¿Qué pasa entre Pedro y Lola? La UE ve con inquietud la relación

Estoy preocupado: ahora que José Tomás parece que se separa de su señora de toda la vida, leo en LA RAZÓN que Bruselas, la UE, ve con inquietud la relación de la Moncloa y la Fiscal General. ¿Qué saben allá que no sabemos acá? ¿»Sálvame» les ha facilitado algún dato confidencial? ¿Acaso está de morros Lola Delgado porque Él no quiso viajar a Roma con ella y Baltasar Garzón para arreglar lo del Consejo General del Poder Judicial? Ahora que Francisco ha dicho que el sexo no es pecado y que el placer viene de Dios (¿o era viene como dios?), no parece que un trío en el Vaticano sea algo excesivo. ¿Uno de los dos ha dicho eso de «tenemos que hablar»? ¿Han decidido darse un tiempo hasta que Iván Redondo encuentre una fórmula conciliadora? ¿Hay una tercera persona? ¿Alguna infidelidad? ¿Quién le ha hecho un Merlos a quién? Me tienen viviendo sin vivir en mí, le grito a la tele, porque no hablamos de quedarse o no en estado, sino de una cuestión de Estado. Quizá sepa algo Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, melenaza al viento, que a estas alturas de la función admite que pasa vergüenza en el Congreso «porque no estamos para generar ruido». Qué fina. Definir lo que pasa en el Congreso como ruido es una delicadeza diplomática, o sea, algo así como decir que el apuñalamiento de Julio César fue una sesión de acupuntura. Además, y como diría Gabriel Rufián, ¿para qué estamos en la grada sino para hacer ruido e insultar? Si se sonroja, la ministra debería llevar polvos de arroz en el bolso, no sea que Adriana Lastra la vea y la tache de meliflua y blandengue. Para controlar (es un decir) el ruido está Maritxell Batet, la presidenta del Congreso, que va y dice: «Mi papel como presidenta es respetar la libertad de expresión». Esta es mi presidenta, grito, pero tenemos un problema: ya no sabemos si las ventosidades forman parte o no de la libertad de expresión. ¿Qué es la libertad?, se pregunta la Batet. Libertad es lo que tú digas, Pedro mío, se responde. En fin, hay que entender que el Estado es como el cuerpo humano: no todas las funciones que realiza son nobles, incluida la flatulencia.