Lina Morgan no podrá volver a ingerir alimentos sólidos

A Daniel Pontes, hombre de confianza, le confesó: «No quiero morir aquí»

Lina Morgan acompañada de Daniel Pontes, en el funeral de Juanito Navarro
Lina Morgan acompañada de Daniel Pontes, en el funeral de Juanito Navarro

Ya se lo han dicho, vaya trago: sigue estacionaria y el 18 se cumplen cinco meses de su internamiento en la UCI donde le mantienen la cánula. Recuperó la lucidez al dejar de estar sedada y Daniel Pontes, su apoyo y hombre de confianza, empieza a dudar del acierto médico: «Hace días pensaban subirla a planta pero recayó. Y ahí sigue», me cuenta, pero no desesperado. Diría que más bien ilusionado porque finalmente pudo hablar con ella, ponerla al corriente, darle el parte de incidentes y amigos de verdad como Luis María Anson, «que llama cada día para saber cómo sigue», Natalia y Raphael, o un José Frade que siempre se ofrece «para lo que necesitéis». «¿Lina pregunta, se interesa, es consciente de cómo está?, pregunto. «Absolutamente. Incluso me recomendó hablar con abogados tras las declaraciones de Raúl Sender: ''Queréllese y pague con dinero de la empresa''». El estado económico, me asegura, le inquieta. «Sigue bien saneado», le detallo y tranquilizo respondiendo a lo que hay. «''La jefa'' lo sabe todo y no le escondo nada cuando cada mañana, a las 12 horas, la visito e informo ahora que podemos hablar». Fidelidad a prueba de bomba, lealtad encomiable con entrega total. «No le han dicho que no volverá a comer por la boca, pero ella lo intuye. Es consciente de lo que tiene. ''No quiero morir aquí'', me dijo días atrás tras su tercera parada cardiaca», resalta.

Desencantada con Broadway

La reciente muerte de Mickey Rooney me hace recordar cuando ella, su hermano José Luis y Tony Luján, colaborador y amigo, le vimos actuar en Nueva York. Era el primer viaje de Lina. Antes estuvieron en Hawái, –que le pareció un Benidorm con faldas de paja– y nos juntamos en el Waldorf Astoria donde quedó impactada con el piano blanco de Cole Porter inmortalizado en el vestíbulo. El compositor de «Begin The Beguine» y «Noche y día» tenía allí una suite permanente donde organizaba lo inimaginable. De tanta anécdota se empapó Lina y compañía informados por el rendido Pepe Peces, perfecto guía hasta de los bajos fondos que entonces, principos de los 80, tenía paraíso en el Men's Shap del antiguo mercado de la carne. Era centro de reu-nión gay con más de cuatro pisos donde no te dejaban entrar si no ibas cuadriculado. Yo tuve que quitarme el jersey. Cada planta tenía una especialidad, era un verdadero catálogo del sexo masculino. Fuimos tras darle una pastilla a Lina, arroparla amorosamente y dejarla frita en la enorme suite con un salón. Rooney y Ann Miller protagonizaban el musical «Sugar Babies», que no se dónde he leído que estrenó Carol Channing cuando apenas podía moverse. Yo había comprado entradas porque me parecía un espectáculo perfecto por unir a dos figuras emblemáticas de Hollywood. Resultaba deslumbrante, lleno de genio y electricidad. Broadway en su mejor esencia. Pero nos hundió al comentar decepcionada que «no me ha gustado nada. En España lo hacemos mejor». Acababa de estrenar «¡Vaya par de gemelas!», que duró cuatro años y donde Amelia Aparicio, madre de Manolo Otero, competía en gancho con Anne Marie Rosier, entonces con Enrique Cornejo y madre de su hijo Alain. El desencanto de Lina fue un mazazo hundidor y ahora lo recuerdo cuando Mickey se ha ido al Parnaso eterno.