Historia

Malos tiempos

La Razón
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Malos tiempos invaden nuestro país. Los periódicos están llenos de desgracias y cuando el Gobierno quiere darnos una buena noticia, como la de subir la velocidad máxima a 120, no cala, porque la buena noticia no hace sino recordarnos la mala, de la que sólo ellos son responsables. Otro intento de compensar el eco de las noticias malas, como es magnificar la información deportiva, llega a límites ridículos: los triunfadores del fútbol o el tenis resulta que «entran en la historia»... hasta la semana que viene.
Una cierta aparente indiferencia rodea todo lo que viene del Gobierno. Apenas se habla, salvo por parte de los directamente implicados, de ETA y de los atropellos que recibe todo lo español. Y el Gobierno apenas comenta la negociación de ETA y lo relacionado con Bildu. Tiene conciencia, sin duda, de haber hecho una negociación mentirosa –no iban a negociar más, no negociaban. Pero negociaron– con ayuda de aquel tribunal creado para defender la Constitución. Y no una negociación que incluyera, firmado en negro sobre blanco, el compromiso de Bildu de no violar desde el primer día ciertas fronteras como las ha violado. No explican nada, su creencia en el fin de ETA gracias a ellos no pasa de ser una bravata.
Ese Gobierno y su política, salvo para los muy comprometidos, ofrece escasas defensas, sobre todo por no reconocer nada y por seguir ahí, impertérritos, después de perder las elecciones –y mostrarse más agresivos que nunca–, anunciando nuevas prohibiciones. Son lo suyo, parece. El papel del Gran Inquisidor. Y algunas inquisidoras.
Entonces, ¿de qué habla la gente ? Aparte del tiempo y las enfermedades, queda poco margen. Quizá de las jubilaciones, los más quieren retirarse; y de las vacaciones, a las que se va sobre todo por cambiar, por huir.
Era notable el otro día el contraste de este clima con los grandes triunfos de Bildu en el Ayuntamiento y la Diputación de San Sebastián, por falta de unidad de los contrarios. Sí, Garitano vestido de tiros largos, guardando las formas –pero había un blanco en la pared, el de S. M. el Rey–, y una tirita con un número muy largo, ya saben. Nada de España, los presos a la calle: el viejo trágala.
La gente entre tanto calla... y se va a la playa. Se marchan, nos marchamos, a toda clase de rincones prescindibles. Yo mismo lo hago, aprovechando fútiles invitaciones. Aquí no se puede vivir. Pero hay que vivir.
En todo caso, son malos tiempos. Todo es el resultado, en definitiva, de lo mal que se implantó la Constitución. Párrafos esenciales hacían como que no los veían. ¿Por qué no aplicaron nunca el artículo 155, referente a las Comunidades Autónomas que no cumplen sus obligaciones? Se lo oí proponer varias veces a Julián Marías, que no era precisamente franquista. Habría que estar atento a esto, ahora.
Pero nadie renuncia gratis al poder, por ilegítimo que sea. De ahí el escepticismo general.
Esos pequeños nacionalismos de base lingüística deberían, aunque sólo fuera por un momento, meditar cómo son de vulnerables, en definitiva. Nadie les niega a sus habitantes, España no les ha negado, usar su lengua y otras cosas más. Pero esas lenguas no pueden aspirar ya a otra cosa que a conservarse para uso interno de minorías decrecientes. Ni son viables ya los miniestados: fueron un error en los Balcanes. Y lo único esperable es la colaboración con España, dentro de España.
Fueron grandes los vascos en España en la Edad Media, cuando lucharon con los castellanos contra el moro en las Navas de Tolosa, y luego más tarde, en América, desde el mismo siglo XIX, y aun antes. Ahora tienen que subsumirse en España, no tienen otra solución. Puede negociarse algún detalle. Pero ha quedado todo indefinido. Y olvidan y citan cosas trasnochadas. La invasión musulmana y la reconquista valle a valle tienen la culpa de tanta desgracia. ¡Y hay quienes dicen, demenciados, que no hubo conquista, que no hubo reconquista! Están ahí vivas y bien vivas, por desgracia.
Por eso hay dudas. Pero también hay esperanza, expectativa de que todo, si se dejara funcionar la lógica, podría ir a mejor. Desde luego, sin ETA y sin violencia.
No puede comprenderse qué mente extraviada ha podido crear, en ángulos de nuestra Península estrechamente unidos al Centro por lazos recíprocos, la idea de una independencia que sería detestable para todos, garantía de descenso. Nadie ha perseguido a nadie, sólo a los asesinos. Se les han dado a los demás todas las posibilidades. Y nada. Se sentían impunes, justificados ante una cierta Historia que es falsificación, error puro. Y todavía pulula por ahí, hasta en planes de estudio.