El soso «remake» de Azabache

Vuelve la copla. En este caso, para exaltar el 20 aniversario de aquel ruinoso «Azabache» que marcó época. Tres figuras de la canción española son los encargados de poner voz a este «remake»: la exquisita Diana Navarro, Pastora Soler y Pasión Vega, que forman cuarteto con Manuel Lombo, la auténtica revelación de este experimento. Es el protegido de Cristina Heeren, la mecenas del flamenco que prestó su casa neoyorquina a los duques de Lugo cuando Marichalar tuvo el ictus. Hasta entonces vivían en el Grand Hôtel Intercontinental tutelados por Paz Blasco, hoy ángel bueno de este complejo. Cristina siempre apuesta a caballo ganador, aunque Lombo no tiene tanto estilo como Miguel Poveda. No es el caso de Pasión Vega, recostada y «mu a gustito» en sus facultades, que llegan incluso a desvirtuar la maravillosa «Las habaneras de Cádiz» entonadas a dúo con María Dolores Pradera. No sienten ni dicen lo mismo. Me quedo con el cálido estilazo de la Pradera, único, a quien en este singular disco también acompañan Serrat, Víctor Manuel, Raphael, Sabina y Ana Belén, deliciosa esta última en «La media vuelta». ¡Qué gran señora!

El resultado de esta segunda versión de «Azabache» es bastante descafeinado, a pesar de su buena voluntad y de reunir lo más gramado de la copla. Por lo menos sirvió para reavivar el recuerdo del estreno de la original: fue una fría noche de mayo, anticipo de aquel 20 de agosto en el que Rocío Jurado hizo público su romance con Ortega Cano. Me lo advirtió ya Charo Valdés, esposa del pintor que hizo el mural en casa de Loli Reina y que congregó a la chipionera con Cayetana de Alba, Arabella Karajan, hija del director, Tony Benítez, Juanita Reina y Lola Flores.

Este «Azabache» ha conseguido levantar en su estreno reticencias y también la nostalgia de quienes vieron el original con Rocío Jurado, Imperio Argentina, Nati Mistral, Juanita Reina y María Vidal. José Antonio Campos guarda buena memoria como director general del cotarro que tanto cabreó a su director Gerardo Vera. La Jurado mangoneó a gusto, hasta el extremo de que le pagaban la cocinera y pretendía que no figurasen temas de Concha Piquer a fin de que la olvidasen. Vano empeño. Justo Salas acabó harto de que unas y otras le pidieran más abalorios para brillar más que sus compañeras de reparto. Es una historia por escribir y debería hacerlo Campos, que sudó lo suyo lidiando con las bravuconadas de la tonadillera.