Micky: «Me encantaría morir en el escenario de un infarto»

«La mayoría de rockeros fuimos hijos mal de familias bien»
«La mayoría de rockeros fuimos hijos mal de familias bien»

Era un joven que sentía el rock a golpes de corazón y saltos de canguro, un tipo con cara de boxeador aún no sonado, alto y desgarbado, delgado sin hambre, que se tiraba al suelo y sobre el público mientras cantaba las cosas de Elvis, un contorsionista con alma de showman, y como nadie sabía qué decir de aquel ser de la nueva especie canalla, le llamaron El Hombre de Goma, como Franco definió a Antonio El Bailarín después de que actuara en El Pardo. Y hasta el día de hoy Micky sigue sin saber estarse quieto cinco segundos en el escenario y en la vida, «no he aprendido a estar quieto –me dice– y espero morirme sin aprender».

–¿Cómo el hijo de un notable diplomático, que aprendió idiomas de ciudad en ciudad en su infancia itinerante, se convierte en un rockero con mucho morro, gamberro y tal?

–Estaba interno en Beirut y los jesuitas pidieron voluntarios para interpretar «El médico a palos», de Molière. Levanté la mano por aquello de salir de clase. Me enganchó el escenario, y además me daban de merendar mejor y me aprobaban. Luego estuve en un coro inglés. Aprendí a vocalizar. Y llegó el momento Elvis, que me arrastró al rock.

El rey Hussein iba a su casa a menudo porque quería ligarse a su hermana mayor, pero el padre y embajador, católico, no era muy partidario de la idea por aquello de la poligamia árabe y el harén. Después de cantar donde podía, colegios mayores y clubs, Los Tonys le convierten en su vocalista, y así nació el grupo mítico de los 60: Micky y Los Tonys. Tocaban en el Castellana Hilton y allí, además de ver de cerca a Ava Gardner y Anthony Quinn, Micky ligaba un montón con las ricas maduritas yanquis que le mandaban mensajes como «chico, tú eres mi bala». Tenía una vieja Vespa que compró por 500 pesetas y que conducía sin carné.

–También actuaban en el club de la base aérea de Torrejón. Me imagino que salían cargaditos de tabaco rubio y whisky...

–No. Nos llevábamos amplificadores y otros aparatos que los americanos traían de Alemania. Nos equipamos a la última.

–En los 70 empieza su carrera en solitario. Y llega «El chico de la armónica»...

–Fue mi primer gran éxito, mi buque bandera. He sabido que Elvis lo grabó en una maqueta, pero nunca salió al mercado.

Triunfó en Alemania con una canción que hoy le podría dedicar a la Merkel: «Bye, bye, fraulein». Su madre era alemana y su padre fue un montón de años cónsul en Berlín. «En casa hablaban alemán, así que tengo el oído acostumbrado a ese idioma que ahora estudio, porque quiero trabajar en Alemania, ir a ver qué pasa». Y en el 77 le tocó Eurovisión: interpretó «Enséñame a cantar». El tema pegó y Micky me dice que hoy volvería al festival sin pensárselo dos veces.

–Hábleme de los rockeros de entonces...

–La mayoría éramos niños mal de familia bien, las ovejas negras de las familias burguesas. Así nace el rock en España. Un día tocábamos en un club madrileño y armábamos tanto follón que los militares que vivían encima llamaron a la policía. Nos dispersaron al grito de «todos a vuestra puta casa, coño». Pero la verdad es que nunca fui muy golfo.

De gira con un espectáculo de Nati Mistral, no se les ocurrió nada mejor que darle al rock duro en un pueblo de Valladolid, ante un público estupefacto de garrota y boina. Se enfadó Nati y al día siguiente tocaron con guitarras españolas «Bésame mucho». Antes, en el 64, estando aún en la mili, trabajaron, él y Los Tonys, en la película «Megatón ye-yé», que ahora es filme de culto en EE UU. Representó a España en el festival de San Sebastián, «y allí pude ver a mi sueño, a mi querida Kim Novak bajando las escaleras del hotel María Cristina; sólo por eso mereció la pena el viaje».

–Y ahora, de gira con «Los Míticos»: Jeanette, Tony Ronald, Lorenzo Santamaría...¿Vende bien la nostalgia?

–Sí, pero yo mejor que nostalgia diría memoria. Llevamos más de 500 actuaciones. Cantamos la banda sonora de la vida de millones de personas.

Me dice, hablando del futuro, que él ya está viviendo su futuro en Aguamarina, en la costa de Orihuela, frente al mar. No para quieto: nada, estudia alemán y escribe un libro de memorias que quizá se titule «Las andanzas del hombre de goma». No puede imaginarse la vida sin actuar: «Me encantaría morir en el escenario de un infarto, algo rápido». Cree que envejece con dignidad, es hipocondríaco, cristiano practicante, disciplinado y acaba de celebrar sus 40 años de casado. No tiene hijos. Aconseja a sus sobrinos que aprendan alemán y se larguen, como quiere hacer él.