OPINIÓN: Una mujer en el cielo de Silos

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De quienes nos han hecho el bien y nos han dejado solemos decir que están ya seguramente en el cielo. No imaginamos el cielo lleno de rostros que sólo Dios puede ver y que sólo pueden verle a Él. Dios es el cielo del cielo y nosotros somos la tierra separada de Dios por el cielo en el que nuestros difuntos ven a Dios. No podemos imaginar el rostro de Dios tan fácilmente como podemos imaginar el de nuestros difuntos. Por eso el cielo sigue siendo para nosotros un lugar y ese lugar es imaginable y podemos representárnoslo aquí en la tierra. Necesitamos imaginarlo porque el amor se alimenta de figuras. Pues bien, una de las imágenes del cielo más visitadas por nosotros es el claustro de la abadía de Silos. Desde este cielo hecho de tierra y piedra podemos levantar nuestros ojos al Inimaginable, al que «ni ojo vio ni oído oyó», al cielo del cielo. Este fin de semana hemos regalado este cielo a los amigos y admiradores de la obra y la persona de Encarnación Huerta, poeta madrileña recientemente fallecida. Aquí, junto a las columnas y las aves del claustro, ella ha revivido para nosotros en su voz, guardada con primor por su esposo, Simeón Martín Morales. De su antología, cuidadosamente editada por Basilio Cañada, hemos tomado con unción litúrgica dos versos, sólo dos versos que hablan de cómo la ilustre escritora veía el mundo: «Decir asombro o mundo/ provoca el mismo gesto». Ella se habría llenado de asombro la primera vez que estuvo en Silos. O mejor: se habría vaciado de asombro porque de asombro esta mujer estaba siempre llena, grávida. Mirar con asombro es ver más de lo que se ve, es quedarse viendo algo nunca visto en aquello que se ha visto, acaso, ya muchas veces. En el mundo.