Ana Botín, la banquera que quiso ser periodista

La frase que forjó el carácter de Ana Botín: «Recuerde que es mi hija, así que exíjale mucho más». Quiso ser periodista, pero su padre la educó desde la cuna para ser banquera

La disciplinada y discreta vida de la presidenta del banco Santander, Ana Patricia Botín
La disciplinada y discreta vida de la presidenta del banco Santander, Ana Patricia Botín

«Norteña y muy anglosajona», así definía a Ana Patricia Botín su padre don Emilio. Gusta de reciclar ropa, adora los complementos, sobre todo los pendientes, y sólo coge el teléfono si está en un consejo de administración a su marido y a sus hijos

Nunca ha sido una niña de papá. Fue lo primero que me espetó Emilio Botín-Sanz de Sautuola, hace ya casi diez años, al hablar de su hija mayor. Yo le había solicitado una entrevista con motivo de mi libro «Armas de mujer», en el que recogía perfiles desconocidos de importantes mujeres en la España contemporánea, triunfadoras en el mundo de la política, la empresa y la cultura. «Hablarás antes conmigo que con Ana Patricia», me había dicho el presidente del Banco Santander durante un acto financiero en Madrid, para advertirme de la discreción y alergia de su primogénita a los periodistas. Fue así como, a través de amigos comunes cántabros, mantuve varias conversaciones privadas con Emilio Botín, cuya apariencia de seco y distante se desvanecía por completo al hablar de su familia. «Ana tiene armas de banquera», me aseguró Botín al relacionar la figura de su hija con el título editorial.

De la faceta profesional de Ana Patricia Botín todo se ha escrito, pero muy poco de la historia personal de una mujer educada desde la cuna para ser la primera presidenta de uno de los grandes bancos mundiales. «Norteña y muy anglosajona», decía don Emilio al definir el carácter de «Anapé», como la llaman en familia, forjado en las raíces del norte: cántabra por línea paterna, vasca por la materna, con ascendencia irlandesa de los O'Shea, antepasados que aterrizaron en Bilbao. Porque en la saga Botín, los hombres han mandado siempre en el Banco y en las finanzas, pero de puertas adentro el matriarcado era total. Lo fue con la abuela, Ana García de los Ríos, y con Paloma, su madre, una dama exquisita, elegante, auténtico sostén familiar de Emilio Botín y sus seis hijos, con una discreción extrema. Una gran señora.

Si hay algo relevante en la infancia y educación de Ana Botín es su permanente vida en un mundo de hombres. Siempre nadando entre la fuerte personalidad de su abuelo, a veces autoritario y distante, y el carácter difícil de su padre. No obstante, Ana ha recordado muchas veces cómo correteaba por los jardines de la imponente finca de Puente San Miguel con su abuelo, un hombre que se enternecía pocas veces, pero que adoraba a su nieta y le mostraba su cara más dulce. «Con la niña, el abuelo Emilio chochea», comentaban los allegados a la familia sobre el cariño que el patriarca profesaba a su nieta. De él heredó muchas cosas, en especial la obsesión por la disciplina y la discreción. «El abuelo era tremendo, muy equilibrado. Era reflexivo y estaba en contra de los excesos de cualquier tipo, excepto en el trabajo», me dijo Ana Patricia.

Su madre tenía veintitrés años cuando nació y se le puso el nombre de Ana por la abuela paterna y Patricia por una tía materna. Desde el principio, fue la «niña de los ojos» del patriarca del clan, en un destino surcado por hombres en el que ella, por encima de su apellido, se propuso brillar con luz propia, bajo el perfil que trazaron su abuelo y su padre, a base de tesón y una educación esmerada al alcance de muy pocas. Ella siempre intentó ganarse su puesto. «A mí nadie me ha regalado nada», reiteraba siempre a sus íntimos. Este deseo me lo expresó el propio Emilio Botín, al contarme lo que le dijo al director de la primera sucursal del Santander donde Ana trabajó: «Recuerde usted que es mi hija, así que exíjale mucho más». Genio y figura de un hombre que educó a sus seis hijos con rigor, alejados de la opinión pública y fuera de los excesos de muchos «niños bien» de la época.

La primogénita siguió la estela de los varones de la familia, hacia un mundo competitivo e insaciable como es la banca, y se educó en los mejores colegios del Reino Unido, Austria, Suiza y Estados Unidos. Sin embargo en una ocasión, pensó en dedicarse al periodismo y así se lo comentó a su abuela. Doña Ana García de los Ríos, una montañesa tradicional de rompe y rasga que la hizo desistir: «Anapé, quítate eso de la cabeza, los periodistas se mueren de hambre». Tal vez desde entonces arranca su aversión a los medios, a las entrevistas, a las fiestas sociales. Sólo le gusta ser fotografiada en reuniones del banco y eventos profesionales. Ante las numerosas peticiones que ha tenido, siempre responde lo mismo: «Ni hablar, lo más sagrado de un banquero es su seriedad, su imagen discreta. Un profesional de la banca no puede traicionar a quienes nos han confiado su dinero».

Con diez años, suspendió el primer examen de su vida en el selecto internado Marie Thérese de Ginebra. Su indignación fue tal que se prometió a sí misma franquear con éxito todas las barreras que le planteara la vida. «Nunca me volverán a catear», les aseguró a compañeras de estudios, todas ellas de apellidos ilustres y herederas de grandes fortunas. La recuerdan con una sensacional fuerza de voluntad, muy estudiosa, tímida y simpática. «Le encantaba la ropa, cuando estábamos solteras íbamos juntas de compras, le gustaba vestir clásica, nada atrevida, nunca se ha pavoneado ni ha hecho de menos a nadie», comenta una de ellas, con la que coincidió en Harvard y en la Banca Morgan. «Quería demostrar a su padre lo que valía no por derecho familiar, sino por el derecho de sus propias facultades», añade esta amiga, hoy alta financiera en la city londinense.

