«Fashion Week» españolísima

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La pasarela neoyorquina, un poco emblanquecida por las bajas temperaturas, está siendo pródiga en ideas. Han vuelto a pisarnos, aunque hay que resaltar el impacto que causó Desigual al pintar una raya dorada –a modo de costura trasera– en las medias. Kurkova irradió luz en el desfile donde reaparecía y brilló tanto como esas piernas con aire retro, marcadas con una especie de purpurina, que será difícil imponer como moda porque cuesta trazarlas. Y es lo que pretenden también con el nuevo color que encabeza la paleta de tonalidades en estos desfiles en los que, además de nombres desconocidos aquí como Steve McQueen –que hace los mejores calcetines al estilo de los rayados italianos de Missoni o Calvin Klein–, se están fijando por primera vez en resaltar los pies de quienes prefieren enseñar tobillo, incluso a 13 bajo cero, por el Hotel Standard del renacido Soho. Su «gym» tiene la mejor panorámica de la ciudad y pedalear en él hasta produce vértigo, algo que se alivia con una pista de hielo para después del desayuno. Resulta tan increíble como el «After midnight», que ya se ha convertido en el espectáculo del año. Homenajea al negro Cotton Club que estuvo tan animado durante la ley seca. Es lo nunca visto, émulo del «Blues and Blue» de Claudio Segovia, el argentino que debió dirigir «Azabache». Gerardo Vera lo aprendió sobre la marcha tras las imposiciones de Rocío Jurado, mientras Juana Reina, Imperio Argentina –siempre de buen carácter– y Nati Mistral no pudieron cortar las imposiciones que limitó hasta su repertorio.

Pero volvamos a «After Midnight», que es una gran historia para cantar y que cada noche provoca delirios con la música de Duke Ellington y cuarenta participantes: 19 músicos del mejor jazz y grandes negros del género. Pone en pie como los trajes evocadores de Isabel Toledo, modista de Michelle Obama, como ya contamos tras su visita y desfile barcelonés. El musical resucita el Harlem de los años 30, brillante y rítmico. Acierto de la Toledo, que ya está entre las grandes figurinistas mientras la «fashion week» se expande por toda Nueva York. No se limita a las pasarelas del Lincoln Center: Carolina Herrera ofrecía la suya en un teatro, Óscar de la Renta –que lanza el libro donde Nati Abascal ocupa capítulos– en un centro de la liberada calle 42, Marc Jacobs en el Armory, Victoria Beckham en el Café Rouge –donde fue con unas rejuvenecedoras trenzas–, Vera Wang en el Dia Center, el vetusto Kenneth Cole, en «The garage», y la adelgazada Donna Karan, nada menos que en Wall Street. Descentralizan buscando personalizarse y se alejan del maratón exhibidor igual que Tommy lanzando propuestas en los locales del Séptimo Regimiento. Es un destino que nosotros aún no hemos dado a nuestros desocupados cuarteles. Evitamos el individualismo y por eso no aprovechamos Cibeles para inventar nuevos cromatismos como ese rojo sangría propuesto como el color de la temporada. Y cuidado que es españolísimo. Otra vez nos ganan terreno. La historia se repite y el rojo intenso, mezcla de Valdepeñas y Riojas, va seguido por el rojo aura, el orquídea radiante –un malva–, el ciprés casi lúgubre, el cobalto brillante, el «royal blue», que es el azul Francia de siempre, el aluminio –verde seco tirando a gris–, el coñac y el «yellow», que resulta indescriptible entre mostaza y amarillo huevo pálido. Es un no parar de sugerencias e ideas aunque el malva usado en «Downton Abbey» cautiva con este rojo exaltador de nuestra bebida tan nacional. Es un buen signo de identidad como Nueva York de ideas.