón, por el otro. En menos de dos semanas, demasiadas cortedades de miras, demasiadas ambiciones personales, ¡excesivos narcisismos!, iban a facilitar los terribles acontecimientos del 2 de mayo, cuando se abrió la mayor crisis de la historia de España, cuyas consecuencias aún se discuten.

Hechas las salvedades oportunas, puede decirse que las transiciones de un reinado a otro se hacían con normal naturalidad. En cierto modo, el proceso había empezado tiempo atrás. En primer lugar, si el recién nacido era un primogénito, su bautizo –si es que llegaba hasta ese día– era un acontecimiento porque la sucesión dinástica estaba asegurada. Pasado un tiempo, llegaba el momento (en Castilla) de ser proclamado Príncipe de Asturias y jurado como tal por las Cortes. Cuando el rey había muerto, se alzaban pendones por el nuevo rey. Podía darse el caso de que en la ciudad en que residiera la Corte fuera el Consejo Real de Castilla el que cursara las órdenes de qué hacer; o sencillamente indicaba la conveniencia de que se hiciera algo, que lo dejaba a elección de los regidores de la ciudad en sesión municipal presidida por el Corregidor, que era el rector del Ayuntamiento, aunque eso sí, nombrado por el rey.

Por ejemplo, muerto el rey Felipe II en El Escorial, Felipe III se acercó a Madrid. En los Jerónimos asistió a las exequias por su padre, pero al mismo tiempo, se alzaron pendones por él. Hubo misa de difuntos correspondiente con el sermón del padre Torrones que fue mal visto porque no exaltó suficientemente al rey muerto (acaso un recurso retórico para no poner en entredicho la capacidad de hacer del nuevo rey), hubo de seguido un Te Deum y Felipe III se fue a Aranjuez. Luego, volvería a El Escorial, Madrid, Valencia... Allí contrajo matrimonio con Margarita de Austria y volvió hacia Madrid, pero ya casado y con reina.

La ciudad estaba plagada de arquitecturas efímeras, de arcos «con muy grandes pensamientos de pinturas» y otras «declaraciones», con figuras famosas, con lienzos de fábulas, con todo un programa iconográfico que a día de hoy necesitaríamos intérpretes de la mitología clásica para entenderlos, y que ellos... también, excepto los más cultivados. Pero el pueblo llano, la gente menuda, debía contemplar tanta máquina e invención obnubiladamente. La lectura de los textos de Juan López de Hoyos referidos a la entrada de Ana de Austria en el reinado anterior son apabullantes. En cualquier caso, admira sobre todo, la celeridad de la ejecución de tanta decoración de quita y pon (más de una vez se hundió un arco, se vino abajo un pasadizo, hubo calamidades, en fin).

De regreso de la boda de Valencia, Felipe III quiso vivir todo aquel despliegue y engalanamiento. La víspera de entrar en Madrid, se quedó a dormir en el «Cuarto del rey» de los Jerónimos, esto es, extramuros. Desde las nueve de la mañana de aquel domingo 27 de octubre de 1599, fueron a hacerle un besamanos la Corte entera, esto es, la aristocracia, las casas del rey y de la reina, los Consejos. Fueron sonados los colores de las libreas. Iban todos muy elegantes y con moda nueva, menos seca que la impuesta en tiempos del rey muerto. A eso de las once, salieron de allí, camino del Prado (del Paseo del Prado, del pastizal,... de los Jerónimos) y de sus fuentes, y se fue a almorzar a Palacio. Luego, se retiró a la casa de la marquesa del Valle, desde la que asistió discretamente a contemplar la entrada en Madrid de su esposa, que había esperado en los Jerónimos su turno. Entre desfiles, bailes, danzas, entregas de las llaves de la ciudad, cayó la noche. «Hoy lunes está el lugar alborotado lleno de danzas e invenciones. Al fin de la semana que viene habrá toros y juego de cañas» y se dará por terminado el recibimiento de Madrid, Villa y Corte, a los reyes.

Cuando murió, Felipe IV –su hijo y nuevo rey- se oyeron tres misas consecutivas en los Jerónimos.

Por lo demás, cada ciudad, según el sentido común de cada residente del Ayuntamiento, procedía como mejor pudiera. En alguna ocasión, podía el municipio pedir a algún ilustrado vecino, un humanista, un fraile reconocido, o hasta a algún regidor con sensibilidad cultural, que describiera el suntuoso aparato con el que la ciudad daba la bienvenida a los nuevos reyes. O podía ser que algún ocioso escritor dedicara su tiempo y atención a redactar las páginas que esperara que quedaran para información de otros contemporáneos suyos que no hubieran tenido tiempo para llegarse a la Corte, o que lo quisiera dejar por escrito para gloria de la posteridad, o para recibir algún favor o merced.

