Historia

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El lanzallamas por José Luis Alvite

La Razón
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Con las cosas así de mal en España, es obvio que lo que se intuye es un inmediato empeoramiento, un incontenible auge de la miseria, el rebrote de la desesperanza. De la clase política ya poco podemos esperar, y en cuanto a nosotros, la gente de la calle, habremos de recapacitar y darnos cuenta de que aquí un puñado usa la cabeza como recurso para pensar y el resto la emplea apenas como testuz para embestir. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, ebrios de vanidad y de soberbia, como náufragos que de repente se han dado cuenta de que permanecían a flote en una barca con la quilla de azúcar. Cuesta creer que hayamos dilapidado tanto y que la muerte sea ahora mismo la única institución que funciona con la vieja regularidad de siempre. ¿Dónde están los intelectuales comprometidos y reflexivos que suponíamos habrían medrado al amparo del verdor universitario? ¿Cómo es posible que se hayan convertido en publicitarios tertulianos de las emisoras de radio en un país en el que los dirigentes de los partidos buscan el aplauso de sus correligionarios con ceremonias endogámicas en las que todo es tan absurdo como sin duda lo seria que los sacerdotes le predicasen a Dios el cristianismo? Vivimos tiempos malos y no cabe duda de que se avecinan días peores. En la cálida pereza de las vacaciones, agosto se promete lleno de ocio, de playa y de sandías. Pero será una bonanza pasajera, un sueño que hayamos tenido con los pies en el suelo. Después la lluvia dispersará la verbena, el retrete se tragará la heces de la paella y los muchachos volverán a las aulas sin demasiada convicción, acaso persuadidos de que los retoques educativos han sido tan nefastos, que la próxima vez lo mejor será que la reforma la haga con un par de narices alguien que se atreva a entrar en la universidad empuñando un lanzallamas.