El pozo de nuestras miserias

La periodista reflexiona sobre el morbo mediático en la tragedia del pequeño Julen

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    Los padres de Julen
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Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

27 de enero de 2019. 09:45h

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Rebeca Argudo Madrid. 27/1/2019

Como snob contraproducente que soy, no tengo tele en casa. Veo películas y series en Netflix y Filmin, leo la prensa diaria, escucho la radio y tengo amigos majísimos que, si se ha emitido algo que no me tengo que perder de ninguna de las maneras, me lo hacen llegar como sea. Y, en ocasiones como esta, me reafirmo en mi postura outsider. Soy así de rarita, qué le vamos a hacer.

Pero, estos días, ni siquiera este cortafuegos mío me ha servido para mantenerme al margen de lo más miserable de esta profesión. Aferrada a mi café con leche con las dos manos, como si aflojar lo más mínimo la presión que ejerzo sobre la taza supusiese una irremediable caída al vacío, escucho sin dar crédito lo que me cuenta una amiga. Conexiones en directo, programas especiales, cambios en las parrillas de programación, entrevistas con cualquiera que pase por allí, titulares sensacionalistas... ¿El padre de Mariluz? ¿Pero qué me estás contando?

Esa es la descripción que ella me hace de la parte que yo me pierdo, la televisada. Pero a la que yo tengo acceso no es menos desoladora. Streaming de la operación como si fuera la final de la Super bowl, actualizaciones constantes de los avances en las ediciones digitales, descripción con gráficos incluidos (e inclusivos) de la complejidad del dispositivo.

Y no soy la única que ha sido incapaz de escapar del ruido mediático, pese a intentarlo con todas mis fuerzas. Os habréis dado cuenta de que en ningún momento he contado a qué suceso reciente me estoy refiriendo, pero todos me habéis entendido. Todos sabéis exactamente de qué estamos hablamos. Como esa canción que jamás hemos elegido escuchar pero de la cual nos sabemos la letra de cabo a rabo (sí, estoy hablando del “Bailar pegados” de Sergio Dalma). Todos, hayamos querido o no, hemos estado al tanto a tiempo real de lo que ocurría en Totalán. Todos podíamos musitar la triste letra al compás de la melodía.

Lo más mezquino, de todos modos, no ha sido el impúdico despliegue mediático, la lluvia constante de detalles innecesarios y morbosos. No ha sido la despiadada guerra de las audiencias. Eso es algo que ya, desgraciadamente, no nos sorprende a nadie. Lo más lamentable ha sido la falta de escrúpulos a la hora de manejar algo tan sensible como es la esperanza del desolado. El especial esfuerzo que se ha puesto en mantener esa esperanza, incluso cuando ya era flagrante que no existía posibilidad alguna de un feliz desenlace, ha sido de una obscenidad tal que sonrojaría al más desalmado. Todo ha sido válido y legítimo para no perder un solo espectador. En la sociedad de la prisa era necesario mantener pendiente y entretenido al adicto al sufrimiento ajeno, pero sin desvelar el final. Como si de un niño hiperactivo se tratase, era imprescindible que no perdiese el interés y se volatilizase. Que no pasase al siguiente drama. Rápido. Estamos cerca. Son las últimas 24 horas. Las últimas últimas. Las definitivamente últimas. Falta poco. No te despistes. Mira aquí o te lo perderás. Que me mires, te digo.

Afortunadamente, no todos los medios se han comportado igual. Algunos han sido capaces de dar ejemplo de lo que es un ejercicio honesto, serio y respetuoso del periodismo. Lástima que, como en todo, sean otros los que más ruido hacen.

Pero no nos engañemos. Como consumidores de información que somos, tenemos también una responsabilidad en esto y no podemos mirar hacia otro lado. Somos actores de esta obra, cooperadores necesarios de este triste espectáculo. Somos los que alimentamos al monstruo con la esperanza de ser devorados los últimos. Somos, desde la comodidad de nuestro hogar, la señora que llora con una pancarta en la mano ante la cámara, el tipo que se golpea el pecho esperando un milagro, el afectado que eleva una oración, los incansables e impúdicos bienintencionados que aparecen como setas al cobijo de cualquier hecho dramático. Somos el batallón insensato que profiere improperios a las puertas de un juzgado de guardia al paso del furgón policial rellenito de delincuentes. Somos los que apuntalan la carpa de este circo inmundo.

Y todo esto sin llegar siquiera a hablar de las redes sociales, ese territorio comanche donde todo vale. Ese páramo yermo donde cualquiera se puede elevar a sí mismo a la categoría de referente moral, el lugar inhóspito donde, la misma persona que llora desconsolada por un niño al que no conoce de nada, es capaz de amenazar de muerte y quedarse tan pichi a cualquiera que ose decir algo que no sea de su agrado. Buenísimas personas que, ahora elevan una oración por el descanso del alma de un inocente, ahora te mentan a la madre. La bipolaridad y la psicosis en bata y zapatillas de andar por casa.

Y frente a esto, el esfuerzo incansable de unos hombres buenos que han dado lo mejor de sí mismos aún sabiendo como sabían el final que les esperaba. La solidaridad de las buenas personas. Sin necesidad de alardes ni protagonismo.

Porque las tragedias sacan a la luz lo mejor del ser humano.

Pero también, y lamentablemente, lo peor.

Y acabamos de verlo.

Qué bochorno.

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