Pero la Corte era diferente. Las reinas desposadas por poderes en sus lugares de origen con el rey de España, o con el Príncipe de Asturias, no entraban en la Corte si no era como reinas. La Corte de Carlos V era itinerante: se casaron en Sevilla. Felipe II (con quien todo cambió al aposentar la Corte en Madrid en 1561) fue a recibir a Isabel de Valois a Guadalajara (para ir aún a Toledo), a Ana de Austria a los Jerónimos que para eso están fuera de la ciudad; Felipe III a Margarita a Valencia; Felipe IV a Isabel a Navalcarnero, etc.

En la Corona de Aragón la fragmentación y la diversidad era mayor que en Castilla. Cuando Jerónimo de Blancas dedicó a Felipe el Prudente (texto en el que no se llama a Felipe II, ni Felipe II, ni Felipe I, sino «el Prudente») su Coronaciones de los serenísimos reyes de Aragón, le explicó con notoria claridad la carencia de norma protocolaria: «Reyes hubo que no lo hicieron [el coronarse], otros juraron primero [los fueros] que se coronasen, y muchos reyes reinaron sin ser jurados de sus súbditos, a lo menos con la solemnidad que después se ha hecho». Nacía el libro como una suerte de manual de la costumbre del juramento de los fueros, y del juramento al nuevo señor, necesario ante la inminente aceptación del siguiente Felipe, heredero. Nacía también el libro como una reivindicación de que «aunque este reino, tomando el tamaño de él, parezca un rinconcillo [...] tiene cosas particulares muy señaladas, notables y dignas de saberse [como son] la manera de proceder en las Cortes y estas de las coronaciones y juras».

A pesar de la diversidad de actos históricos, parecía ser que siempre habían predominado dos: los reyes prometían ante el Reino en Cortes, que guardarán las leyes y libertades de sus súbditos; luego, las Cortes juraban al nuevo rey. Por ese orden y no el inverso. «Vos, que sois iguales a nos...» se decía. Aunque Blancas lo acalla.

El caso es que Felipe I de Aragón fue proclamado en 1563, «fue servido en su primer ingreso [interprétese como su primer viaje con entrada en Zaragoza] de jurar de rey en la Seo de Zaragoza conforme al Fuero el día que entró en esta ciudad antes de ir a Monzón y después se concluyeron allá las Cortes».

Tal vez merezca la pena prestar atención a un hecho: la feliz entrada de Felipe V en Barcelona en 1701. Era costumbre que Barcelona recibiera por todo lo alto, con un sinfín de rituales simbólicos, a los reyes cuando iban allá. En el caso de Felipe V no iba a haber excepción. Se le recibió a los pies de la muralla y fue, como los otros reyes de la Casa de Austria, recorriendo la ciudad plagada de adornos y también de arquitecturas efímeras. Pérez Samper ha escrito «las fiestas barcelonesas en honor del primer Borbón fueron muy espléndidas». Caben destacarse los premios convocados por el Ayuntamiento a las fachadas mejor adornadas, o los monumentos temporales encargados por los gremios y por otros componentes de la ciudad, la mano diestra de felices decoradores que convertía la madera o la hoja de lata, en lapislázulis, o bronces; las siluetas de leones dominado al mundo, o el Hércules fundador de Barcelona, o el Almílcar que la engrandeció, representaban, como era propio de cualquier ciudad del barroco, un programa iconográfico trufado de alusiones a las virtudes del poder y del buen gobierno... recordando la grandeza de la ciudad que albergaba en ese momento a su rey. Parece ser que como en la plaza de San Francisco Felipe IV de Aragón iba a jurar los fueros de Barcelona, se levantó un gran tablado, con banderolas rojas y amarillas, y un estrado para los consellers, y en el centro un dosel, para el sillón del rey. «A lo largo de todo el recorrido» hacia la catedral, «el mensaje se repetía incesantemente uniendo al rey con la ciudad». El día de la entrada, el rey aunque ya estaba en Barcelona, salió de ella. Recibió las llaves no por el Conseller en cap como era costumbre, sino por el Gobernador de la Plaza. El cambio fue hecho a instancias del monarca. Luego mandó a los consellers que ante él, se cubrieran, lo cual fue respondido con alborozo y vítores, «amb molta alegría de tots, lo que publicaren los victors y viva Felip Rey de España». La procesión fue sonada. Llegaron a San Francisco. Felipe V juró guardar los privilegios de la ciudad. Se repitió el estridente alborozo. El rey, tan pronto como pudo, montó a caballo y siguió su ritual. Lástima que no se había enterado de que los gremios iban a desfilar ante él. Ahí se quedaron plantados. Pasó por la cárcel real, sin enterarse de que el griterío que le molestaba procedía de los presos que clamaban misericordia, aunque reaccionó a tiempo cumpliendo con la tradición y dejando en libertad a veinticuatro; llegó a la catedral, juró defender a la Iglesia; hubo Te Deum; bajaron a orar ante las reliquias de santa Eulalia.

