25 aniversario de la muerte del duque de Cádiz: El caso abierto de una tragedia

Será una de las efemérides más sonadas y tristes de 2014.. El 25 aniversario del fallecimiento de Alfonso de Borbón tendrá lugar el próximo 30 de enero con la palabra «homicidio» aún vinculada al suceso. El suicidio es otra de las teorías que se barajan en torno a la muerte del duque de Cádiz. La perplejidad de su hermano, que pasó con él sus últimos momentos, refleja el misterio de un caso que muchos tildan todavía de extraño

El duque de Cádiz con Carmen Martínez-Bordiú, con la que se casó en 1972 y de la que se divorció en 1986
El duque de Cádiz con Carmen Martínez-Bordiú, con la que se casó en 1972 y de la que se divorció en 1986

Jamás olvidaré aquella estremecedora palabra consignada en un documento oficial de la Policía norteamericana del distrito de Eagle County en relación a la terrible muerte de Alfonso de Borbón Dampierre, de la que el próximo 30 de enero se cumple el 25 aniversario.

Años después, mientras componía mi libro «El Borbón non grato», la única biografía del duque de Cádiz publicada hasta la fecha, llegó a mis manos una copia de aquel impreso del registro del centenar de fotografías tomadas a Alfonso de Borbón tras el ¿accidente? mortal sufrido en la estación de esquí de Beaver Creek, en el corazón de las Montañas Rocosas, Colorado. Pude leer así en el encabezamiento:

Office of the Sheriff

Eagle County/328-6611

Case: 89/524

Date: 2-3-89

Offense: Attended Death.

HOMICIDE

La expresión «homicidio», anotada en inglés y en mayúsculas por la propia Policía de Eagle County, en un documento fechado treinta días después de la tragedia, cuando supuestamente los agentes ya habían tenido tiempo suficiente para practicar las primeras averiguaciones, era cuanto menos sospechosa y añadía un dato muy relevante a un lamentable episodio sobre el que aún hoy persiste una aureola de misterio.

Los secretos de Mirta

Por si fuera poco, las instantáneas obtenidas del moribundo tendido sobre la nieve en Beaver Creek fueron inexplicablemente destruidas por la Policía. El abundante material gráfico habría arrojado luz sobre las extrañas circunstancias de su muerte, en torno a las cuales algunas personas muy próximas a él abrigan aún serios recelos.

Como Mirta Miller, la antigua compañera sentimental del duque de Cádiz, que el 28 de enero de 2000, en el plató del popular programa televisivo «Tómbola», respondió así a las incisivas preguntas del periodista Jesús Mariñas:

–Vamos a ver, Mirta: en tus memorias aseguras tu certeza de que el duque de Cádiz no murió de forma fortuita...

–No, no... Eso es muy delicado. No he hablado de eso porque tengo miedo. Si les pasa a otros, ¿cómo no me va a pasar a mí...? Quiero resguardar mi integridad.

–Pero me pones los pelos de punta. ¿De quién tienes miedo o a quién temes?

¿Fue mera casualidad que el duque de Cádiz pereciese «guillotinado» por un cable de acero mientras descendía por la pista Eagle County de Beaver Creek? ¿Tenía él acaso enemigos dispuestos a terminar de forma tan salvaje con su vida? Su madre, Emanuela Dampierre, afirmó en cierta ocasión a la periodista Consuelo Font que un masón, enemigo de la causa legitimista que representaba su hijo Alfonso, pudo haberle asesinado. Y en sus propias Memorias, publicadas en «¡Hola!» en 1991, Emanuela hacía sorprendentes afirmaciones sobre las amenazas que se cernían sobre su hijo tras haber adoptado los títulos de duque de Anjou y de Cádiz en los documentos de su cancillería y manifestado su «firme intención de proseguir la obra de su padre», el infante don Jaime de Borbón.

El propio Juan Balansó, amigo y erudito en la historia de las dinastías reales, me brindó hace años una copia de la carta escrita por José Antonio Dávila, abogado del duque de Cádiz, en la que éste reflexionaba así sobre el «cruel y ciego destino» que segó la vida de Alfonso: «Sabido es que la "ley de la Colmena"elimina, en los enjambres y sin contemplación alguna, a todos los rivales de la Reina. En determinados momentos históricos parece suceder lo mismo en las dinastías soberanas... Sería cansado citar precedentes al caso de lady Di en que se ve palpablemente esta realidad ilógica, incluso en nuestra Casa Real».

La campeona de esquí Blanca Fernández Ochoa, que se hallaba entonces en Beaver Creek, declaró también a la revista «¡Hola!» el 23 de febrero de 1989 que «lo que le ha ocurrido a don Alfonso es algo muy extraño, una posibilidad entre mil». Su hermano Paco, quien compartió los últimos momentos con él en Colorado, me confesó abiertamente en su día su perplejidad por lo sucedido: «Sigo sin entender qué pasó aquella tarde; sinceramente, me resulta todo muy extraño, entre otras cosas porque Alfonso era un esquiador excepcional».

