Oreja simbólica de Aguilar

- Madrid. Última de la Feria de la Comunidad. Corrida Goyesca. Se lidiaron toros de Carmen Segovia (2º, 3º y 4º) y Conde de Mayalde, desiguales de presentación y juego. El 6º, noble. Tres cuartos de entrada. - José Luis Moreno, de blanco, estocada tendida, pinchazo, aviso, estocada, tres descabellos (saludos); pinchazo, media, aviso, estocada, dos descabellos (silencio). - Diego Urdiales, de mostaza, estocada, aviso, tres descabellos (saludos); pinchazo (silencio). - Sergio Aguilar, de grana, estocada (silencio); estocada (vuelta al ruedo).

Sergio Aguilar, en un derechazo al sexto toro de la tarde, del que pudo pasear una oreja, ayer en Las Ventas de Madrid
Sergio Aguilar, en un derechazo al sexto toro de la tarde, del que pudo pasear una oreja, ayer en Las Ventas de Madrid

MADRID- Costaba romper la tarde. Andábamos ya abocados a una corrida más de Madrid. Solvente, desdibujada, inexpresiva y espesa por momentos. Pero al sexto, que venía de remiendo que no de titular, le dio por arrancarse a embestir. Tibio de brío, de esa expresión que le da importancia a todo lo que ocurre en el ruedo. Sergio Aguilar, en ese último puesto que suele tener difícil desenlace, buscó la vistosidad con la capa, justo antes de que dejara al toro en el caballo en una vara larga, quizá demasiado. El animal se desplazaba y esbozó buen son en los primeros compases. Comenzaba la faena, acababa la tarde. Aguilar lo hizo todo encajado, anhelando el encuentro, la armonía, coger al toro por delante para culminar el viaje atrás. Así pintaba. Así ocurrió, pero la faena contó con las intermitencias de perderse en tandas demasiado largas para la escasez del toro en ambiciones. Una búsqueda con encuentro. Entre vaivenes se fue a por la espada, pedía Madrid más. Rotundidad, que el viaje no fuera en balde. Con el mensaje en el ambiente, cogió Aguilar la zurda de nuevo, tres o cuatro pases y una estocada a la primera. Sólo una vez entró. Rodó el toro, pidieron la oreja que el presidente no concedió. Vuelta al ruedo de consolación. El temple había presidido la faena y su toreo tuvo hilazón. Poco consuelo tuvo con el tercero, que le cortó en seco las alas. Un quite por tafalleras repleto de quietud se antojó lo más creativo. Se las vio después con un astado que recortó el viaje, mirando de reojo y de frente al torero. Diego Urdiales ratificó la dimensión de torero serio y capaz aunque le vengan mal dadas. El segundo de la tarde le puso las cosas cuesta arriba nada más comenzar. Se había desplazado el toro, sólo que al primer muletazo por el derecho ya le impuso su camino: cogerlo. Vía directa. Con la seguridad de a quien el valor le viene de serie se puso al natural. Cruzado, no, cruzadísimo, buscando esa línea imposible que hace crujir por dentro los cánones del toreo. Se los pegó como quiso, solvente, encajado y sin la menor intención de rectificar. El toro acudió sin entrega, defendiendo por arriba lo que no sabía hacer por abajo, pero con la virtud de desplazarse. Y la faena no era de olés rotundos, sino de torero hecho y cuajado, que había porfiado sin aspavientos y sin esconderse. Intentaba pegarse un arrimón de órdago con el quinto cuando el toro se echó, falto de estímulos, de embestir ni hablamos. Desplomado, en las antípodas del toro bravo, nos aburrió, harto de sí mismo. José Luis Moreno abría plaza con un Conde de Mayalde que tendía a salirse suelto, las ansias de libertad que no llegaron y acabó por olvidar. Brindó al público. Se presagiaba algo. Algo estaba por llegar. Ni uno le dio de tanteo. Aprovechó ese viaje largo para hilar derechazos en el tercio, huyendo del viento. A pesar de que nos las prometíamos comenzó la cosa Moreno forzada, eléctrica, antes incluso de que el toro definiera lo que nunca llegó a definir. Unas veces vaciaba la arrancada con largura, viendo en el engaño el motor a seguir; otras cuestionó el valor, amenazó con esa media vuelta traicionera. Pero era para apostar y Moreno se aceleró por delante. Ya en el ocaso, vino lo más reposado. Un natural largo y profundo, de espaldas a la guerra y en el son de sentirse. Todo cupo en la faena, que perdió valor en el final. Se alargó más de la cuenta con el descastado cuarto, en un trasteo afanoso y sin luz. Urdiales y Aguilar se sobrepusieron a la tarde. Qué espesor por momentos.