La Bordiú desmiente su separación por Jesús Mariñas

Elegante, echando balones fuera y sin perder la sonrisa. Así estuvo Carmen Martínez-Bordiú en su reaparición televisiva, que también era la del incombustible Jaime Cantizano. «DEC» estrenaba plató y nuevos colaboradores, como José Manuel Parada y su reconocida solvencia y una Charo Reina punzante y peinada por su peor enemigo. De negro, igual que su marido, con oscuro modelo de crochet. Me saludó para reprenderme por las críticas a su vestido amadrinador del grupo de baile en Marbella. «Nunca debiste ponértelo, reventabas y aparentabas más de lo que tienes», le objeté por aquello de calmarla, pero nunca perdió la histérica sonrisa en una noche donde los nervios de Antonio Robles estuvieron tensados.

Carmen desplegó encanto, demostró estar al tanto de todo y minimizó tanto los pronósticos de separación de Pepa Jiménez como las aviesas revelaciones de María de Mora, con las que ha logrado un contrato en Telecinco, donde pagan la iniquidad. Es una mujer con reparos, no apta para menores y sólo los mayores adinerados y complacidos obtienen sus favores.

Carmen entró al trapo sola en un plató reconvertido en camarote de los hermanos Marx. Se la jugó demostrando tener los del abuelo Franco. «DEC» reveló una Carmen corajuda, inédita hasta ahora, ya a punto de cumplir los 60.

«Vengo para defender a mi marido, que está en entredicho. Estoy de acuerdo con todo lo que hace, nada me esconde y conozco cada uno de sus pasos. La noche nupcial no fue la evocada por María de Mora, sino un 18 de junio en tierra sevillana. Lo de Santander era celebración del enlace. Yo estaba desquiciada porque soy muy perfeccionista y los 600 invitados previstos se habían triplicado. A primeras horas de la madrugada me puse a beber para calmar mi angustia.

Bebí y mezclé hasta que caí redonda. No sé ni cómo llegué a la cama. Bajé a las 07:30 para ver qué invitados quedaban y me topé con María de Mora que se iba y le dije que la acompañaba a coger un taxi, aunque la conocía superficialmente porque era amiga de José. Luego ha dicho de todo –prosigue Carmen–, que se había acostado con él en la habitación de al lado cuando él tampoco se tenía en pie. Tengo absoluta confianza en él y en ningún momento he pensado separarme. Tiene 22 años menos y otros gustos, por eso voy sola a los cruceros, porque le repatea el mar. Somos una pareja moderna. El día que no asuma mi matrimonio dejaré de estar con él». Contundente, con cierta tristeza en sus ojos, pero con buenas maneras. Es una buena alumna de Oscar Wilde.