Ramón y Ramona

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Ramona Estévez ha muerto miles de veces. Cuando Ramón Sampedro –macabra coincidencia onomástica– se suicidó, ocurrió lo mismo. Entonces conocí a Gonzalo Galán, un chaval en la treintena que había quedado tetrapléjico a los 17 años en clase de judo, con una lesión superior a la del gallego. Cuando salió del hospital de Toledo, su padre le dijo mientras conducía: «Gonzalo, si no puedes seguir… nos vamos los dos debajo de un camión ahora mismo». El chaval respondió: «No papá, vamos a vivir». Aprendió a manejar una silla de ruedas con la boca, estudió Telecomunicaciones y trabajaba en una multinacional cuando me confesó que «Sampedro nos ha matado un poco a todos. Llevábamos años luchando para convencer a la sociedad de que merecemos la pena, que conviene pagar hasta tres asistentes diarios a un lesionado de médula, con el fin de que tenga autonomía…y ahora vuelvo a oír por las calles: «Míralo, qué pena, mejor está Sampedro». En este mundo, cada acción personal repercute en la ajena. Cuando uno lucha como Stephen Hawking o Madre Teresa, multiplica las ganas de vivir de los demás. Cuando uno muere como Sampedro o deja morir a otro, potencia lo contrario. Con Hawking, con Madre Teresa, luchan miles de personas que encuentran en ellos una razón. En Sampedro y en el trato recibido por Ramona no encontramos más que impulsos para tirar la toalla. Supongo que es tan sencillo como la diferencia que existe entre vida y muerte. Entre luchar denodadamente por vivir o permitir que la muerte nos gane lenta pero inexorablemente la batalla.