China amordaza al Nobel

Pekín prohíbe que alguien recoja el galardón de la Paz al disidente Liu Xiaobo, en la cárcel desde 2008

La imagen de Liu, proyectada ayer en una concentración celebrada en Oslo
La imagen de Liu, proyectada ayer en una concentración celebrada en Oslo

PEKÍN- Después de año y medio de debate y superando muchas presiones políticas, el Comité noruego decidió conceder el Premio Nobel de la Paz a Carl von Ossietzky. Corría el año 1935 y este periodista alemán, apenas conocido fuera de los círculos intelectuales europeos, acababa de salir del campo de concentración de Papenburg-Esterwegen, al que fue enviado por cuestionar públicamente el Tercer Reich. La propaganda nazi prohibió que la prensa publicase una sola línea sobre el premio.

Mientras, la Gestapo apretaba las tuercas a la disidencia, amenazaba a sus amigos e impedía que el galardonado viajase a la ceremonia de entrega, negándole el pasaporte y encerrándolo en un sanatorio. En el frente diplomático, el nacionalsocialismo presionó a los países aliados para desprestigiar el galardón. En mitad de una monumental rabieta, Goebbles llegó a anunciar que Alemania no volvería a aceptar nunca más un premio Nobel. Von Ossietzky murió de tuberculosis, en la misma cama, dos años después.


Purga contra la disidencia
Han pasado tres cuartos de siglo y la historia se repite con un guión que resulta escalofriantemente parecido. El disidente Liu Xiaobo no pudo acudir ayer a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz 2010 porque se encuentra en la cárcel. Su esposa, sus amigos y decenas de disidentes han sido detenidos, incomunicados, o puestos bajo arresto domiciliario en las últimas semanas.

La Prensa china apenas habla del galardón y cuando lo hace es para desprestigiarlo, insistiendo en que Liu es un «criminal» y un peligro para el Estado, que cumple una condena de 11 años de cárcel por «subversión» y delitos de opinión. El premio, insiste la propaganda, es un intento de desestabilizar a China desde el extranjero y una manera de imponer criterios occidentales en un país con una cultura política y social propia. Pekín ha realizado enormes esfuerzos diplomáticos para evitar el premio a Liu, primero, y para que la ceremonia fuese boicoteada, después, presionando con su musculatura económica y con su peso en las instituciones internacionales donde las grandes potencias practican el clientelismo.

Algunos, como Serbia o Colombia, que inicialmente renunciaron a asistir para contentar al gigante asiático, cambiaron de opinión después de que prendiese el debate en sus respectivos países.

Como en 1935, la silla del Nobel de la Paz quedó ayer vacante, no hubo discurso, ni palabras de agradecimiento. Es cierto que ocurre algunos años, siendo ésta la quinta vez: tampoco les dejaron recoger el premio, por ejemplo, a la disidente birmana Aung San Su Kyi o al polaco Lech Walesa. Pero ellos, al menos, pudieron mandar a alguien de su familia a leer su discurso y hacerse con el cheque de 1,5 millones de dólares con el que está dotado el galardón. Algo que, en la historia de los Nobel, tan sólo a Von Ossietzky y Liu Xiaobo no les ha sido concedido.

Durante la ceremonia, en la que una foto gigante de Liu presidió el acto frente a su silla vacía, el presidente del Comité Noruego, Thorbjoern Jagland, hizo un repaso histórico de los galardonados que recibieron la noticia en prisión, algo que «por sí mismo ya demuestra que este premio es necesario y apropiado». «Muchos se preguntarán –continuó– si China no estará manifestando su debilidad (…) al condenar a un hombre a once años de cárcel únicamente por expresar sus opiniones sobre cómo se debería gobernar su propio país».

Mientras esto ocurría en Oslo, y al tiempo que desde la Casa Blanca Obama pedía la liberación de Liu, en Pekín la mayor parte de la población ni siquiera estaba al tanto de la ceremonia. Por la censura, pero también por la indiferencia que despierta entre la mayoría de los chinos el trabajo de unos pocos intelectuales que todavía piden una reforma democrática radical, la mayoría de ellos supervivientes de los movimientos estudiantiles de la Plaza de Tiananmen de 1989.

Algunos diarios, como el nacionalista «Global Times», sí hablaban del Nobel, pero en un tono colérico. «Es inimaginable», aseguraba en un editorial refiriéndose al Nobel, «que tal farsa, similar a la que puede verse en las sectas, pueda representarse en el continente civilizado de Europa». Y por si acaso a alguien le quedaban ganas de descorchar una botella de champán en la capital, las autoridades prohibieron la celebración de fiestas privadas en bares y restaurantes con más de seis personas, incomunicaron a los opositores habituales y redoblaron la vigilancia policial.

La censura en internet, una vez más, volvió a apretarse, dejando fuera de servicio la web oficial de los Nobel, la de la televisión noruega y la BBC, entre muchas otras. Frente a la casa de Liu Xiaobo, donde sigue encerrada su esposa, Liu Xia, se levantó un misterioso andamio. Un armatoste colocado justo a tiempo para impedir que nadie fotografíe o grabe la fachada donde solía vivir el Premio Nobel de la Paz.