Y con ella llegó el escándalo por Sergi SÁNCHEZ

El tipo de personaje que le dio un par de Oscar fue el de la mujer pasional, de sexualidad voluptuosa y traumatizada

Taylor en 1970, imagen que ilustra su biografía «El amor y la furia» (Lumen)
Taylor en 1970, imagen que ilustra su biografía «El amor y la furia» (Lumen)

Pocos podrían imaginar que Liz Taylor que se ganaba el pan con el sudor de su frente infantil en clásicos de la Metro como «La cadena invisible» o «Fuego de juventud» acabaría convirtiéndose en la bestia parda, exultante de rabia y alcohol, de «¿Quién teme a Virginia Woolf?». La niña de la mirada violeta, que parecía llevarse especialmente bien con los animales, sobre todo si se llamaban Lassie, estaba predestinada a transformarse en una de las caras bonitas que iban a iluminar el cine de la posguerra, pintado en brillante Technicolor para entretener a veteranos y amas de casa. Pero Taylor se negó a ser sólo una niña prodigio, y a pesar de que, en los inicios de su carrera, explotó su belleza de porcelana –sobre todo en películas como «Rapsodia», «La senda de los elefantes», «La última vez que vi París» o «El árbol de la vida»–, quiso demostrar que podía arrancarse la etiqueta de mujer florero que le habían pegado en la frente.

George Stevens y Tennessee Williams fueron sus talismanes en la década de los cincuenta. El primero le ofreció estrenarse como protagonista de una película seria y de prestigio, «Un lugar en el sol», y más tarde le regaló la posibilidad de ser la heroína de la monumental «Gigante». Dos brillantes adaptaciones del segundo, «La gata sobre el tejado de zinc» y «De repente, el último verano», le ayudaron a configurar el tipo de personaje que la convirtió en actriz oscarizada: el de la mujer pasional, de sexualidad voluptuosa y traumatizada, pura emoción en un cuerpo que, entre el delirio histérico y el encanto sensual, organizaba con su presencia la puesta en escena. Fue interpretando a una prostituta de lujo enamorada de un hombre casado en «Una mujer marcada» cuando ganó su primer Oscar. Cuerpo en venta y amor en las vísceras para un personaje escandaloso que Taylor odiaba.

El de Cleopatra, otro cuerpo de mujer fatal y calculadora, le hizo ganar un millón de dólares y un marido, Richard Burton, con el que se casaría dos veces y con el que protagonizó uno de los romances más publicitados y controvertidos del Hollywood clásico. Nombrar a Burton es inevitable: rodaron once películas juntos, y, en cierto modo, buena parte de sus colaboraciones puede entenderse como el documental de una relación tumultuosa trufada de desencuentros y regresos violentos. Liz Taylor es la prueba de que, en ocasiones, realidad y ficción se funden en el oficio del actor. «Lo que intento hacer», afirmó, «es dar el máximo efecto emocional con el mínimo movimiento visual». Sabía que en su belleza había algo vulgar, incluso agresivo. Esa vulgaridad estalló en mil pedazos en la cima de su carrera, en la segunda mitad de los sesenta, con películas como «Reflejos de un ojo dorado», «Ceremonia secreta» y, sobre todo, «¿Quién teme a Virginia Woolf?». Jack Warner quería para el papel de Martha a Bette Davis o Patricia Neal, y aceptó a Elizabeth Taylor a regañadientes. Con veinte kilos de más y una peluca improbable, la actriz obtuvo su segundo Oscar poniendo en escena una larga, histriónica y poderosa lucha cuerpo a cuerpo con su marido en la vida real. La película podía leerse como la anatomía de un matrimonio delante y detrás de la pantalla, pero lo más conmovedor era el modo en que Taylor se entregaba a la causa, como si la vida le fuera en ello. Era el generoso trabajo de una actriz cuya imagen había diluido las fronteras entre lo público y lo privado, y que podía interpretarse como un grito de auxilio o como la orgullosa declaración de principios de alguien que estaba de vuelta de todo.


Desmesurado Williams
Si existía un autor de teatro que con sus obras podía, en aquella época, sacar todas las posibilidades interpretativas de un actor, ése era Tennessee Williams. El escritor le proporcionó a Liz Taylor unos papeles clave para impulsar su carrera: «De repente el último verano» y «La gata sobre el tejado de zinc», en la que la actriz coincidió con Paul Newman. Los dos formaron una pareja mítica. Pocas veces la pantalla ha resplandecido más que con ellos dos.