Y los barcos

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Los mercados de Melilla están desabastecidos. No llegan alimentos por la frontera con Marruecos. Ni carne, ni pescado, ni frutas, ni verduras, ni leche. He escrito «leche», no leches, que encajaría mejor con el ánimo imperante. Me pregunto: ¿Dónde están los barcos? Una nación seria no permitiría esta situación de abandono ni un solo día. Si hay que llenar el «ferry» Málaga-Melilla de alimentos, se hace. Si para ello hay que dejar en tierra los coches de los marroquíes, en tierra los coches. Las bodegas, rebosadas de víveres para los melillenses. Si se antoja excesiva la medida, el Gobierno puede fletar mercantes. Y en último caso, pedir a la Armada que abastezca la ciudad española. Pero no resulta tolerable ni admisible que veamos desde la península y las islas los mercados de Melilla tan vacíos como los de una ciudad bloqueada. Por aire y por mar, España tiene acceso directo a Melilla. Que se usen los helicópteros que tanto molestan al Sultán para llevar aceitunas rellenas. Se le podría lanzar alguna lata a la cubierta de su barco para alegrarle los aperitivos. Y de paso, cerrar la frontera. Los que pierden son los de allí, no los nuestros. Pero ni una concesión acomplejada más a los provocadores a las órdenes de Mojamé, que es más retorcido que una trenza de Karembeu.


Un barco detrás de otro hacia Melilla. Y ni un solo día más con Melilla sin alimentos frescos. Estamos hablando de una ciudad de España abandonada por la política exterior de nuestro abrumador Gobierno. Una ciudad que, como Ceuta, es España con anterioridad secular a la creación del Reino de Marruecos. El Gobierno no puede permitir este nuevo chantaje. No se trata de depender de «gestos de buena voluntad». La vida y la seguridad de los españoles se defiende por vías diplomáticas. Y si éstas no fructifican –el ministro ha desaparecido–, hay que hacer uso de la fuerza. Disuasoria en un principio y efectiva si la primera no acierta a poner las cosas en su sitio. Lo que sea, menos permitir que en Melilla falten alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad. A los que abandona el Gobierno con sus titubeos y sus chorraditas es a los españoles.


Se podría decir que Zapatero no es partidario de mantener la españolidad de Ceuta y Melilla. Se podría decir, se puede decir y no suena a error. Los diferentes presidentes de Gobierno de España, por no molestar al Sultán, han sido unos melindres con Ceuta y con Melilla. El Rey le echó un par de bemoles al asunto, y acompañado de la Reina visitó nuestras ciudades africanas con un éxito arrollador. Pero al Rey recurren siempre tarde y mal, cuando la situación precisa de su «auctoritas». Ceuta y Melilla son un inconveniente para los socialistas. Electoral e histórico. Si de Zapatero dependiese, mañana se arriaría la Bandera de España de nuestras dos ciudades y se entregarían siglos de Historia a las huestes del Sultán. Ya se encargaría, posteriormente, el Ministerio de Defensa de convertir a la Legión y los Regulares en amables Organizaciones sin objetivos. Ceuta y Melilla son como San Sebastián o Sevilla. España pura. Y dejar a dos partes de España, dos territorios de España y dos ciudades de España a manos de los chantajistas y los provocadores de otra nación, tiene un calificativo muy feo, muy deshonroso y muy cercano a la vileza.


Si hay que encontrar barcos, se buscan. Incluídos los particulares que navegan por el mar de Alborán hasta la puerta del Estrecho. Pero Melilla no puede amanecer un día más desabastecida. Diplomacia y cobardía no pueden ser coincidentes. Con Marruecos, nuestra diplomacia es cobarde. Y al cobarde cualquiera le pierde el respeto. Barcos.