Gastronomía

¿Qué película ver este fin de semana? La Vida Padre, de Karra Elejalde

Llega hoy a los cines, pero antes del estreno hablamos con el protagonista y nos confirmo que “cuando cocino, pierdo el apetito sólo por la responsabilidad que siento al dar de comer”

Karra Elejalde en La Vida Padre
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Se encuentra en su salsa entre cocineros. Sobre todo, porque se defiende entre fogones y no es que sea habitual, pero sí conoce la cocina numerosos grandes, como los Arzak, Martin Berasategui y Karlos Arguiñano: “He tenido la suerte de vivir en la milla de oro de las estrellas Michelin”, dice horas antes del estreno de “La vida padre”, la comedia de Joaquín Mazón escrita por Joaquín Oristrell, que se estrena el viernes: “Ellos no lo sabían, pero cuando me llegó el guión, me pareció que la historia era cercana a mí y quise participar en el filme”, continúa quien ya se ha metido en casa del espectador de a pie al protagonizar los spots de la Gula del Norte y de Campofrío. Sin embargo, pocos recuerdan que fue pionero en participar en un programa gastronómico de televisión, llamado “SOS Alimentos, Karra al rescate” en el que recorría el país dispuesto a rescatar aquellos alimentos en peligro de extinción en el que participaron María José San Román, Ricard Camarena y Diego del Río. Con la ría de Bilbao a sus espaldas, nos cuenta que hasta los 14 vivió en Guipúzcoa para trasladarse hasta los 40 a Vitoria. En la película, un homenaje a Bilbao, interpreta a un cocinero (Juan Ichausti), que pierde la memoria tras un aparatoso incidente, en el que tiene mucha culpa una travesura de su hijo Mikel, quien, una noche de 1990 en el Rey iba a cenar, puso unas ranas en los platos. La travesura acabó en tragedia, ya que se tira a la ría y desaparece. Después de 30 años, reaparece amnésico cuando Mikel ya es un prestigioso chef con dos brillos de la biblia roja. Y, hablando de gamberradas, Karra nos cuenta la suya: “Un día, llegó mi madre con un montón de almejas. Tenía en el cajón un collar de perlas, de Majórica, y no se me ocurrió otra cosa que, con unas pinzas, ir inoculando una perla en cada almeja. Mi madre las sirvió esa noche en una cena y, al darse cuenta, subió diciendo que alguien había llamado a los periodistas, porque los comensales habían encontrado perlas. Al final, mi madre se quedó sin perlas, los platos no los pudo cobrar y en los que se quedaron en casa, la almeja se quedó gris, así que no se podía vender. Fue terrible”.

Lo cierto es que la trama la lleva en el adn, ya que Karra creció en el restaurante de sus padres en el que ya trabajaba de niño para ganarse un dinero hasta que su “ama” montó una pescadería. Así que no, no le ha resultado complicado bordar el papel: “A los nueve años mi madre ya me puso a pelar cebollas, mientras ella preparaba la salsa de la tinta de los chipirones. Aprendí el oficio cocinando, porque se preocupó en enseñarme. No hay nada como la práctica, que supera con creces a la teoría. No es lo mismo estudiar las recetas de un cocinero que hacerlas con él durante seis meses. Por eso, para mí no ha sido tan difícil meterme en el papel, porque la parte de cocina tradicional, el hacer un buen chuletón, es más llevadero”, explica. Enric, en la piel de Mikel, ya lo tiene, según sus palabras, más complicado, que elabora las esferificaciones y es capaz de colocar brotecitos con unas pinzas en un producto mínimo gracias a las lecciones de Diego Guerrero: “Mi ama estudió en Francia cocina, pero tiene 93 años y ha perdido la memoria. Enric, sin embargo, tiene en mente recopilar las recetas tradicionales del Ampurdán de la suya. Ha sido mágico”. A la pregunta de si la película refleja la dureza del oficio, afirma que, “por supuesto y se refleja en la escena en la que una noche de 1990 el Rey va a cenar, pero ésta acaba en una tragedia, porque mi hijo Mikel pone ranas en los platos y por culpa de la travesura me tiro a la ría. También, en la enorme crisis de creatividad que sufre cuando reaparezco con amnesia y necesita de una de mis recetas para conseguir la tercera estrella. La moraleja es que todo cocinero debe partir de la tradición, de sus raíces, para evolucionar”.

Reconoce tener una relación de amor-odio con la cocina, porque de niño, en vez de jugar, tenía que pelar patatas. “A día de hoy, he olvidado aquella infancia jodida y me gusta cocinar. Tampoco quería ser actor, me gusta pintar y, de hecho, lo sigo haciendo en mi tiempo libre. Lo que sí tenía claro es que jamás hubiera sido cocinero profesional”. Como no podía ser de otra manera, el último restaurante en el que ha disfrutado ha sido en Dstage: “Siento placer al comer y una responsabilidad al cocinar, porque para mí es un acto de generosidad. Tenemos un txoko en Molins de Rei y cuando cocino pierdo el apetito sólo por la presión y la responsabilidad que siento por dar de comer”. ¿Su plato favorito? Unas cocochas al pil pil, con su ajo, perejil y guindilla, almejas a la plancha, lomo de merluza en salsa koskera. y cuatro gambas: “Es un plato magistral, que en un restaurante de Vitoria llaman “merluza karramarro. Karra viene de karramarro, que es el cangrejo de mar”.