La última amante de Kennedy: otra muerte sin resolver

Se llamaba Mary Meyer y mantuvo una relación con el presidente. Sólo un año después del magnicidio de Dallas fue asesinada

El presidente de los EE UU. JFK y Mary Meyer (a la dcha.), junto a la hermana de ésta, Tony, y su madre
El presidente de los EE UU. JFK y Mary Meyer (a la dcha.), junto a la hermana de ésta, Tony, y su madre

El 12 de octubre de 1964, Mary Meyer, la ex mujer de un alto funcionario de la CIA, decidió salir a dar un paseo. Había terminado su último cuadro y pensaba que se merecía un descanso, por lo que nada mejor que salir a andar bordeando la orilla del río Potomac. Pero algo sucedió en lo que parecía un tranquilo día de otoño cuando se escucharon los gritos de una mujer pidiendo ayuda y seguidamente unos tiros. Alguien había disparado a Mary, quien moría en el acto. Podría tratarse de un asesinato más, el crimen cometido por un ladrón que quería robar el bolso a una pintora cuya obra era desconocida para el gran público. Pero el suceso trajo tras de sí el descubrimiento de uno de los secretos mejor guardados en Washington: Mary Meyer había sido amante de John F. Kennedy, asesinado un año antes en Dallas.

El diario que guardaba su amiga

Fueron muchas las mujeres que quedaron cautivadas por JFK, pero realmente pocas las que le cautivaron a él. Mary se encontraba en este último grupo. La relación no se pudo conocer hasta ese fatídico día de otoño de 1964. El cuñado de Meyer, Ben Bradlee, posteriormente conocido por ser el director de «The Washington Post» durante la investigación periodística del escándalo Watergate, fue el encargado de identificar el cadáver. Horas más tarde, pudo hablar con Anne Truitt, la mejor amiga de la fallecida, quien le preguntó si había encontrado el diario de su cuñada. ¿Un diario? Mary había pedido a Truitt que se encargara del documento si alguna vez le pasaba algo. A la mañana siguiente, Bradlee y su esposa Tony, la hermana de la pintora, fueron al estudio en busca del cuaderno, pero no eran los únicos interesados en su localización. Dentro del taller estaba también James Jesus Angleton, el jefe de contraespionaje de la CIA. La pequeña libreta, de entre 50 y 60 páginas, contenía, como escribe Bradlee en sus memorias, «La vida de un periodista», unas frases que «describían una relación amorosa, y después de haber leído unas pocas frases quedaba claro que el amante había sido el presidente de Estados Unidos, aunque su nombre no se mencionaba nunca. Decir que nos quedamos petrificados no es suficiente para describir nuestra reacción. Tony, sobre todo, se sintió traicionada, tanto por Kennedy como por Mary». Los dos amantes se habían conocido a mediados de los años 50. En esa época, ella ya se había separado de su marido, Cord Meyer Jr., lo que probablemente provocó que Angleton ordenara que se pinchara su teléfono. Amiga de Robert Kennedy, a partir del 3 de octubre de 1961 pasó a convertirse en una visitante regular de la Casa Blanca de JFK, intimando rápidamente. En esa fecha su nombre comenzó a aparecer de manera regular en los registros de la mansión presidencial y se hizo reiterativo en el verano de 1962. Había muchas cosas que los unían. La biógrafa de Meyer, Nina Burleigh, apunta que la pintora en ocasiones acudía a las veladas en la Casa Blanca escoltada por algunos de los íntimos del círculo del presidente, como Charles Spalding, Lem Billings o Bill Walton. Uno de ellos, Dave Powers, aseguraba que Kennedy adoraba la compañía de Meyer, aunque probablemente no se dejaba influir por sus opiniones. Se da el caso de que Mary era buena amiga de Jacqueline, de quien había sido vecina en 1956, pero ésta nunca supo nada, como pasó con la mayoría de las conquistas de su marido.

El conflicto de la publicación

Hubo una excepción. A principios de 1963, durante un encuentro con editores, la historia de Kennedy y Meyer llegó a oídos de Philip Graham, el responsable de «The Washington Post», pero decidió no darla a conocer. Graham sí se la explicaría a uno de sus colaboradores, el periodista James Truitt, quien muchos años después, en marzo de 1976, vendería todo ese material a la publicación sensacionalista «National Enquirer» creando un gran impacto. Además, contaba con otra fuente de información de la que se quería vengar, la que había sido su esposa, Anne Truitt, la mujer que llamó la noche del asesinato de Mary preguntando por el diario.

El cuaderno fue entregado por Tony y Ben Bradlee a James Jesus Angleton con el ruego de que lo destruyera. «Fue una ingenuidad por nuestra parte, pero pensábamos que los de la CIA eran los mayores expertos en el asunto», escribió el cuñado de Mary en su autobiografía. A raíz del reportaje del «National Enquirer», la hermana de la artista logró recuperarlo y esta vez sí que despareció para siempre. Hay un epílogo al legado de Mary Meyer y es su pintura. Sus dos hijos donaron una de sus telas abstractas a la Smithsonian Institution y que se reproduce en estas páginas por primera vez.

Un único sospechoso

Respecto al asesinato de Mary se detuvo a un sospechoso, un afroamericano llamado Ray Crumb, que afirmaba que estaba pescando por la zona. No encontraron con él ninguna arma. Durante el proceso, el juez prohibió cualquier referencia a la vida privada de la víctima. Crumb fue declarado inocente y el asesinato, como el de Dallas, sigue siendo hoy un misterio. En los últimos años ha surgido la posibilidad de que fuera una operación de la CIA, pero, al igual que del magnicidio de JFK, probablemente nunca sepamos la verdad.

La mujer que introdujo el LSD en la Casa Blanca

La historia Kennedy-Meyer ha dado pie a la controversia, no solamente por el dramático fin de los dos protagonistas. El escritor Timothy Leary, uno de los ideólogos de las drogas psicodélicas, sorprendió a muchos en 1983 al desvelar en sus memorias «Flashbacks» que fue amigo de Mary Meyer y que ésta le confió que había participado en un plan para evitar una guerra nuclear con la introducción de este tipo de narcóticos, especialmente el LSD, entre los más poderosos de Washington, entre ellos, John F. Kennedy. Leary también recogía que tras el magnicidio de Dallas, Meyer la llamó preocupada por su seguridad. ¿Introdujo Mary LSD y marihuana en la Casa Blanca? Leary sospechaba que la respuesta estaba en los diarios destruidos de su amiga: doce años después del asesinato, el jefe de contraespionaje de la CIA, a quien habían sido entregados, los seguía teniendo, pero la hermana de la artista, Tony Bradlee, logró recuperarlos y fueron quemados ante varios testigos. Lo que sí parece seguro es que la pintora visitó al escritor en 1962 pidiéndole información sobre los efectos de estas drogas. Era el momento en el que la relación de Mary con JFK estaba en su punto más álgido. Tampoco se puede olvidar que el LSD era legal en aquel tiempo en Estados Unidos.