En descomposición

La Razón
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Estamos ante un Ejecutivo al que no le importa sacrificar competencias del Estado por lograr unos meses de permanencia agónica en el poder. La última de este Gobierno en descomposición ha sido la cesión al PNV de la prerrogativa que permitirá a los convenios laborales de las autonomías prevalecer sobre los del Estado. O sea, algo insólito y fuera del sentido común, más propio de una Confederación de Estados que de una Federación de Autonomías. Erkoreka no salía de su asombro al comprobar lo fácil que le había sido lograr algo que de ninguna manera pensaba pudiera suceder. «Nunca conseguí tanto con una mera abstención». La sorpresa del portavoz abertzale era propia, pero también de los demás. Estamos ante un Ejecutivo al que no le importa sacrificar las competencias del Estado por lograr unos meses más de permanencia agónica en el poder. La irresponsabilidad es manifiesta, pero no nueva. Se acumulan los casos de decisiones tomadas desde el Gobierno central, sacrificando dinero y competencias estatales, con el único fin de mantenerse en la Moncloa, aunque sea por unas semanas. Claro, el resultado no puede ser más lamentable. Hemos montado un engendro autonómico ingobernable que da miedo. Diecisiete autonomías gastando sin parar y endeudándose hasta las cejas para mantener administraciones paralelas, empresas públicas ruinosas, televisiones y radios deficitarias, pesebres diversos en todos los sectores y una legión de cargos y asesores que marea. Las autonomías no tienen competencias en política exterior, pero hubo un momento en que en una misma semana coincidían viajando por el mundo diez presidentes regionales con séquitos de cincuenta o cien personas pagadas por el erario público. De manera que el vasco estaba en Buenos Aires, el catalán en Brasil, el riojano en California y el murciano en China. O bien hermanándose con aquella o esta región o ciudad, lo que propiciaba una estancia de una semana de los gestores de turno en las Scheichelles o en Honolulu, pues casi siempre se buscaban destinos fabulosos para tales hermanamientos. Y por su puesto, las embajadas. Las catalanas y las vascas, las oficinas en Bruselas y en Nueva York, el cacao de lobbys pagados con dinero público, la orgía de informes innecesarios e inservibles elaborados sólo con objeto de favorecer a los enchufados. Hemos creado un monstruo y afortunadamente ahora algunos se empiezan a dar cuenta de ello. La primera, Cospedal, que anunció esta semana drásticos recortes de hasta el 60 por ciento en cargos, amén de la supresión de servicios que se pueden desarrollar desde la Administración Central. Chapó por Cospedal. Aunque ahora hay que llevarlo a efecto. E ir más allá. No se trata de gestos heroicos en Castilla La Mancha o Madrid, sino de que sea la norma en todo el Estado. Hace falta reconducir el sistema hacia el sentido común, y eso sólo se puede lograr con un acuerdo PSOE-PP. Si se comprometen los gobiernos de ambos partidos habremos logrado que afecte al 90 por ciento del Estado. Más que suficiente para empezar a cambiar la imagen de unas Administraciones que se han instalado en el derroche y la ineficacia. O lo hacemos nosotros mismos ya, o nos lo harán de manera brusca desde Bruselas, como está ocurriendo con Grecia.