CRÍTICA DE CINE / «Una mujer en África»: Negro sobre blanco

Director: Claire Denis. Guión: C. Denis y Marie N'Daye. Intérpretes: Isabelle Huppert, Christopher Lambert, Nicholas Duvauchelle. Francia, 2009. Duración: 106 minutos. Drama.

«Una mujer en África»: Negro sobre blanco
«Una mujer en África»: Negro sobre blanco

Da miedo verla, sola, en una carretera a pleno sol, como un animal que acaba de escaparse de su cautiverio. Isabelle Huppert siempre da miedo, pero es el modo en que la filma Claire Denis –¡por fin estrena en España!– el que la transforma en un cuerpo sin referencias, un cero agitándose en la nada. Pronto la película vuelve al pasado, toma atajos, se retuerce sobre sí misma y nos explica que Maria (Huppert) es la dueña de una plantación de café en un país africano azotado por una guerra civil. María es ese «material blanco» del título original («White material») que no ha resuelto con éxito sus vínculos con la otredad. Es europea, pero se siente africana, aunque los africanos la miran como si fuera una extraterrestre.
 Denis, que vivió su infancia y juventud entre Camerún y Burkina Faso, sabe de lo que habla. «Una mujer en África» se parece más a «Beau Travail» que a «Chocolat», su ópera prima autobiográfica, por citar las dos películas de su filmografía que transcurren en el continente negro. Dicho de otra manera, no es tanto un filme sobre el colonialismo como sobre cuerpos en lucha contra sus límites, contra la definición que les da sentido. Esa lucha en «Una mujer en África» nos conduce inevitablemente a la locura: por ello Maria está tan cerca del capitán Ahab de Melville como del coronel Kurtz de Conrad, porque la suya es una lucha contra la violenta lógica del mundo. Denis no se deja llevar por su tendencia a la abstracción, por su cripticismo, aunque nunca aclara las razones que tiene Maria para llegar hasta donde llega. Denis ancla la enloquecida odisea de esta mujer testaruda en una puesta de escena hermosamente telúrica, donde la mezcla de sudor y polvo consigue que el relato ponga los pies en el suelo. Y es un suelo que quema, rugoso, pero apetece pisarlo.