Un episodio muy desconocido en su vida sucedió en 1988, en la madrileña clínica de San Francisco de Asís. Ana Patricia Botín O'Shea perdía a su única hija, horas después de dar a luz. Fue una ocasión en que lloró de verdad, al lado de su marido, Guillermo Morenés Mariátegui, que vivió junto a ella ese momento tan doloroso y del que nunca, jamás, han querido hablar después. Ana se había casado muy joven con Willy Morenés, el menor de los hijos de los marqueses de Borgetto, su novio de toda la vida. Un hombre jerezano, educado y elegante, del que apenas existen imágenes públicas y que ejerce a la perfección el papel de consorte. Fue la suya una boda íntima, en el palacete familiar de Puente San Miguel, poblado de pinos, cedros, magnolios y araucas. En este impresionante parque natural, en la ermita construida por Chueca Goitia, se han celebrado todas las bodas y bautizos de la saga. Aquí también están enterrados sus abuelos, su padre y se celebró el responso por su eterno descanso.

La pareja Botín-Morenés se lleva muy bien, conjugan su convivencia profesional y privada con sus tres hijos varones, Felipe, Javier y Pablo. «A los únicos que coge el teléfono cuando está reunida», dice un colaborador. Su mundo interior es altamente desconocido, entregada casi por completo al trabajo y al deporte. Le apasiona la costa de su tierra cántabra, navegar y bañarse en alta mar. El golf, como a su padre, deporte del que fue campeona de España en 1974. El esquí y la caza, que practica en su casa de la estación suiza de Gastaad y en la finca de Ciudad Real. Su círculo de amigos es muy reducido, no dejándose ver nunca en público. En algunas cacerías coinciden con la familia Abelló, las hermanas Koplowitz y otros apellidos de abolengo. Pero el entorno férreo es la familia, con sus hermanos, Carolina, Paloma, Carmen, Emilio, Javier, cuñados y un montón de sobrinos. Con Carmen se lleva especialmente bien y fue un gran apoyo tras su divorcio, y posterior fallecimiento de su cuñado, el campeón golfista Severiano Ballesteros.

Es una mujer atlética, hace gimnasia todas las mañanas y se deja dirigir por un entrenador personal como medida de disciplina. De su madre ha heredado la pasión musical, el piano de Arthur Rubinstein y el barroco. Cuida al milímetro su imagen, con prendas sofisticadas y elegantes, al estilo «chic» europeo. «Pertenece a ese tipo de mujeres que visten ropa de los mejores diseñadores con la misma soltura que otras un trapito de boutique», dice la portavoz de una de las firmas donde es asidua cliente. Su habitual uniforme es el traje de chaqueta, de falda o pantalón. Su color favorito, el rojo, como demostró en el sepelio de su padre. Lo combina hábilmente con el negro, verde y fucsia, muy en la línea tradicional parisina. En este sentido, su estilo es más francés que italiano, según expertos diseñadores. Se inclina por Balmain, Saint-Laurent, Chanel, Hungaro y Dior, pero nunca luce emblemas o logotipos para no dar pistas publicitarias sobre la firma en cuestión.

Hasta tal punto es discreta que, a pesar de su pasión por los pañuelos, se los coloca de tal manera que no se exhiba la marca de la prenda. A pesar de su inmensa fortuna, no es derrochadora y afronta su armario con la misma filosofía que el timón bancario: una buena administración. Según un estilista que la conoce, «nunca adquiere ropa en grandes cantidades y recicla los modelos». La mayoría de las veces, las propias firmas le remiten catálogos de sus desfiles para que ella elija. No suele recurrir, como otras damas adineradas, a los llamados «personal shoppers». Le gustan complementos como los «foulards» alrededor del cuello, gafas de sol y pendientes, su gran debilidad, que luce siempre con un anillo de oro blanco y rubí central, obsequio de su marido en un aniversario de boda. Físicamente, sobre todo de cara, es muy parecida a su padre y abuelo, con ese rictus familiar de los Botín, entre serio y altanero. A la horade maquillarse, se deja aconsejar por su cuñada, Elisabeth D'Ornano, una de las herederas del imperio cosmético Sysley, esposa de su hermano Emilio.

Han pasado doce años desde que Ana Patricia Botín presidiera su primera Junta de Accionistas al frente de Banesto. El próximo lunes, lo hará en la del Banco Santander, ya como sucesora de su padre y primera mujer al frente de uno de los grandes bancos del mundo. Aquel 30 de mayo de 2002, don Emilio la llamó por teléfono para decirle: «Anapé, lo has hecho muy bien». Con la misma mirada, a veces pétrea y fulminante, que heredó de su abuelo, Ana Botín entra en la historia de la gran banca. Dicen que se ha quitado el segundo nombre, Patricia, en un gesto de sobriedad y dar más fuerza al apellido. Nunca se durmió en los laureles del nido familiar y aquella niña, cuarta generación de la saga, llega al primer sillón del banco con gran expectación. «El Santander es mucho toro, pero ella está preparada para lidiarlo», afirma un miembro del Consejo que trabajó largos años con Don Emilio. Conoce bien a la heredera, destaca sus dotes de mando, pragmatismo y mucha discreción, porque para estar cerca de Ana Botín hay que ser una de esas personas que «no sueltan prenda».