Los sábados de Lomana: “Los españoles están atenazados por el miedo y éste paraliza"

Carmen Lomana
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Mes y medio confinada y veo la vida, mejor dicho, la naturaleza pasar a través de una ventana. Cuando empezamos esta pesadilla todavía era invierno. Los árboles de mi calle solo mostraban su ramas vacías. Ahora están en pleno esplendor de primavera, ese momento en el que las hojas tienen un precioso y brillante color, aún más ahora que mi ciudad no tiene rastro de contaminación, es una ciudad fantasma, como si la hubiese arrasado la bomba de neutrones dejando a su paso solamente edificios, pero tremendamente apacible con un punto surrealista y romántico.

Estamos invadidos por la naturaleza, los pájaros cantan con un entusiasmo desconocido en las grandes ciudades sin que el ruido ensombrezca sus trinos. Parece que nos estén llamando, buscando. Salgo a la ventana y hablo con ellos, cuando escuchan mi voz callan unos segundos para empezar de nuevo si cabe con más entusiasmo. Bajo un día a la farmacia y aprovecho para contemplar mi calle vacía... Nunca había visto tantos gatos tumbados felices al sol, en realidad, nunca había visto gatos en mi calle, ¿o quizá no me había fijado? Tampoco veo vecinos, pues delante de mi casa hay un enorme edificio de oficinas, salir al balcón para aplaudir es algo desolador, ya que soy la única y solo escucho el eco de mis aplausos. En este barrio o la gente es poco dada a este tipo de demostraciones, quizá por snobismo, o definitivamente han perdido el entusiasmo. Me he enterado de que hay un joven que al atardecer toca el violín para regocijo de los que abren las ventanas y resulta maravilloso. Una tarde me escapo y voy a escucharlo escondida en alguna esquina. Está a una calle de mi casa.

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Hemos perdido hasta nuestros derechos civiles para dar un paseo y cada día que pasa me voy acostumbrando a ser una absurda ciudadana confinada por un Gobierno de botarates que nos van a volver locos con sus mentiras y contradicciones, queriendo aprovechar esta terrible desgracia del Covid-19 para quitarnos también el derecho a la información; adoran la censura, aborrecen todo lo que sea transparencia, todo lo que no sea dorarles la píldora. A los medios libres e independientes, mordaza. Esa es su máxima ilusión. 47 millones de ciudadanos confinados en sus casas controlando desde el Gobierno la información. Volviéndonos cada día más imbéciles, porque la mayoría de los españoles están atenazados por el miedo y éste paraliza. Me recuerda esta apocalipsis al ‘Gran Hermano’ de Orwell controlándonos a todos desde un ojo que todo lo ve y controla. Este ojo es Whatssap, internet, el móvil... Ya lo tenemos aquí “el Gran Controlador”.

Si se preguntan a qué aspiran los seres humanos, creo que la respuesta es fácil; siempre han querido saltarse las normas de la naturaleza, con su enorme afán de dominarla, de ser el rey de la Creación, pero este rey vanidoso ha recibido una lección de humildad porque por muy importantes que nos creamos, nunca controlaremos a la naturaleza. Un insignificante, minúsculo bichito nos ha jugado una mala pasada, nos ha descolocado, un virus que para subsistir necesita ser okupa de nuestras células, pero del que todavía nadie sabe nada a ciencia cierta. El tema del cambio climático tenía una solución fácil: parar. Pero cuando esto termine estoy segura de que casi nada cambiará, quizá replantearnos cambiar la forma de vida: quitarnos la hipoteca, cambiar de casa e irnos a vivir a un sitio tranquilo. No sé. Siempre hay una opción para la tranquilidad y paz interior. Ese es el punto de partida a la felicidad. De momento, me conformo con una “ventana con vistas”.