El veredicto final de Sidney Lumet

Sidney Lumet ha hecho un cine de conciencia. Una filmografía donde el crimen sólo era el pedestal para sobrevolar por encima de las corruptelas comunes, los condicionamientos ordinarios, la del policía infiltrado, el jurado que resuelve con premuras, el abogado septuagenario que aspira a retirarse de los tribunales con un último y decente acto de justicia.

El cineasta alcanzó su apogeo en la década de los setenta

 Sus cintas son un pretexto para examinar con lupa a ese hombre corriente, minúsculo, envuelto en asuntos importantes, aunque irrelevantes para el mundo, y que son las coyunturas exactas, las bifurcaciones reales, en las que se desenvuelven siempre los asuntos de honestidad, moral, integridad. Al director, que falleció ayer a los 86 años por un linfoma, le robó su repertorio al héroe y le entregó su cinematografía al norteamericano corriente, al ciudadano común, para los que contrataba, eso sí, a actores con renombre, porque él, sobre todo, fue un director de intérpretes firmes, ya con leyenda hecha.

Debutó con un filme maduro, más propio para un director que se aleja de los horizontes de los estudios, de la ornamentación eléctrica y falsa de los set, que para uno joven que se acercaba por primera vez a esos espacios. «Doce hombres sin piedad» (1957), que se llevó el Oso de Oro de Berlín y una nominación al Oscar, es una reflexión sobre lo que en el fondo es el mundo, una intersección de egoísmos, de personas que van a lo suyo y que apenas les preocupa las consecuencias de sus actos y decisiones: sólo desean regresar a sus rutinas, quitarse de encima el marrón que les ha caído.

Al final de su carrera volvió a las salas judiciales con un título crepuscular, nostálgico, que era «Veredicto final» (1982). Lo protagonizaba Paul Newman, una de esas vocaciones que jamás consideró la vejez una excusa para no hacer un buen trabajo. Las dos cintas reflejan la concepción que el realizador se había hecho de la justicia y lo que la rodea. Ese tema fue uno de los ejes de la carrera, o al menos uno por los que se le recuerda. Lo trató, incluso, desde una adaptación literaria, «Asesinato en el Orient Express» (1972). Una novela de Agatha Christie, en la que el detective, Hércules Poirot (Albert Finney en la pantalla) resuelve el caso, pero deja impune a los asesinos (que son muchos en esta ocasión, uno por puñalada). Un final que la relaciona con las dos cintas anteriores (por esta película, Ingrid Bergman recogió su tercer Oscar).

Junto a ese mundo está el policial, con sus proximidades con la delincuencia, que trató en un filme poderoso, «Serpico» (1974), con un Al Pacino afortunado, en sus mejores momentos. Resultó un «shock» y, además, salió bien en taquilla. En esa estela se sitúa «El príncipe de la ciudad» (1981) y también, en sus inmediaciones, «Tarde de perros» (1975), con un Al Pacino inspirado, cuando todavía no se había acomodado en la fama (en esta misma senda avanza su última producción «Antes de que el diablo sepa que estás muerto», alabada por la crítica). Pero Lumet debió de ser hombre de preocupaciones diferentes, y aunque hubo tropiezos, dejó algunas cintas imprescindibles, de las que tallaron su celebridad, como «Larga jornada hacia la noche» (1962), «El prestamista» (1964) o «Network», donde vaticina el final de una clase de periodismo a través de una dura sátira.