La oreja de la repetición

La estocada en sí misma fue un monumento. Una escultura. Una obra de arte. Estaba en la yema. Tan en el sitio preciso, que el toro se tragó con orgullo la muerte y en segundos, sin abrir la boca, se dio por vencido, por la única razón que no se puede morir de pie. Que si no, lo hubiera hecho. Qué fuerza tuvo la imagen.

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Cómo hizo Uceda Leal la suerte al cuarto de la tarde. Buen toro. Bonito toro. «Festivo» Juan Pedro, que salió de luto, como todo el encierro, por la reciente muerte del ganadero en un trágico accidente de coche. Juan Pedro, que en paz descanse, hubiera contenido la tensión en los tres primeros toros, de amplias cabezas, pero después hubiera disfrutado. Una eternidad tenía el primero entre pitón y pitón. Lástima que luego, cuando llegó la hora de utilizarlos, sacara el animal esa agilidad de cuello que dificulta la historia. Tuvo mala clase el toro, nada bueno. Pintaba negro. Que se lo digan a Uceda que se las vio cara a cara con él.

«Festivo», cuarto del festejo, nos cambió la tarde, las ilusiones. Hubiera disfrutado el ganadero. Tenía el toro una manera particular de embestir, lo hacía por abajo, pero había que esperarlo y la arrancada después tenía largura, y profundidad y a lo lejos quería crujir Madrid con el toreo de Uceda. Cuando empujó el torero y uno y otro se fundieron hubo derechazos sublimes, de largos, de templados, de cadenciosos. Eran aislados, paraísos que se perdían en la brevedad de las tandas. Cuando uno quería soñar, abandonarse, que el público también se abandona, se había escapado el argumento. Midió, tal vez, las fuerzas del toro, y quedó bonito, muy bien pintado. Algo vimos, lo primero de la feria, pero el toro tenía fondo, y recorrido por abajo. Se le ovacionó, ya en la otra vida, qué buena muerte le dio Uceda. Bien valía acabar así la unanimidad del premio. Y de ese trofeo vino después la repetición ante la baja de Leandro, que había caído herido en Valladolid en la misma tarde de ayer. Será así para Uceda la tercera vez que haga el paseíllo en Las Ventas en lo que va de semana. De récord.

El quinto le dio la oportunidad a Juan Bautista de reconciliarse con el público de Madrid. Descolgó el cuello el toro al salir de toriles y no lo dejó de hacer nunca. Bravo el de Juan Pedro. Tuvo la chispa de la ambición para querer muleta, tenía faena. Al francés le pudo la rapidez en los movimientos, con el sitio perdido y cegado, sin querer ver. Otra cosa había sido con el segundo, que tenía cara, pero estaba más ramplón de atrás. Se empleó el toro, qué conste, pero duró un suspiro. En esa brevedad la faena no alcanzó solidez. Morenito de Aranda completaba cartel. Anduvo por encima de esa media arrancada manejable que tenía el tercero de la tarde en una faena medida y solvente. Bien. El sexto tuvo mucha movilidad aunque es cierto que con genio al final del muletazo y la cosa quedó más tibia. Correcto, y sin romper moldes.

Se movía a la misma hora el toreo en distintas plazas de España y con la suerte según donde mirando a un lado: Leandro caía herido en Valladolid y José María Manzanares cortaba un rabo en Jerez. Morante le acompañó triunfal a hombros. Y en Madrid la cosa no acaba de cuajar. Las medias tintas nunca fueron buenas, y eso que Juan Pedro Domecq echó ayer una corrida para disfrutar o tirar la moneda al aire

Las Ventas (Madrid). Cuarta de San Isidro. Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq, serios de cara, desiguales de hechuras. Complicado el 1º, a menos el 3º, buenos 4º y 5º. El 6º se desplazó con cierto genio. Casi lleno. Uceda Leal, de azul pavo y oro, estocada caída (silencio); buena estocada (oreja). Juan Bautista, de burdeos y oro, pinchazo, media caída (silencio); pinchazo, media, descabello (pitos). Moranito de Aranda, de grana y oro, media estocada, dos descabellos, aviso (silencio); pinchazo, media, dos descabellos, aviso (silencio).