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Mayra Gómez Kemp: «Le he perdido el respeto a la muerte»

Mayra Gómez Kemp: «Le he perdido el respeto a la muerte»
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Su voz murió, se fue con el cáncer de lengua, y ahora tiene una voz nueva hecha a pulso con el trabajo de muchas horas ante el espejo practicando los ejercicios propuestos por el logopeda y el fisioterapeuta. Es la voz de su fuerza de voluntad, de su lucha. Cuando el médico le anunció un segundo cáncer, el de garganta, Mayra gritó: «¡Otra vez no!», para inmediatamente preguntar: «¿Y qué vamos a hacer ahora?». Radioterapia y quimioterapia, le dijo. «¿Y cuándo empezamos? ¿ayer?», soltó con el arrojo de quien ya sabe que toda queja es pérdida de tiempo y energía. Inútil.

–Ha ganado dos veces. Van a verla como una especie de superwoman...

–Espero que no, porque no lo soy. No soy una mujer extraordinaria ni santa Mayra. Sólo he tenido mucha suerte y buenos médicos. Y la reacción popular me ha ayudado mucho en las horas bajas.

–Hablemos de las altas. Quedará para la historia, marcada a fuego, como Mayra, la del «Un, dos, tres...». ¿Eso es bueno o es malo?

–Es bueno y malo. Nunca pensé que 30 años después me seguirían recordando por un programa. Quizá el «Un, dos, tres...» fue el último que vio toda la familia, y así el recuerdo ha perdurado en varias generaciones. Es malo porque te encasilla: parece que no sabes hacer otra cosa. Y sabes.

Actriz, cantante y presentadora, lo que de verdad le hubiera gustado es hacer documentales, «pero he tenido que ganarme la vida con otras cosas y ahora ya es tarde...» Otra espinita: hacer más teatro. Gracias a su primera película en Miami (una de serie B) se pudo pagar seis meses de universidad: periodismo y publicidad. En el 70 llega a España. Para ella era la reconquista, volver a la tierra de todos sus abuelos: «En Miami el futuro era limitado y además no quería ser ciudadana de segunda, parte del gueto cubano; no me gustan los guetos de ningún sitio».

–¿Y cómo es la España que ve?

–Otro planeta. Yo venía de EE UU, de hacer campañas por los derechos de los negros, etc. Aquí existía la censura. Trabajé en una agencia de publicidad y tuve que hacer el anuncio de un sostén sin mostrarlo en el cuerpo de una mujer: sólo tres segundos sobre un maniquí. Y estaba John Wayne hablando español, doblado. Era surrealista. Pero la gente me pareció maravillosa desde el principio. Nunca me sentí extraña.

Interpretando «Rocky Horror Show» conoció a su marido, Alberto Berco. Cuarenta años de matrimonio llenos de amor, paciencia... «Nunca pensé en divorciarme, pero sí en matarlo», dice riendo. Trabaja en el «Un, dos, tres...» como actriz. En su primer papel hace de hurí de «Las mil y una noches» y aún recuerda sin esfuerzo sus líneas: «Somos las huríes, hijas del sultán, nosotras premiamos al buen musulmán». Prodigiosa memoria, le digo. «Tengo muchos datos en mis neuronas que no me sirven de nada, quisiera borrarlos; eso sí: soy muy buena jugando al Trivial».

–Y llegó el trío Acuario, con María Durán y Beatriz Escudero.

–Sólo duré un año, porque José Antonio Plaza me hizo una oferta que no podía rechazar: presentar «625 líneas». Pensé que valía la pena. No hacíamos el tipo de canción que me gustaba, todo era comercial y basado en tres chicas vistosas. Yo venía del esfuerzo en el estudio, no podía basar mi vida en el físico. A mi marido lo ligué con el cerebro. Era una buena cantante, pero sólo eso. Y hay que tener algo más, está claro.

–El éxito está a veces donde menos lo esperamos...

–Cierto. Yo lo esperaba en el teatro musical. Nunca me vi como presentadora de un concurso. Además, los concursos eran entonces un feudo masculino, un mundo de hombres. Yo rompí con eso.

Seis años en el «Un, dos, tres...» y tres TP de Oro. Chicho Ibáñez Serrador pensó, después de hacer muchas pruebas, que la única forma de que la gente no comparara al nuevo presentador con Kiko Ledgard (había tenido un accidente) era recurriendo a una presentadora. «Me eligió por ser mujer, y por mi buena memoria, y por ser actriz». Después, estuvo en Antena 3, las autonómicas, Canal 7...Y en 2009, el cáncer de lengua. A los seis meses ya hablaba. «No podía pasar mi vida con una pizarra en la mano para comunicarme, había que luchar; me deprimía, sí, pero no me duraba mucho: me cabreaba conmigo misma por deprimirme». Fumó cajetilla y media al día durante 30 años; ahora anima a dejar el tabaco.

–Se puede decir que ha mirado a los ojos a la muerte...

–Sí, y es más amable de lo que creen. Pero, en fin, le he perdido el respeto a la muerte: no me llevará fácilmente.

Se tiene que hacer pruebas cada tres meses. Las últimas dijeron que todo estaba bien. Va cada semana a Aragón TV. Ha aprendido que casi todas las cosas que tanto nos importan, en realidad no importan. Y que su futuro es hoy. «Mañana será otro día», dice. Y sonríe.