El cambio de imagen de Tamara Falcó

Pasma la transformación de la hija de Isabel Preysler, al igual que asombra Barcelona con sus recuerdos turísticos. El domingo tuvieron a 35.000 cruceristas visitantes, mientras el alcalde Trias sigue batallando por convencer al personal de que los domingos deben abrir las tiendas, especialmente las céntricas. No se entiende semejante rechazo en una ciudad de tanto espíritu comercial. Desde luego, era una alegría ver semejante gentío de antaño, que era más del que habitualmente abarrota las ramblas que van al mar. Así se llamó un libro testimonial de José Luis de Vilallonga, prohibido por una censura absurda. En Barcelona no cesa el ir y venir, subir y bajar, incluso cuesta realizar el típico recorrido «ramblero» porque lo impide la multitud que lo visita. Por ejemplo, entrar en el remozado Mercado de la Boquería es misión imposible y sólo los que tienen el espíritu de Indiana Jones consiguen hacerse paso. Me sorprendió descubrir que, contra lo que podía pensarse, el ranking de visitas no lo encabeza la inacabable Sagrada Familia sino el «outlet» de la Roca Village, prueba evidente de que el forastero busca algo más que museos. El Monasterio de Montserrat figura en tercer lugar, mientras que el imponente Museo Nacional de Cataluña lo hace en un puesto menor que las playas de la Barceloneta, casi a pie de Rambla, convirtiendo aquello en lo que Riazor es para La Coruña. Cambiando de tema; mientras algunos me dan detalles del divorcio matrimonial de Darío Barrio que a mí no me sorprenden –quizá porque estaba igual de anunciado que la muerte en la famosa novela de García Márquez–, otros desmenuzan con buen conocimiento lo que supone que los padres de David Meca hayan asistido a la cena celebrada por Cuqui Fierro en su palacio vecino de Abercrombie, en pleno barrio de Salamanca. No se cortaron ni un pelo y se sintieron como en su casa pese a las dimensiones y a la abundancia que atesora. La anfitriona, que era una imprescindible en cualquier sarao importante, siempre les aportaba un glamour personalísimo que olía a rosas. Fierro componía el elenco habitual y social de Madrid como ahora ocurre con una Tamara Falcó transformada de imagen buscando no se sabe qué cambios. No los necesitaba porque quedaba encantadora. ¿A qué viene pintarle una agrandada boca roja de un tono al estilo de Mar Saura pero inexplicable para quien vende cualquier cosa menos una personalidad seductora? Fue un error propiciado y mal aconsejado por sus asesores de imagen, ésos que cobran 300 euros por estilismo, algo que nunca le ocurriría a mamá Preysler, más inflexible y segura en sus convenciones y retoques estéticos. El cambio no sólo la ha endurecido, sino también le ha añadido años y una apariencia que nada tiene que ver con su estilo y modales. Prefiero a la Tamarita de siempre, dulce y cautivadora. Apenas reconozco a ésta de brocha gorda.