Un megáfono para despertar conciencias

Jaume Vives se ha propuesto «hermanar a los pueblos de España» desde su balcón de la calle Balmes, que ya se ha convertido en un símbolo de la «resistencia catalana» con Manolo Escobar como himno.

El periodista Jaume Vives posa con su megáfono, que ya se ha convertido en el mejor «arma» para combatir con humor los tópicos de los independentistas
El periodista Jaume Vives posa con su megáfono, que ya se ha convertido en el mejor «arma» para combatir con humor los tópicos de los independentistas

Jaume Vives se ha propuesto «hermanar a los pueblos de España» desde su balcón de la calle Balmes, que ya se ha convertido en un símbolo de la «resistencia catalana» con Manolo Escobar como himno.

i la risa es la distancia más corta entre dos personas, como dice el dramartugo y político irlandés George Bernard Shaw, quizás, inyectando grandes dosis de humor a la crisis catalana se logra desescalar la tensión política y social. Eso piensa el periodista Jaume Vives que ha puesto en marcha un experimento para restaurar a través del humor puentes de diálogo, tras comprobar con tristeza que el debate racional «es imposible porque hay dos frentes muy fanatizados». El lunes presentarán una campaña en las redes sociales, «resistenciacatalana.es», con la que pretende «hermanar a los pueblos de España, llenándolos de senyeres y rompiendo tópicos, como el de “España nos roba”, desde un punto de vista simpático».

Todo empezó con la macrooperación de la Guardia Civil que acabó con 14 altos cargos de la Generalitat detenidos por la organización de un referéndum ilegal. La ANC y Òmnium convocaron caceroladas a las diez de la noche para reivindicar la celebración de la consulta. Y Vives y su familia, a los que la idea de una Cataluña independiente no les gusta, respondieron con música, rumbas de Peret, el «Viva España» de Manolo Escobar, La Santa Espina, incluso, el himno de la Guardia Civil, cuando, tras las cargas policiales del 1-O, fue expulsada de un hotel de Calella. En el balcón de su casa, con un megáfono y unos altavoces que utilizó un año antes para grabar un documental sobre los cristianos perseguidos en Irak, arrancó lo que bautizaron «la contrarrevolución de las sonrisas». Lo que pasó fue que unos vecinos salieron también al balcón para seguir con sus linternas el ritmo de la música, una manera de reivindicar su rechazo a la independencia, y otros le llenaron el buzón con «estelades». Mientras, su balcón, en lo alto de la calle Balmes, en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi, el más pijo de la ciudad, se fue llenando de gente. Que la renta per cápita de Sarrià-Sant Gervasi triplica la de Nou Barris es un dato a tener en cuenta para esbozar media sonrisa cuando Vives ironiza sobre el discurso victimista de «los independentistas perseguidos en un barrio donde no nos falta de nada».

Una noche, el repicar de las cacerolas cesó. Y Vives con más gracia que que mala gaita cogió el megáfono y proclamó «la reconquista de los constitucionalistas de un rincón de la Zona Alta de Barcelona». Venido arriba, contó a su vencindario que además de catalán, se siente español. Incluso, regañó al vecino que le llenó el buzón con «estelades». Siempre con buenas palabras porque en su balcón «están prohibidos los insultos». Y no pasó nada, más allá de que un vecino pidiera que se fuera a la cama.

Vives rompió silencio días antes de que 350.000 personas desbordaran el centro de Barcelona bajo el lema «¡Basta, recuperemos el sentido común!», una manifestación con la que querían reivindicar la unidad de España y pedir a Carles Puigdemont que frenara la declaración unilateral de independencia. «Llevamos muchos años callados, sin levantar la voz ante unos medios de comunicación públicos y un sistema educativo que han logrado sembrar la semilla del odio hacia todo lo español y fracturar la sociedad». Para Vives, 25 años y licenciado en Políticas y Periodismo, el adoctrinamiento es «evidente». «En los colegios se nos ha hecho creer que España es nuestra enemiga, cuando el enemigo siempre ha sido Francia, mientras que el soberanismo ha prometido a los catalanes que la independencia los hará libres y felices». «Pero Puigdemont ha ido demasiado lejos, no sólo ha fracturado la sociedad, se ha cargado también nuestra patria, eso que decía que era suyo, y deberá asumir responsabilidades por ello», denuncia. «Ha conseguido que reaccionemos, pero quizás llegamos tarde, la llama está prendida y el fuego se puede descontrolar o no según sople el viento» avisa Vives que considera a Puigdemont, Trapero y a los líderes de la ANC y Òmnium «unos traidores de nuestra patria». «Por encima de todo está la paz de un pueblo», traslada a los políticos de uno y otro lado para que reflexionen antes de decidir uno u otro desenlace. «El único diálogo es asumir responsabilidades», traslada a Puigdemont.

Aunque la actuación de Vives, que sus amigos grabaron y se hizo viral, se llame la «contrarrevolución de las sonrisas», lo cierto es que la situación se ha tensado tanto que no todos ríen cuando se muestra preocupado porque con tanta cacerolada, los soberanistas llevan dos semanas sin comer un plato tan catalán como «los fideos a la cassola». Que se lo digan a Marta de la Cuesta, catalana, ex alumna del Liceo Francés, que ha decidido irse a Madrid porque «el ambiente es irrespirable», hasta el punto que cuando lo comentó por Facebook le dijeron: «Felicidades, una tarada menos». Y sólo por no comulgar con los nacionalismos. Durante las caceroladas, explotó. «Empecé a ponerles Julio Iglesias y acabé con el himno de España», sólo que ella vive en el Baix Guinardó, «y a los vecinos no les gustó mucho». Tampoco les debió gustar que ofreciera su casa para alojar a los policías de la Guardia Civil expulsados de los hoteles tras los hechos del 1-O. «Lo pasé muy mal con los hostigamientos a la policía, lloré mucho, también cuando los expulsaron de los hoteles, porque sin ellos estamos solos frente al odio de los nacionalistas. Me da igual si me insultan, no me voy a callar, los no nacionalistas sentimos angustia, pena y miedo», cuenta desahogándose.

Para De la Cuesta «el procés sólo es odio y fraude, y los nacionalismos, intolerancia y xenofobia». Y como muestra habla de la multitudinaria manifestación a favor de la unidad de España, que los soberanistas menoscaban cuando «niegan que hubiera catalanes y que si hubo alguno era de la falange». «Me impresiona la ceguera independentista», admite con tristeza. Para De la Cuesta el referéndum fue una botifarrada con urnas». Su análisis es que los independentistas «llevan años en la calle y siguen siendo los mismos que cuando empezaron». Dice que entiende que «dé rabia este fracaso, pero no pueden secuestrar a los que pasamos de la independencia. A ver si se enteran: no queremos saber nada de vuestras derias. Dejadnos en paz de una vez y no nos violentéis más».