Teresa Viejo: «Me gusta mezclar los sentimientos con la intriga»

Después de mucha televisión, radio, prensa y tres libros de no ficción –«Hombres: modo de empleo», «Pareja: ¿fecha de caducidad?» y «Cómo ser mujer y trabajar con hombres»– consiguió que «La memoria del agua» (Martínez Roca), su primera novela, se convirtiera en serie de televisión. Dicen que la segunda obra siempre produce algo de temor, sin embargo, Teresa Viejo se siente mucho más segura con «Que el tiempo nos encuentre» (Martínez Roca), su relato de la época dorada del llamado Hollywood hispano, ubicado en ese México de los años 40 en el que muchos españoles encontraron su refugio cuando escapaban de la escasez de nuestra posguerra, que la autora, según cuenta, no conocía demasiado. «Ese México, lo confieso, no era ni siquiera de mis países favoritos. Y justo el tiempo de la Segunda Guerra Mundial tampoco lo era. El mundo del cine sí era atrayente para mí, pero también poco conocido. Y sin embargo, con todas esas circunstancias poco proclives, me topé con unas personalidades muy curiosas, unas vidas reales que merecían ser narradas y mezcladas con otras evidentemente inventadas». Llegar hasta ese espacio, tan totalmente ajeno, tiene mucho que ver con la curiosidad de Teresa Viejo; pero decantarse por ese tema de narración tiene algo de mágico o de casual. Sin un regalo en medio de la promoción de su anterior novela, ésta de la que hablamos hoy, tal vez no existiría: «Pues sí, porque fue en uno de los días de entrevistas de mi anterior novela cuando alguien me regaló unas pequeñas postales que reproducían carteles cinematográficos de alguien que había nacido en un pueblo de Ciudad Real y que se había trasladado a México en el año 41. Esta persona desarrolla una carrera que tibiamente había iniciado en los años de la República porque era un hombre muy polifacético que hacía muchas cosas al tiempo. Y una de las cosas que hizo en esa España de los años 30 fue montar una productora cinematográfica; cosa que, con los años, también hará en México, después de trabajar con grandes productores, dirigir películas, escribir, guionizar y hasta impulsar una ciudad cinematográfica. Y ya plenamente sumergido en el mundo cinematográfico, da trabajo a otros españoles y se convierte en uno de los grandes puntales del cine mexicano. Su nombre es Miguel Morayta. Tiene 103 años. Y yo, que me enteré de que residía en la Colonia Condesa en México, me trasladé allí para buscarle».

Casi un mes en México visitando archivos, comprando libros, viendo películas, siguiendo la pista de la gente y tratando de recorrer las ciudades «con los ojos de los años 40» hicieron decidir a Teresa escribir esta historia en la que ha estada volcada durante dos años: «Ha sido un trabajo muy complejo, con mucha tijera, con mucha reflexión y con mucho ordenador para volver al ordenador. El otro no fue así. La otra historia fue una pulsión. Es decir, yo recibo una serie de datos y digo: "venga, aquí vamos, un testigo, lo cuento y ya está". Esta novela, sin embargo, ha sido hecha con el corazón y con la cabeza, En ella hay mucho "flashback"fruto de haber fundido realmente dos libros. Si se hubiera quedado en su primera versión ahora tendría 800 páginas. Y quedó en 500, que son bastantes. Tiene mucho trabajo detrás». Y muchos nombres, muchos personajes que van apareciendo en el escenario colorista que pinta la autora, donde se escuchan diversas voces. Pero si hay uno que destacar, ése es el de Aurora, a quien según avancemos en la lectura de las páginas de Teresa Viejo también conoceremos como Vera Velier: «Eso sucede cuando Aurora se metamorfosea en la gran actriz de cine en la que se convierte, con todo lo que supone para ella; porque yo tenía un reto y era crear. Y necesitaba, evidentemente, para contar el mundo del cine, los ojos de mis personajes. Y no había una opción más clara que la de alguien que entrara en ese mundo difícil pero tan seductor como atrayente, que una Cenicienta. Y crear una de la nada aparentemente es fácil; pero podías caer en el maniqueísmo de bueno, malo, guapa, fea, triunfo, éxito, no triunfo... Y yo necesitaba a alguien que tuviera un complejísima vida interior. Tanto como para plantearse si ese éxito le compensaba». Los personajes de Viejo siempre esconden secretos, porque ella cree que si son poliédricos y crecen, resultan más versátiles y ricos y empatizan mejor con el lector cuando esconden cosas. Así que su Aurora tiene secretos, Pablo, el amor de su vida, también los tiene e incluso la propia Teresa los reconoce, aunque me dice que no me los desvelaría, claro. Pero bastante de ella deja en sus páginas, como todos los escritores. Y más aún si cabe en una novela de sentimientos, como ésta, en la que la intriga también tiene su espacio. «Me gusta mucho mezclar las dos cosas», dice Teresa. Eso es en la ficción. Me quedo con las ganas de preguntar si también en la vida...

Personal e intransferible

Teresa Viejo, a quien actualmente podemos escuchar en su programa de RNE , «La observadora», nació en Madrid. Cuando le pregunto por su estado civil me pregunta: «¿Cuándo una está divorciada, qué es? Soltera, le digo. «Pues entonces soltera, que lo de decir divorciada no me gusta nada». No tiene hijos («Si fuese hombre tendría que decir:"no lo sé"») y se siente orgullosa de «no haber hipotecado ninguno de mis principios, que no es fácil. De haber sido congruente desde niña y de seguir teniendo las mismas vocaciones vitales». Tampoco debe ser fácil ser embajadora de Unicef para España, por mucho que lo parezca: «Mi función en Unicef es la de divulgar los derechos del niño y trasladarlos a cualquier rincón del planeta». Se arrepiente de no haber dicho alguna vez que «sí», perdona y se reconoce «desmemoriada para el agravio». A una isla desierta se llevaría el ordenador, le gusta comer «jamón, jamón» y beber agua, es una maniática del orden y tiene que tenerlo todo perfectamente medido y encajado, además de ordenado por colores; no recuerda nunca los sueños, el libro que marcó su vida fue «Razón de amor», de Pedro Salinas y la BSO de su vida sería una canción que canta María Dolores Pradera titulada «El tiempo que te quede libre». De mayor le gustaría ser «vieja y escritora o escritora vieja» y si volviera a nacer sería «yo misma».