Al final de la tarde fue momento de la exhibición del rey durante la cena, porque la hizo en público y enmendó los agravios de los tratados con descortesía. Fue un día de símbolos y fiestas para recordarlo siempre..., pero fue –y nadie lo podía imaginar– la última vez que la ciudad tenía tanto protagonismo. Al parecer, desde entonces sólo habría «máscaras reales», como la que se rindió a Carlos III al desembarcar desde Nápoles entre el 18 y el 19 de octubre de 1759. Protagonizada por los gremios de la ciudad y las instituciones urbanas, se trató de una gran cabalgata, carrozas, músicas, bailes y fuegos de artificio acompañando a Júpier, Saturno y Neptuno.

En conclusión: ni en tiempos de los Austrias, ni de los primeros Borbones existió un protocolo específico de qué hacer para la proclamación de un rey. Cada momento (cinco con los Austrias y seis con los Borbones) se vivió de una manera diferente, por cuanto las circunstancias así lo dictaron.

Era tan natural el paso de un reinado a otro que lo más importante era el juramento de Príncipe de Asturias, o de príncipes herederos. Nada más morir el rey, ya había rey nuevo. No se necesitaban más formalidades porque desde la presentación del príncipe heredero se sabía en qué iba a consistir lo por venir. Si el rey iba a los Jerónimos a honrar la memoria de su padre, entraba como rey y salía como rey. No había oficio de coronación porque la Monarquía de España estaba compuesta por tantos y tan diversos territorios, que, o bien en una misma ceremonia se le imponían los signos de tal variedad de reinos, o si había que ir de uno a otro, nunca se acabaría porque una de las características de aquellas monarquías es la de la ausencia de los reyes, por razones obvias.Fue haciéndose costumbre que uno de los primeros actos públicos de los nuevos reyes, pero no el primer acto público, fuera ir a los Jerónimos a celebrar unas exequias y oír un Te Deum. Si hubieran de hacer lo mismo en Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Flandes y Aragón, Valencia, Mallorca o Cataluña, ¿quién reinaría? Parece claro, en fin, que había un lugar en Castilla, los Jerónimos de Madrid, o una simbología en la Corona de Aragón, que tendían a marcar una norma no registrada, no codificada que todos entendían. Pero eso no implica que no hubiera la solemnidad debida. La presencia del mundo de la Corte y de los servidores del rey (en el sentido lato, los que trabajaban para su Monarquía), la presencia de las autoridades urbanas, el mundo diplomático que se rendía y maravillaba ante la Monarquía de España, el pueblo que vitoreaban y disfrutaba ese día de la primera entrada real en el que se le agasajaba con monedas, tantas veces al grito de «¡Largueza, largueza!» (o con medidas excepcionales económicas o sociales; hoy los Reyes Magos echan caramelos desde las carrozas, aunque esto se va prohibiendo para evitar descalabros) y la Iglesia en ese doble juego de delicadísimos equilibrios que es el señuelo de las relaciones entre la Iglesia y la Monarquía; todo ello daba una solemnidad que no era «versallesca» ni nada semejante, sencillamente porque no se necesitaba.

De lo que nadie tenía dudas era de que con la misma rapidez con que se vestían los lutos por el rey muerto, se alzaban pendones por el nuevo rey puesto, y cuanto antes mejor, porque tan gran Monarquía no podía estar descabezada y que a Carlos V le sucedería Felipe y así sucesivamente, mientras no hubiera algún cataclismo. Predominaba el sentido común.

Y en estas estamos, que no deja de tener su gracia que durante el bautismo del hijo de Carlos V e Isabel en Valladolid, cuando se anunció que la criatura llevaría en honor de su abuelo un nombre extrañísimo en Castilla, el de Felipe, en medio de la ceremonia saltó el Duque de Alba al grito de «¡Fernando, Fernando, ha de llamarse Fernando!», pues ese era el nombre español. Y quiere el destino que a gobernar el Sacro Imperio fuera un Fernando nacido en Alcalá de Henares, y que los territorios de la Monarquía de España los heredara un Felipe.