El mejor amigo de China

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La visita del presidente del Gobierno al gigante asiático, al frente de una nutrida representación de empresarios españoles, tiene un objetivo económico claro: impulsar la cooperación comercial y financiera con la que ya es la segunda economía del mundo y colocar a España como aliada preferente de la zona euro. China posee en la actualidad el 12% (unos 25.000 millones de euros) de la deuda española que está en manos de países extranjeros, cantidad que seguramente se incrementará en los próximos años en consonancia con la presencia comercial cada vez más intensa de la economía asiática en España. El desarrollo en nuestras ciudades de las inversiones chinas durante las últimas décadas ha pasado de ser algo exótico y minoritario a formar parte sustancial del entramado social y urbano, con una fuerza y pujanza sin parangón. De hecho, la visita que ayer comenzó Zapatero –y que también le llevará a Singapur– podría considerarse la continuación de la que realizó a Madrid el viceprimer ministro chino, Li Keqiang, el pasado enero y que favoreció la firma de acuerdos comerciales por valor de 5.600 millones de euros. Ayer, tras la entrevista con el primer ministro chino, Wen Jiabao, Pekín mostró su intención de seguir comprando deuda española e invertir, a través de sus fondos soberanos, en el proceso de reestructuración de las cajas de ahorros españolas y probablemente también en aeropuertos. Después de este anuncio, Wen Jiabao calificó a nuestro país como «el mejor amigo de China en Europa». Unas palabras que, en esta ocasión, van más allá del halago protocolario en la medida en que nuestro país parece ser el elegido por Pekín para establecer su principal base logística para toda la zona comunitaria. Las autoridades chinas estiman que la posición estratégica de España, entre el viejo y el nuevo continente, es la adecuada para sus planes de expansión comercial. Tal elección supone, sin duda, una excelente oportunidad de negocio y fuente de empleo para nuestro depauperado mercado laboral, pero también entraña sus riesgos, entre ellos que nuestro país se convierta en la puerta de entrada a Europa de bienes y productos que no cumplen con la legislación comunitaria, violan las normas del mercado, incurren en competencia desleal y no se ajustan a las exigencias de seguridad y calidad para el consumidor. Resulta halagador que el primer ministro Wen afirme que «dos países conocen la verdadera amistad en las adversidades, como se conoce el verdor del pino en lo más crudo del invierno», pero la cooperación es una carretera de dos direcciones y, en todo caso, requiere el imprescindible respeto a las normas de circulación. A eso aludió Zapatero en su discurso sobre la conveniencia de que los productos agroalimentarios españoles tengan mejor recepción en el gigante asiático y así equilibrar la balanza comercial (actualmente China es la responsable de un tercio del déficit comercial exterior). Por lo demás, en aras del pragamatismo que suele presidir las operaciones comerciales, el presidente español prefirió obviar la cuestión recurrente de los derechos humanos y, en especial, la detención del artista chino Ai Wei Wei.