Michelle Obama, primera dama de los pies a la cabeza

Michelle Obama el martes en la catedral de Washington

Michelle pasma con su constante transformación, nada que ver con la mujer rellenita que llegó a la Casa Blanca. Ha sabido acomodarse a las exigencias de un cargo que va más allá de lo simplemente representativo. Durante el juramento de su marido como presidente impactó y demostró que sabe estar en cada ocasión, primero con ese traje malva, a juego con el de sus hijas, y, después, con el impresionante diseño de gasa y terciopelo rojo de Jason Wu. Nada que ver con Betty Ford, la Nixon y ya no digamos la robusta Bush. Mostró una radiante exquisitez, a lo Jackie Kennedy, y que a veces llega a producir en los americanos cierto rechazo. Michelle resulta incomparable con sus antecesoras y también con otras primeras damas mundiales. Cómo olvidar a Claude Pompidou o Bernadette Chirac, fieles al Chanel más clásico, nada que ver con lo que ahora ofrece la casa, que parece haber olvidado el estilo de Karl Lagerfeld. Todos mantenemos fresca su reciente estancia en Madrid para recibir el Premio Marie Claire, que supuso el inesperado adiós de su directora, Joana Bonet. Un despido sorprendente tras una gala inolvidable en la embajada francesa, cuyo nuevo titular espera aún su debut. Será mañana en Palacio, cuando presente las cartas credenciales a Don Juan Carlos junto a los nuevos representantes de Ucrania, Cabo Verde, Jordania, Serbia y Uruguay.

Vuelvo a Michelle, cuya distinción recuerda a Carmen Polo, reflejo de una época, siempre con sombrero y guantes discretos. También perfecta era la discreción de Amparo Illana o la de Pilar Ibáñez, de Calvo Sotelo. Más sosa fue Ana Botella, aunque ahora ha animado su guardarropa con aires hippys, quizá poco acordes con su trayectoria política. Impactó en la boda del hijo de Ruiz Gallardón en contraste con la siempre adecuada de Mar Utrera. Sonsoles Espinosa no tenía un estilo definido, siempre de la mano de Elena Benarroch que le creó un aire sofisticado y distante «not made in Spain». Acentuó su frialdad, tan diferente al estilo doméstico de Carmen Romero.

Michelle Obama marca época y estilo, fiel a las firmas norteamericanas – Crow es uno de sus preferidos–. Demuestra que está en permanente evolución y que progresa con el tiempo, cada vez más cómoda y segura en la Casa Blanca. Lo mismo cabe decir de sus crías. Aún recuerdo nuestro alucine –quizá mundialmente compartido–, el día en que la más pequeña apareció con estridentes tules amarillos en el palacio de Marivent hace tres veranos. Algo diferente a los modos y comportamientos actuales, que, aunque mucho más formales, han conseguido reafirmar su estilo sin perder personalidad.

Es el fenómeno «cargo como escaparate» en el que la experiencia se acusa en la vestimenta. Le pasó –a otros niveles– a Esperanza Aguirre en sus etapas ministeriales, ahora menos mona que cuando estuvo al frente de Cultura. La popular se ha hecho adicta a los broches de solapa, punto de encuentro con Ana Botella y otras tantas que así expresan su personalidad étnica: Pilar del Castillo, Carmen Calvo –que parecía querer popularizar el estilo «casero»– o Carmen Alborch –rendida al multiplisado Miyake–. Tener poder llega a influir y consagrar estilos indumentarios. Michelle es un buen exponente.