¿Qué sucedió realmente? Recordémoslo ahora, al cabo de un cuarto de siglo. En el poblado artificial de Beaver Creek tienen su refugio la tenista Martina Navratilova y los actores Robert Redford y Jack Nicholson. Siguiendo el curso del Misisipí, el relieve va en ascenso y culmina en las altas mesetas del Colorado, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. A esa misma altitud, por una formidable alfombra blanca, esquiaba Alfonso de Borbón Dampierre aquella soleada tarde invernal. Descendía por la pista Eagle Colunty acompañado por el ex campeón austríaco Tony Sailer, ganador de tres medallas de oro en los Juegos de Invierno de Innsbruck, en 1956; la esposa de éste, Gabi; y el encargado de seguridad de los campeonatos, el canadiense Ken Read. Inspeccionaban el estado de la pista cerrada al público, en la que al día siguiente se disputaba la prueba de descenso del campeonato mundial de esquí alpino, que había congregado en la privilegiada estación a seiscientos deportistas de cuarenta y tres países. Mientras marcaban el trazado del recorrido y cada una de sus puertas, Tony Sailer reparó en la existencia de un cable trenzado de acero que atravesaba la pista unos cien metros más abajo, y previno del peligro en su idioma, el alemán, al duque de Cádiz, que le seguía a unos metros de distancia. «¡Alfonso, cuidado que abajo están trabajando!». El empleado de la estación Daniel Conway, de quien más tarde nada se supo, manipulaba un cable de acero de unos cuatro milímetros de grosor que debía soportar la pancarta de meta al día siguiente. La cuerda metálica estaba ubicada a una altura de un metro setenta y cinco centímetros sobre la nieve. Pero Alfonso, aunque se manejaba bien en alemán, no le escuchó. Había enfilado ya, a unos cuarenta y cinco kilómetros por hora, el último trayecto de su vida. Sin saberlo, encaró la muerte como un cordero que iba a ser degollado.

Contradictorias órdenes

«¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!», exclamó Sailer segundos después al verle tendido en la nieve, cuando eran las 15:56 del lunes (las 23:56 en España). El duque de Cádiz permaneció inmóvil alrededor de media hora en la pista, debatiéndose entre la vida y la muerte, sin que ningún facultativo le socorriese. El médico dio instrucciones de que no se le trasladase al hospital hasta que no se personase en la pista la Policía local. Cuando al fin llegó la ambulancia, avisada por una patrulla de aquélla, tenía ya el pulso muy débil. Le introdujeron con sumo cuidado en la furgoneta para trasladarle al Vail Valley Medical Center. Una vez allí, a las 16:48 de la tarde, el forense certificó su muerte. Se había perdido un tiempo precioso que pudo ser decisivo para salvar su vida.

El cadáver, como evidenciaba la autopsia, presentaba una incisión en el cuello en forma de media circunferencia. Nadie se explica que el duque de Cádiz no viera el cable que atravesaba la pista, ni que no escuchara los gritos de Tony Sailer. Pero no reparó en nada de eso. Al cabo de los años, los pleitos de la familia Borbón hallaron el frío consuelo de una indemnización, cerca de 100 millones de las antiguas pesetas (casi 600.000 euros), que fueron a parar a Luis Alfonso, a quien ya nadie podría devolverle a su padre.

Fran, una tragedia «en el límite de la ciencia»

Francisco de Borbón Martínez-Bordiú murió cuatro años antes que su padre, el 5 de febrero de 1984, cuando regresaban de esquiar en Candanchú, en el Pirineo aragonés, con su hermano menor Luis Alfonso y la «seño», una simpática cordobesa llamada Manuela Sánchez Prat. El duque de Cádiz se saltó un stop y el coche que conducía se empotró contra un camión cargado con 23 toneladas de material de limpieza en una carretera cerca de Cintruénigo. Ángel Ramírez de Ocariz, mecánico de 26 años, fue el único que los socorrió. Trasladado al hospital de Navarra, en Pamplona, el duque de Cádiz fue diagnosticado de conmoción cerebral, con fractura de la bóveda craneal. Además, se había roto 26 huesos que requirieron seis operaciones sucesivas. El peor augurio fue para Francisco: lesionado en el tallo encefálico, ingresó en el hospital con parada cardíaca y fracaso multisémico. Los médicos informaron de que su situación estaba «en el límite de la ciencia». Al cabo de dos días, falleció.

El detalle

Toda una vida como aspirante legítimo al trono francés

Algunos sectores monárquicos consideraban a Alfonso de Borbón, duque de Cádiz, el jefe de la casa de Borbón francesa y heredero de los reyes de esa misma dinastía. Por esta razón, resulta curioso el hecho de que él mismo se atribuyese el título de príncipe. A la hora de tener que firmar tarjetas de agradecimiento, felicitaciones y otros documentos, anteponía a su nombre la palabra «príncipe». Y es que el hijo del duque de Segovia y nieto de Alfonso XIII fue aspirante legítimo al trono francés en el periodo que transcurrió entre la muerte de su padre y la suya propia.