Y ahora huelga general

Puigdemont se siente fuerte, pero debe medir muy bien sus pasos. La CUP le presiona para continuar la movilización y el propio Junqueras, con la ANC y Òmnium, se ha reunido con UGT y CC OO para el paro del próximo día 3.

Puigdemont se siente fuerte, pero debe medir muy bien sus pasos. La CUP le presiona para continuar la movilización y el propio Junqueras, con la ANC y Òmnium, se ha reunido con UGT y CC OO para el paro del próximo día 3.

Los catalanes que ansían que Cataluña sea una República, hoy mejor que mañana, siguieron la consigna del Gobierno de la Generalitat y los partidos que le dan apoyo, con la inestimable ayuda de Ada Colau y sus Comunes, y se lanzaron a la calle «para ser libres». Le dieron la épica al relato de Carles Puigdemont. Fuera de la calle, en su casa, miles y miles de catalanes veían con estupor como la sociedad catalana se agrietaba de forma exponencial.

El Govern no ocultaba su satisfacción. Miles de personas salieron a la calle siguiendo su llamamiento justificando así su referéndum ilegal, y las cargas policiales, siguiendo las instrucciones de la juez del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, se convirtieron en su mejor coartada. La desobediencia por convocar un referéndum ilegal y las chapuzas de organización, que lo devaluaron varios enteros como una consulta con garantías, pasaron en pocas horas al inframundo mediático para dejar todo el protagonismo a la gran coartada que Puigdemont y los suyos tenían preparada: la represión. La reunión con la CUP de la noche del sábado había dado sus frutos. Los enfrentamientos con la policía no los protagonizaban jóvenes activistas organizados vestidos de negro, armados con cócteles molotov, bien conocedores de las tácticas de guerrilla urbana, ni militantes hiperventilados de la CUP. Los que plantaron cara a la policía fueron ciudadanos de a pie, de todas las edades, que expresaban su voluntad de votar, con la inestimable ayuda de los Mossos . El aparato de propaganda se encargó del resto. Las imágenes violentas fueron pasadas una y otra vez por TV3 para hablar de represión. De hecho, cuando comparecía la vicepresidenta, Soraya Saénz de Santamaría, el titular que se veía en pantalla era «votaciones frente la represión». Para el independentismo, Puigdemont lograba la victoria del día, sin acabar la pseudo jornada electoral, apareciendo como un líder demócrata sometido a la represión fascista –en palabras del diputado de ERC Gabriel Rufián– del Estado español. La desobediencia del Gobierno catalán quedó desdibujada en la opinión publicada y la ficción soberanista de que saltarse la ley no es delito quedó relegada al ostracismo en los medios de comunicación y en la retina de miles de catalanes. Con esta situación, el resultado era lo de menos. El gobierno reconocía con la boca pequeña que la consulta no era un referéndum. También conocían los vídeos que circulaban en las redes sociales, con ciudadanos votando en grupo en la calle o colegios sin censo que daban fe del voto a mano. Sin embargo, continuaron dando patina de realidad a la ficción. Al final, el encargado, el portavoz Jordi Turull, que afirmaba sin rubor que «el 93% de los colegios estaban abiertos». Sin embargo, eso no era lo sustancial. Lo importante era recalcar los «337 heridos» por «la represión». Poco después, el Departamento de Salud cifró los heridos en 90, uno de ellos grave. La cifra de 337 correspondía a los atendidos por los servicios de emergencia.

Puestos en materia, el Govern mantenía la ficción anunciando el triunfo del Sí de forma apabullante, porque eso era lo fijado en el guion independentista. Ahora tocaba decir que «las urnas han ganado a las porras», como dijo eufórico un dirigente independentista. Era su «gran coartada», ante un referéndum de romería.

Envueltos en la bandera del victimismo, porque las cargas policiales «justifican la victoria en las urna», el independentismo debate sus primeros pasos. Raúl Romeva, en Bruselas, lo dijo claro la pasada semana «si gana el Sí, independencia a las 48 horas». Por tanto, el siguiente paso será la Declaración Unilateral de Independencia acompañada por «la apertura de negociaciones con España y la UE».

Puigdemont se siente fuerte. Su desobediencia le ha salido gratis. Debe medir muy bien el siguiente paso, pero lo dará. Sabe que no puede parar, porque la CUP y los más radicales le presionen. Anna Gabriel, la líder de los antisistema, ha advertido que «la movilización no debe terminar aquí, que este ejercicio de empoderamiento popular y autoorganización no se disuelva», y ha marcado el día 3 como fecha de la huelga general –amparada por la convocatoria de diferentes sindicatos desde el 2 al 13 de octubre– porque «estos embriones de defensa de la democracia son embriones privilegiados para preparar esta huelga general que debe ser masiva».

También Junqueras parece sumarse a esta opción y se ha reunido junto a ANC y Òmnium con UGT y CC OO en la sede de este último para sumarse a la huelga general. Puigdemont no está en contra de este movimiento, pero valora la reacción del ejecutivo de Rajoy que no se limitará a cargas policiales siguiendo mandato judicial. El Gobierno si aumenta el desafío no tendrá más remedio que actuar con contundencia suspendiendo la autonomía con el 155. Y eso implica inhabilitaciones, juicios y detenciones. Y, sobre todo, la convocatoria de unas elecciones en Cataluña, que Puigdemont puede que no convoque.