Sin camarilla, con amigos de siempre

El Príncipe tiene muy arraigado el valor de la amistad. Y, además, ha tenido suerte al rodearse de amigos, apenas conocidos, que le han demostrado lealtad y una singular capacidad de discreción.

Don Felipe ha acumulado amigos de verdad a lo largo de su vida. En la imagen, durante un viaje de esquí en Colorado (EE UU) en 1997, en el que estaban, entre otros, Mónica Sánchez Navarro, Álvaro Fúster y Ricky Fúster
Don Felipe ha acumulado amigos de verdad a lo largo de su vida. En la imagen, durante un viaje de esquí en Colorado (EE UU) en 1997, en el que estaban, entre otros, Mónica Sánchez Navarro, Álvaro Fúster y Ricky Fúster

¿Tiene amigos el Príncipe? ¿Son muchos? ¿Qué tipo de personas forman ese círculo privilegiado? ¿Y cuál es el balance de esas relaciones en estos 45 años de su vida?

Felipe de Borbón, no solamente puede hablar de amigos, como todo el mundo, sino que tiene muchos y además muy variados. Los ha ido acumulando, por así decirlo, en todas y cada una de las etapas y vicisitudes de su vida. En todas sin excepción. Y los ha mantenido. Con lo que ha demostrado dos cosas: una clara facilidad para conseguirlos y que, más aún, le gusta conservarlos en el tiempo. Él mismo ha comentado en más de una ocasión que da gran valor a la amistad y que para él es una condición muy importante.

Pero se puede añadir algo más: que ha tenido suerte con ellos. O, para ser más preciso, que ha acertado a la hora de rodearse de amigos. Hoy por hoy no existe una camarilla del Príncipe.

¿Por qué ha acertado? Porque, en todos estos años, las amistades del Príncipe han demostrado una singular capacidad de discreción. Imprescindible en esa singular relación. Tanto que, por un lado, apenas son conocidos del gran público, y, por otro, han acreditado una evidente fidelidad: no ha habido indiscreciones relevantes, ninguno de ellos se ha ido de la lengua y, lo que aún es más difícil, no se han filtrado imágenes y fotografías íntimas. Que las ha habido. Y las hay.

Cierto es que todos ellos han entendido de entrada, y asumido con todas las consecuencias, esa regla básica de su relación con el Príncipe, la discreción. Y cuando, en alguna ocasión aislada, uno no ha correspondido a la confianza depositada en él, inmediatamente, de forma tajante, ha quedado excluido: ha dejado de ser amigo del heredero.

Felipe de Borbón ha acumulado amigos, amigos de verdad, por todas partes por donde ha pasado. Los empezó a conseguir desde que era pequeño y después los ha ido sumando. Y por eso los tiene para todos los gustos. Con esa particularidad de que los ha conservado, de una manera o de otra.

Lo cierto es que desde el principio se sintió libre para elegir las amistades, que además fueron surgiendo con naturalidad, sin condiciones preconcebidas. «Yo no voy por ahí seleccionando amigos, eso surge sin proponérselo uno», ha llegado a decir. Y así es como ha ocurrido.

Un primer círculo lo constituyó el reducido círculo de sus primos, los hijos de los reyes de Grecia, y de los hijos de Simeón de Bulgaria. Pero el grupo más numeroso de amigos procede de los compañeros con los que convivió en el colegio Rosales, donde permaneció una docena de años. En general, son apellidos relativamente conocidos, de familias de la alta burguesía, profesionales liberales, etc. Amistades compartidas también con sus hermanas, las infantas Elena y Cristina, que igualmente cursaron estudios en Rosales.

Es el colectivo con el que más se reúne. Acude a las fiestas que organizan, se presenta en las bodas de unos y otros y hasta en los bautizos de los hijos. Sin excluir, por supuesto, los funerales cuando llegan.

El año que residió en el colegio Lakefield, en Canadá, cursando el año previo a las academias militares, hizo un par de amigos, con los que sigue en relación, y que por eso mismo fueron invitados a su boda en Madrid y asistieron a ella.

Del paso por las academias han quedado firmes vínculos con bastantes de sus compañeros de armas, de los tres ejércitos, ahora con grado de tenientes coroneles. Con ellos vuelve a encontrarse de vez en cuando, pero sobre todo en ejercicios militares y maniobras a las que, como heredero, acude frecuentemente.

Igualmente del tránsito por las aulas de la Universidad Autónoma proceden unos cuantos más de sus amigos. Con ellos estudió entonces en sus casas, intercambió apuntes y preparó exámenes, y el contacto ha continuado.

Y lo mismo ocurrió con los otros dos integrantes del equipo de vela, con los que participó en los Juegos de Barcelona de 1992, en la clase «soling». Si la vela ha sido el deporte predilecto del heredero, aquellos duros entrenamientos durante largos meses y la propia participación en los Juegos ha dejado una intensa camaradería con ellos que pervive hasta hoy.

Es sabido que la princesa Letizia mantiene un reducido grupo de amigas, con las que se ve en ocasiones, y que le acompañan en algunos de esos discretos viajes fuera de España sin su marido. De igual forma, el Príncipe acude en ocasiones en solitario a encuentros con el círculo más íntimo de sus amigos, esos que nacieron en el colegio Rosales.

No obstante, la realidad actual es que les ve menos. Su nueva situación, de casado, y ahora con dos hijas, le ocupa más tiempo. El Príncipe se ha tomado en serio su condición de padre de familia y, encima, es un padrazo.