Joaquín Torres, desahuciado de La Finca

El arquitecto, durante la pasarela Madrid Fashion Week
El arquitecto, durante la pasarela Madrid Fashion Week

Existe un ambiente pesimista en lo social, aunque Marbella intente resucitar al pasado «glamour» de la época de Gil y sus antecesores. Estaban ahí y les vieron venir y quedarse, desde la ex emperatriz Soraya a Sean Connery, que todavía está corriendo al verse involucrado en un pelotazo urbanístico. Jesulín de Ubrique también vendió sus apartamentos del «Glaciar», entonces emblemáticos. Y lo que impulsa Beatriz de Orleans es un lujo recién adquirido para los nuevos ricos, casi todos importados de Rusia. Bien se ve en los «realities» televisivos donde Gunilla y ancestros son una sombra de un pasado mejor.

Entre copa y copa –algo que se dio este fin de semana tras diversos almuerzos a pie de playa en el renovado Los Monteros, creado por Ignacio Coca–, cavilan quiénes acudirán a la próxima reboda de Jaime Ostos y Mari Ángeles Grajal, ahora alterados por su disputa televisiva con la implacable Mila Ximénez, que aplaude que su hija Alba no vaya al enlace de su padre, Manolo Santana: «Primero, que conozca a sus nietos», presiona dándole la razón. Y no se sabe qué será de los otros tres hijos del tenista mítico ni de la extensa relación de los Ostos en este sentido matrimonial donde se repiten las bajas. El duque de Aveyre, ya bastante alejado de la juerga que tanto frecuentó, excusa su concurrencia como otros muchos añorantes de aquella Marbella apenas entrevista en las jornadas de lujo con alarde de Ferragamo en La Zagaleta, montada en la antigua Baraka de Kashogui.

Hubertus von Hohenlohe dio aire a los Ferrari igual que el cuarteto singular y vistoso de Verónica Hidalgo, Raquel Rodríguez, Lara Dibildos y la lista de Mónica Pont, revivida por su presunto triángulo amoroso entre César Ruiz y Dimas Soler-Roig Juncadella, nieto idolatrado de Mercedes Salisachs, que no se atreverá a hacer un libro con tanta peripecia familiar que rebosa su «adagio sentimental». Señora de la cabeza a los pies, nunca usaría su vida para publicar una de esas novelas tan robustas y enganchadoras. Lástima que no esté en la Real Academia, porque le sobran méritos y su único desdoro es la magnífica y envidiada posición burguesa que tiene de toda la vida en una Barcelona que era más cómoda, internacional y flexible que la actual, tan encastillada.

Reclaman y reclaman

Era lo que ocurría en La Finca, que ve caer sus vallas protectoras para que el pueblo soberano disfrute de lo que hasta ahora era el vedado feudo de Enrique Ponce, Luis Alfonso de Borbón, Raúl, Guti o Cristiano Ronaldo, por citar sólo a los más significados. Baluarte inexpugnable que debe transformarse en pases para todos, una manera de ponerlos en su sitio, como pretenden con Joaquín Torres al verse desahuciado de la casa que ocupó los últimos cuatro años tras idear La Finca para Luis García Cereceda. Lo echan por un impago de 45.000 euros mientras él reclama a la empresa de Susana García Cereceda –su relación con su hermana Yolanda, unida a Jaime Ostos Jr., es distinta y hasta afable– la friolera de casi nueve millones por sueldos impagados. Caliente está la cosa. Torres reclama y pone tierra de por medio instalándose en una de las casas de su padre. El lío está montado. Quedamos a la escucha. Reventará.